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La mora, otro emergente de un bolsillo saturado

Una franja importante de la población recurrió al financiamiento para hacer frente a gastos básicos, de alimentos y servicios; en definitiva, para llegar a fin de mes. Con las altas tasas de interés vigentes, esas deudas fueron, para muchos, difíciles de afrontar

La problemática de la morosidad en un sector amplio de la población es otro emergente de la dificultad que vienen enfrentando los bolsillos en relación a los gastos de las familias. Ese vínculo sufrió severas transformaciones en los últimos años, en donde claramente hubo un crecimiento fuerte de los gastos fijos y una porción decreciente de dinero disponible para otras finalidades. En particular, hubo un aumento relativo de las tarifas de los servicios públicos. Esa escalada de costos fijos se dio en paralelo a la pérdida de poder adquisitivo de buena parte de la población que, combinados, quitaron pesos del consumo.

Una parte de esos recursos que dejaron de circular fueron compensados por el regreso de créditos entre el segundo semestre del 2024 y el primer semestre de 2025. Eso motorizó algo la actividad y le permitió a algunos sectores hacer pié luego de un período de caída.

Pero hace exactamente un año, el Gobierno anunciaba el desarme de las Lefi, que si bien era una materia pendiente dentro del desaguisado heredado de la gestión anterior, el sentido de la oportunidad fue observado por más de un especialista. Luego sobrevino un período electoral que le sumó interrogantes a la economía, en especial tras la derrota de La Libertad Avanza en la Provincia de Buenos Aires. Eso dejó un escenario de tasas astronómicas y un consecuente derrumbe del combustible que había encontrado la economía para mostrar señales de reactivación. El crédito desapareció y quedó nuevamente expuesto el problema de ingresos, sin anabólicos. Para entonces, además, la inflación había comenzado a escalar desde el 1,5% de mayo del año pasado hasta superar el 3% a inicios de este 2026. Eso dejó aún más atrás a los salarios, que ajustaban al 1,5% o 2% mensual, en el mejor de los casos.

Quienes tomaron créditos en ese contexto claramente lo hicieron por necesidad extrema y no por conveniencia. Gran parte se trató de financiamieno para gastos básicos, como alimentos o vestimenta, no para compra de bienes durables o semidurables. Fueron, en definitiva, múltiples intentos por llegar a fin de mes. Por eso el uso de la tarjeta de crédito en supermercados durante las segundas quincenas creció fuerte.

Y no sorprendió entonces lo que ocurrió luego con el cumplimiento de los pagos. El nivel de morosidad empezó a ser noticia porque escaló muy por encima de lo habitual hasta pasar en las carteras bancarias del 2,7% en enero 2025 a 12,1% en abril de este año. Fue una aceleración abrupta en la que la tasa de mora se multiplicó por 5 en apenas 15 meses. En otras opciones no bancarias esa mora es mucho más notoria y superó el 30%.

Ahora bien, en este punto del proceso hay un escenario en el que las altas tasas de los créditos también se explican por el alto nivel de morosidad; y eso a su vez congela la posibilidad de mejora en el otorgamiento de créditos.

Se creó un círculo vicioso que podría romperse con mejor capacidad de pago, algo que podría darse hacia adelante si es que el Gobierno logra consolidar la baja de la inflación que comenzó a darse en abril y mayo, y que se espera se ratifique en junio. El dato del IPC se conocerá este martes y podría romper el piso del 2%, tal como adelantó la medición de la Ciudad de Buenos Aires, que arrojó el 1,8%. Esto permitiría que algunos salarios empiecen a ganar levemente la carrera. En ese sentido, es imperioso que eso sea una tendencia de largo plazo. De todos modos, nadie espera una recuperación acelerada ni mucho menos. En todo caso será con exceso de gradualidad, siempre que esas variables se sostengan.

Hay otro elemento que juega para que los niveles de actividad no reboten y la economía no fluya: el empleo, no en el aspecto salarial, sino en los niveles de ocupación; y en particular, en la calidad del empleo. Si bien el mercado laboral no ajustó por cantidad (con crecimiento fuerte del desempleo) durante la crisis, sí lo hizo por calidad y eso también impacta en la masa de ingresos. Hubo una pérdida de más de 200 mil puestos formales y un crecimiento fuerte del empleo independiente e informal. Eso no es gratis. Revertir esa tendencia es clave también, aunque para eso hay quienes creen necesario -como lo planteó en los últimos días el Ieral de la Fundación Mediterránea- el avance decidido de reformas en el aspecto tributario y previsional, dos capítulos sinuosos para el Gobierno. Para avanzar en esa agenda necesitará a buena parte de los gobernadores decididos a colaborar no sólo para aceitar el tránsito por el Congreso, sino también porque las provincias son parte necesaria de ambos debates: impuestos y jubilaciones. En ese vértice es que la figura del nuevo jefe de Gabinete, Diego Santilli, debe desplegar sus virtudes negociadoras. La primera foto de su asunción, con mandatarios provinciales en la ceremonia, entre ellos MartínLlaryora, fue un buen punto de partida.