Por Jorge Aguilar. Especial para Puntal
Ensayar en un Coro, es muchísimas cosas, pero es, en términos muy generales, reunirse con otras personas a cantar más o menos lo mismo.
Es reunirse a cantar con otros, lo que indica el Director.
Es estar de acuerdo en cantar determinada cosa, o no estarlo y a pesar de ello, cantarlo juntos igual.
Es compartir una parte tan importante de nuestras vidas, que sin darnos cuenta, hicimos de nuestras vidas eso. Cantar con otros.
Resulta que algunos de esos otros y durante toda la vida, se transformaron en Familia o mejor aún, en esos hermanos que por voluntad propia decidimos adoptar y que tuvimos la enorme fortuna, de ser adoptados por ellos como hermanos también.
Fue una suerte de amor reciproco, que solo en algunas ocaciones se produce.
En este caso, en medio de un fenómeno tan maravilloso y sensibilizador como lo es la música, y más aún la música vocal y coral que se comparte por años.
Cuando entré a cantar la 1ra vez a nuestro hermoso Coro Polifónico “Delfino Quirici”, tenia solo 19 años. De eso pasaron casi 40 años y en ese tiempo pasaron muchas, muchísimas cosas, pero lo de esta noche, nunca lo había vivido.
Lo de esta noche, fue de una tristeza tan enorme, que me fue imposible cantar.
Cuando entré, en aquellos años, notaba como los más grandes, los viejos como decíamos de manera burlona, los que estaban por jubilarse, se emocionaban y dejaban de cantar porque las lágrimas y la emoción no se lo permitía.
Hoy entendí cabalmente ese profundo sentimiento y esas lágrimas. Sin duda alguna, hoy ya soy uno de ellos. De los que no pueden cantar por ese nudo en la garganta.
Creo que hay buenas emociones y de las otras. La de esta noche, fue de las otras.
Todos conocemos a cierta edad la experiencia del dolor por nuestras perdidas más o menos naturales, con las cuales tratamos de convivir y de seguir adelante, como parte de nuestras vidas y si bien nunca nos conforma del todo, seguimos igual adelante.
Pero hay pérdidas que son totalmente absurdas e incomprensibles.
En estos casos, es muy posible que se activen mecanismos psiquicos y emocionales, que nos mantienen al límite entre la locura y la cordura.
Quise compartir con quien quiera leer, esos mecanismos que se activaron hoy en mi mente, en mi corazón y hasta en mi quebrada voz.
Ángel Bildoza
Sucedió mientras cantabamos de Carlos Guastavino, La Tarde, comenzamos diciendo: “el crepúsculo cubre los campos y los seres…”, luego sigue un breve dúo entre voces agudas y graves, para volver después al unísono inicial. Sin embargo, en el preciso momento donde la textura abandona el unísono, para que la armonía se abra y los Bajos cantemos un hermoso y profundo Sol, me invadió mágicamente, la maravillosa voz de mi hermano y amigo del alma, Ángel Bildoza. No pude seguir cantando!
Claudio López
Luego, mientras cantaban su parte dulcemente, la cuerda de los Tenores II, me parecía escuchar la dulce voz de Claudio López… y siempre, pero siempre, desde que no está fisicamente, y en determinado repertorio, podría jurar que en la misma cuerda, se escucha la “melodiosa” e inconfundible voz del querido Pirucho Córdoba…
Después pensé que como arreglador y compositor, estoy bastante acostumbrado a tener que imaginar y “escuchar” las voces para quien escribo, pero esta noche, no podía detener la tristeza y las lágrimas y eso no me sucede cuando escribo música…
Es posible que los mecanismos de los que hablo, en mi caso se manifiesten de esa manera. No lo sé. Tal vez sea un poco de locura también. Tampoco lo sé. De algo estoy más que seguro. Estoy seguro que esas y otras voces más, ya forman parte inexorable de mi Sampler mental, de mi banco de sonido propio.
Esas bellas y tan queridas voces, me pertenecen más que nunca.
Están y estarán en mi mente y en mi corazón ineludiblemente por siempre.

