Fue el nombre más mentado –junto al de Miguel Rohrer- en las seis semanas que lleva el juicio oral y (no tan) público contra Marcelo Macarrón por el homicidio de Nora Dalmasso. Numerosos testigos confirmaron lo que dice la acusación: que antes del crimen se instaló el rumor del romance de Nora Dalmasso con Rafael Magnasco, que Macarrón viajó a Punta del Este con 16 testigos, de los cuales solo dos no eran integrantes de la peña (Lacase y Alfonso Mosquera); que se invitó a un tercer outsider (nada menos que al juez de control que controlaría la investigación del homicidio); que se desvió la investigación hacia la hipótesis de los amantes primero y, una vez agotada por falta de pruebas, hacia la de la violación. Los “perejiles” –Rafael Magnasco y Gastón Zárate- lo señalaron a coro como el principal responsable de sus imputaciones. Todos los testigos lo recordaron como el vocero del viudo y Marcelo Brito demostró que además de vocero era el abogado de su cliente, que le otorgó un amplísimo poder para representarlo en la querella (si no lo hizo fue porque los fiscales Di Santo y Moine se opusieron porque había declarado como testigo en la causa). El fiscal Julio Rivero le pidió al tribunal –y éste aceptó- que remita la declaración del desmemoriado Ricardo Araujo al fiscal de turno para que lo investigue como posible autor del delito de extorsión. Pero ayer Daniel Horacio Lacase, el vocero y primer abogado de Macarrón, pasó por tribunales sin que nadie lo incomodara. Otra perlita en un proceso que parece repetir las mismas inconsistencias de la etapa de instrucción, pero quince años después.

El hermético tribunal anunció a primera hora de la mañana que habría solo dos testigos: el veterano cardiólogo Roberto Cagnolatti, al que le llevó media hora explicar que no recordaba quién le comentó del amorío de Nora con Magnasco, que repitió en las exclusivas peñas de golf, tenis, bridge y/o backgamon donde se ventilaba el “chimenterío social” de Villa Golf. Y el de Daniel Lacase, el célebre vocero, al que el fiscal Luis Pizarro dedicó cinco páginas en su auto de elevación a juicio, donde lo sindica como auxiliar del imputado en el plan criminal para asesinar a Nora Dalmasso.

Daniel Horacio Lacase era hasta ayer –junto a Miguel Rohrer- el testigo más esperado del proceso. Pero al igual que sucedió semanas atrás con su exnovia Silvia Magallanes, se dio el gusto de recitar su libreto sin que nadie lo interrumpiera con preguntas incómodas. Ni el fiscal, que no preguntó nada importante; ni el defensor, que lo indujo a hablar bien de su (¿ex?) amigo el imputado; ni el presidente del tribunal, que le ofreció agua, le dio un pañuelo para enjugar sus lágrimas y aceptó incorporar al debate un par de artículos de su amigo periodista de La Voz del Interior cuestionando a su enemigo político Alberto Bertea.

Tan cómodo se sintió Lacase en la sala de audiencias que invirtió la carga de la prueba y, lejos de asumir su rol en el armado de causas contra los perejiles, se puso en el lugar de víctima y denunció que el comisario Rafael Sosa y su gente… ¡le armaron una causa a él! Rivero –el fiscal que instruyó aquella causa por dádivas contra Sosa y su comitiva policial- ni se inmutó.

Para que el lector entienda: el testigo le dijo al fiscal que lo investigó que la causa por la que lo investigó fue armada por policías corruptos. Y el fiscal no atinó a corregirlo, ni desmentirlo, ni repreguntar. Tampoco le preguntó qué hacía el testigo en la reconstrucción de la escena del crimen si no era querellante la madrugada en que Di Santo libró orden de captura contra Zárate; ni cómo sigue siendo el abogado de Macarrón si sus hijos lo acusan de haberle armado la coartada al asesino de su madre. Sí, leyó bien: la declaratoria de herederos de Nora Raquel Dalmasso en Tribunales la lleva adelante el estudio jurídico Lacase.

El imputado que en este juicio declaró haberse distanciado de su amigo -abogado y vocero- porque sus hijos piensan que es cómplice y/o encubridor del asesino de su esposa le firmó un poder –o nunca le revocó el que le otorgó quince años atrás- para que se ocupara de la declaratoria de herederos de la víctima.

Ante la inacción de Rivero, el regocijo de Brito –que aprovechó la inesperada empatía lacrimógena entre el imputado y su (no) vocero para hacerlo elogiar al viudo y su difunta esposa- y la permisividad del tribunal, Lacase se dio el gusto de recitar el pomposo currículo de su vida pública, se presentó como un buen samaritano, se asumió hijo adoptivo del fallecido obispo Ramón Artemio Staffolani y les contó a los jurados populares que estuvo con los últimos tres papas en el Vaticano, donde planea llevar a su pequeño vástago en su próximo viaje.

Sólo faltó la bendición.

Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal