Juan Carlos Loustau es hijo de vascos franceses. Por herencia familiar, ama los caballos y se crio entre ellos en su Temperley natal.
Su foja de servicio cuenta con haber dirigido el Mundial Sub-20 de Chile 1987 (estuvo en la inauguracion y final), también en los Panamericanos de Indianápolis 1987 y los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. Además del Mundial de Italia 1990, dos finales de América (1989 y 1990) y la Intercontinental 1992.
Pocos jueces han tenido una carrera tan extensa y amplia. De hablar pausado, anécdotas de todo tipo, el pasado y el presente, hoy de la mano de su hijo Patricio.
En diálogo con Puntal, la charla comienza con el VAR y el uso de la tecnología.
“Todo lo que hace en su mayoría la Internacional Board ha surgido efecto positivo, el juego se ha acelerado. Pensemos que el arquero es casi un jugador más, ya con los pies tiene que saber manejarse adecuadamente porque de ahí puede salir una jugada que puede concretarse en una posibilidad interesante para su equipo en el arco adversario. En cuanto al VAR, es una posibilidad enorme, es una Ferrari y todavía no encontraron el piloto que la maneje. Porque quién puede abstenerse de tener un elemento tecnológico como es el VAR para poder ratificar o rectificar un fallo de un árbitro cuando realmente amerita la acción y la jugada que sea analizada por la tecnología y darle la mejor información al juez para que termine en la decisión final que sea justa, que fue la finalidad con la cual fue creado el VAR. Y que ya no tiene retorno, por más que se lo cuestione o haya errores que a veces son evidentes o indiscutidos, el VAR es un elemento que al árbitro le va a dar enormes satisfacciones, cuando la Ferrari encuentre al piloto”, precisa.
-¿Cuánto ha cambiado la relación entre árbitro y jugador hoy?
-El fútbol, desde que fue creado, su médula no cambió absolutamente nada. Lo que va cambiando son las épocas en las cuales uno se encuentra con distintos métodos de juego, distintas técnicas, planificaciones, entrenadores con ideas diferentes para enfrentar un partido de fútbol, dependiendo de la capacidad de los jugadores. Todo eso sí se fue modificando, pero el fútbol en su esencia es el mismo, el trato con el jugador era el mismo o similar, digamos, que un futbolista en la época que dirigía yo o los que me precedieron, siempre tuvo la misma característica. Por lo que representa el fútbol en nuestro país, como el deporte más popular, el engaño, la ventaja son cosas que el jugador siempre va a tratar de hacer. A través de lo que el juego le permite, para darle un resultado positivo a su equipo, no se va a fijar si hay un árbitro que lo va a ayudar. Los jugadores se ayudan entre ellos porque hay un equipo atrás. El futbol es eso, esencialmente engaño, el juego es engañar al adversario para lograr ir hacia adelante con los suyos, desde niños a los futbolistas se los educa para engañar al árbitro y ahí está la confusión.
-Entre sus grandes partidos dirigidos está Alemania Federal vs. Holanda en Italia 90 por octavos de final, ¿qué recuerda del mismo?
-En primer lugar te quiero ser franco: lo más importante que me tocó dirigir como árbitro no fue un Mundial, tuve otras participaciones en otros partidos que me dejaron más completo como persona y profesional del arbitraje que dirigir un Mundial. Te lo simplifico así: las eliminatorias no las puede dirigir cualquier árbitro, un Mundial sí. Es como que lo previo, el saber si vas a poder ir al Mundial o no, es lo más complejo.
-¿Cómo fue la expulsión de Voeller y Rijkaard?
-A los veinte minutos del primer tiempo ya tenía a los dos jugadores expulsados, que no es ningún mérito para un árbitro. Cuando expulsás a un jugador tenés que hacer tu propia autocrítica. Antes de eso hablé con los dos, aunque uno era holandés y el otro era alemán, pero jugaban en Italia. Rijkaard, para el Milán, y Voeller, para la Roma, entendían italiano. Les dije que jugaran tranquilos, lo que yo no sabía era que en las eliminatorias ellos habían tenido un serio problema: Voeller le fisuró una costilla, esa información antes no la teníamos, hoy sí está.
-Además estuvo el 3 de septiembre de 1989 con el Maracanazo entre Brasil y Chile. ¿Qué cree que pasó en ese partido?
-Lo que pasó en esa eliminatoria nadie lo puede esperar, que un futbolista, el arquero en este caso, el Cóndor Rojas, finja una lesión inexistente. Y de ahí en adelante la Federación Chilena fue suspendida ocho años, no pudo participar ninguna selección juvenil tampoco, se perdieron el Mundial de 1994. El Mundial es sentarte en una mesa, donde vos elegís el plato más gustoso y más caro en una cena o almuerzo. Es la etapa en la vida de un árbitro que lo designan para ir, pero nada que ver con otro tipo de partidos. A mí tocó estar en la final de la Libertadores 1990 entre Barcelona de Ecuador y Olimpia y en 1989 entre Olimpia y Atlético Nacional. Después me tocó la final de la Copa del Mundo en Japón entre San Pablo, dirigido por Telé Santana, y Barcelona de Johan Cruyff en 1992. En ese partido jugaron Guardiola, Stoichkov, Toninho Cerezo, Cafú. La gente cree que dirigir un Mundial es lo máximo y nada que ver, hay un montón de partidos que te identifican y te identificás más con esos que con el hecho de haber dirigido Alemania vs. Holanda.
-¿Imaginaba que ese hecho de Rojas iba a tener tanta repercusión?
-Lo recuerdo como un hecho lamentable, el partido lógicamente era en un Maracaná que no es el de ahora, la capacidad era de 150 mil personas y había esa cantidad. En los dos equipos jugaban jugadores de primerísimo nivel, estaban Romario, Branco; en Chile, Pizarro, Rojas. El partido se jugó con una gran tensión, cosa que se percibía porque era el último paso para ir al Mundial de Italia. Por eso es que dirigir para ir a un Mundial es mucho más difícil que dirigir el Mundial. Acá voló una bengala y cayó cerca de donde estaba Rojas. Yo vi el recorrido de la misma, pero no puedo asegurar desde donde estaba si realmente le pega o fingía o si era incluso un desprendimiento de la misma que había pegado.
-Estaba ensangrentado incluso.
-No estaba ensangrentado, el médico le había hecho un corte previo en los vestuarios; cuando cae la bengala, el guante tenía un abrojo. En el lugar donde estaba cortado y pegado con la gotita, se refregó y le salió sangre. Yo eso no lo vi, fue lo que confesó él, quien vino a atenderlo le tiro Merthiolate al buzo de arquero y en el lugar del corte que se abrió. Cuando yo llegué ahí pensé que estaba desfigurado y nada que ver, era todo fingido.
-¿Cuáles han sido para usted los mejores árbitros que vio?
-Yo no vi nunca árbitros de la altura de Arturo Iturralde y Roberto Goicochea. He tenido la posibilidad de participar de más de cien cursos y de haber dirigido el Mundial Sub-20 de Chile (en 1987), Sudamericanos, en todos los lugares que te puedas imaginar, hasta por Trinidad y Tobago anduve, incluso los Panamericanos de Indianápolis (también en 1987), los Juegos Olímpicos de Seúl 88. Pero árbitros como Goicochea e Iturralde yo no vi en ningún lugar del mundo; mirá que uno prestaba atención y miraba algunas cosas que hacen los árbitros internacionales, pero no encontraba nada superador a esos árbitros argentinos que tuve la posibilidad de ver. No les quito merito a los internacionales de mi generación, que eran de muy buen nivel.
-¿Y el jugador que más lo hizo renegar?
-Muchos, en definitiva el diálogo tenía que terminar de esta manera: “Escuchame, lo que estás haciendo te hace mal a vos como persona y estás perjudicando a tu equipo, te invito a que recapacites, ubicate y jugá como corresponde” y me daba resultado, no es cuestión de ver quién era Ruggeri, Giunta, Gallego o ese tipo de jugadores que tenían fama de duros. Esas anécdotas que cuenta Ruggeri las viví dentro de la cancha, es verídico. No hay jugadores difíciles si vos sabés en el momento justo darles una palabra precisa.
Javier Albarracín. Redacción Puntal

