Para muchos, hoy las plataformas virtuales de entretenimiento, y más en estos tiempos en cuarentena, cobran gran importancia. Desde películas a series de todo tipo, con una amplia variedad. Para los fanáticos del básquetbol y de los deportes el último lunes se estrenó “The last Dance”, la serie en la cual se narra la carrera de los Chicago Bulls de Michael Jordan, quizá el equipo más icónico de la historia de la NBA.
Luis “Mily” Villar nació en Carrilobo, a 147 km de Córdoba capital, y durante dos décadas fue uno de los pívots dominantes de la Liga Nacional, en la que fue campeón en un par de ocasiones, en 1992 y en 1997 con Atenas de Córdoba y Boca, respectivamente.
Con la selección argentina jugó 58 partidos, desde 1987 hasta hasta 1997, y consiguió la histórica medalla dorada en los Panamericanos de 1995, además de disputar los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996.
No fue un título pero sí un recuerdo para toda la vida en el Preolímpico de Portland 1992, en la derrota frente al auténtico Dream Team (Villar anotó 18 puntos), que tenía diez leyendas NBA y al mejor de todos los tiempos, Michael Jordan, el hombre en cuestión de Netflix.
La charla comienza con la realidad del básquet argentino y por supuesto con el parate por el coronavirus mediante.
“La verdad es que a todos nos ha pegado de la misma manera, con una sensación de incertidumbre total; no sólo en lo referido a lo basquetbolístico, sino cómo va a seguir la vida después de esto. Puntualmente, en cuanto al básquet, este tipo de situaciones pone de manifiesto la realidad más cruda de nuestra Liga. Va a haber muchos equipos de Liga Argentina o Torneo Federal que van a desestimar la competencia profesional porque la realidad es muy incierta. Hay una enorme mayoría que vive el día a día y que también está en una situación crítica. Si me preguntás qué va a pasar, yo no tengo la menor idea; creo que sería bueno, al suspenderse los Juegos Olímpicos, terminar esta temporada cuando se pueda.
-Durante casi dos décadas dominaste la Liga en el poste bajo y hoy vemos cómo ha cambiado todo y los jugadores de tu talla juegan en toda la cancha.
-Hoy es todo mucho más atlético; se juega mucho pick and roll, es muy poco el juego estacionado. Antes se respetaba el sistema; ahora es otro concepto, de atacar y dividir, tomar tiros abiertos sea para un perimetral o un hombre grande; es una lógica evolución del deporte mismo, de las mejores condiciones para entrenar. Lo que antes era un tipo de 2.10 que corría lento y que había que dársela en el poste alto, hoy no, son cinco que atacan y defienden en la misma velocidad. A mí me parece bueno, me gusta que el juego haya mutado así.
-Es un éxito de Netflix “The last dance”, la serie sobre la última temporada de los Chicago Bulls de Michael Jordan, ¿la pudiste ver?
-La vi con mis hijas. Ellas sabían quién era pero nunca lo habían visto tanto. Me gustó mucho cómo se encaró; yo pensaba que era algo más apuntado a Jordan, pero es apuntado a un montón de situaciones que rodean al básquet y que a veces no se saben, donde hay mucha lucha de egos y situaciones de vedetismo que uno de afuera no conoce y cómo, a pesar de eso y siendo inteligentes, incluso resignando protagonismo en pos del bien común, se puede construir una campaña exitosa.
-Te lo preguntarán siempre, imagino, pero ¿cómo fue haber enfrentado al Dream Team (se conoció a ese seleccionado de EE.UU. como el “Equipo de los sueños”) en el Preolímpico de Portland 1992 (derrota 87 a 128)?
-Desde que llegamos a la cancha ese día yo sabía que estaba ante un hecho histórico para mi carrera y vida, fui con toda la intención de disfrutarlo. Es como cuando sos chiquito y te llevan a Disney y vas con toda la predisposición de disfrutar y ves que todo fluye, así lo tomé y por suerte así salió. Tuve un partido bárbaro (18 puntos), me reí, me divertí. Yo creo que hay una gran diferencia entre ese Dream Team y el resto. Ese equipo se construyó con 11 leyendas (el restante era otro a futuro exitoso NBA, Christian Leattner, que en ese momento era jugador universitario) ni siquiera estrellas, eran leyendas en sus equipos, las franquicias se armaban a su alrededor, tenían el liderazgo y calidad técnica. Un buen jugador no es sólo el que juega bien, sino aquel que hace jugar mejor a los demás. Sabía que era algo único e irrepetible.
-Veo el plantel que integrarron en los Juegos Atlanta 96, ¿cómo era esa generación previa a la Generación Dorada y qué legado le dejaron?
-En la generación mía éramos buenos jugadores, buenos tipos, siempre procurábamos ayudar a los más jóvenes, enseñarles, alentarlos. Todos los que fueron Generación Dorada se hicieron jugadores con nosotros; en ese sentido, individualmente fuimos muy buena leche con ellos. Pero teníamos un problema, que era que cuando íbamos a la selección entre nosotros nunca terminábamos de generar la química que teníamos individualmente. Por ahí había muchos celos y rivalidad tonta entre los cordobeses y los de Bahía Blanca, eso no nos permitió dar el máximo. Cuando los chicos se empiezan a incorporar creo que la selección se purificó y empezaron los logros importantes, como fue ganar el Panamericano y clasificar a los Juegos Olímpicos. Les pudimos dejar el acompañamiento y hacerlos sentir importantes; yo eso lo viví en Atenas de Córdoba con Fabricio Oberto, con Bruno Lábaque, Leonardo Palladino. Te cuento una intimidad: el año que sale la categorización que permitía que solamente hubiera tres jugadores de la selección por equipo, el único jugador que tenía contrato del equipo era yo, ni Milanesio, ni Espill ni Osella lo tenían. Yo decido irme a Boca porque veía que atrás mío venía un pibe de Las Varillas (era Oberto) que tenía un futuro impresionante. ¿Para qué nos íbamos a juntar todos? Más el americano de turno, le iba a quitar minutos a él y protagonismo yo. Entonces tomé la decisión de irme. Estaba ese tipo de lectura que les ayudó a los chicos a tener ese espacio.
-Por último, en Atlanta 96 le ganan a Lituania. ¿Qué era marcar a Arvydas Sabonis (leyenda NBA y del básquetbol europeo)?
-A mí me pasó algo muy raro con Sabonis y Shaquille O’Neal. Cuando se me posteaba Shaquille defendiéndolo de atrás y lo trataba de aguantar, me pasaba que no sólo no podía ver la pelota, no podía ver la cancha, la espalda del tipo no me permitía ver nada y además estaba rapidísimo, recibía y hacía lo que quería. Con Sabonis me pasó algo igual: él recibe una bola en el poste bajo, hace una finta, yo salto, quedo en el aire y cuando caigo le pego con el codo en la cabeza, sin querer. El tipo igual se levanta y apenas se rascó la cabeza, yo quedé con el codo como con electricidad y tuve que pedir el cambio. Fue increíble ese partido con Lituania, fue una de las victorias más importantes en la selección (triunfo 65 a 61), después no pudimos confirmarlo en el torneo.
Javier Albarracín. Redacción Puntal

