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Quién sabe, Alicia

Antes de clausurar la recepción de prueba y fijar la fecha de los alegatos para el próximo 5 de julio, de modo de hacer coincidir la sentencia (¿absolutoria?) con la feria judicial de invierno, el fiscal Julio Rivero pidió ayer no incorporar por lectura el testimonio más importante de la pieza acusatoria que llevó a Marcelo Macarrón al banquillo de los acusados: el de su examante Alicia Cid, la mujer que después del crimen de Nora renunció a su trabajo en Tribunales, huyó de la ciudad y se refugió en un convento de monjas en San Luis hasta lograr superar la profunda crisis psiquiátrica que padeció a raíz de sus vivencias junto al viudo.

En cambio, Rivero pidió que se incorporara por lectura la primera declaración de Cid, en la que negó ser amante de Macarrón.

Así, el jurado popular –que ayer tuvo su primera baja entre los ocho titulares- sólo escuchó por lectura la primera declaración de Alicia Cid, que la propia Alicia Cid desmintió años después, cuando declaró ante el fiscal Luis Pizarro, que la consideró tan relevante que ese mismo día decretó el secreto de sumario en el expediente.

La insólita situación vivida ayer en el juicio no fue explicada a los jurados populares por el fiscal Rivero –tan didáctico en otras oportunidades-, ni por el abogado Marcelo Brito. El tribunal –que deliberó apenas diez minutos para resolver la cuestión- avaló la exclusión de la testigo cuyos dichos fundamentan en gran medida el requerimiento de elevación a juicio de la causa, leído en forma íntegra el 14 de marzo. En ese texto, cuya lectura insumió la primera jornada del juicio, el testimonio de Cid es una pieza clave de la acusación.

En otras palabras, el tribunal rechazó incorporar por lectura un testimonio que ya fue incorporado al debate a través de la lectura de la pieza acusatoria. Otra perlita judicial que se suma al excéntrico historial del caso Dalmasso, como la imputación simultánea a tres acusados de cometer el homicidio de la misma mujer de maneras diferentes y sin conocerse entre sí; o el descarte de la prueba genética por el riesgo de “transferencia” o “contaminación” en un lavarropas familiar.

En la última jornada antes de la lectura de los alegatos, el tribunal que preside Daniel Vaudagna e integran Natacha García y Gustavo Echenique avaló -¡a pedido del fiscal!- la exclusión de un testimonio ya incorporado al debate en la pieza acusatoria y en cambio le dio el OK a la inclusión de un testimonio anterior, que luego fue desmentido por la propia testigo.

Brito, en silencio, contemplaba la situación con inocultable placer. Ni siquiera tuvo que pedir la exclusión de la testigo que más compromete a su cliente: lo hizo por él el fiscal.

Encuentros cercanos

¿Qué dijo Alicia Cid en su primera declaración? No gran cosa. Que el fin de semana del crimen de Nora estuvo en Pergamino, provincia de Buenos Aires. Y que no era amante de Macarrón. Cid fue interrogada por primera vez por el fiscal Javier Di Santo en febrero de 2007. Fue el propio Macarrón quien la introdujo en la causa al declarar “espontáneamente” como testigo que había tenido relaciones íntimas con ella “esporádicamente” tres años atrás. Habían pasado dos meses del crimen y el entorno de Macarrón –con Daniel Lacase a la cabeza- había convertido a Nora en una predadora sexual.

Once años después, por orden del quinto fiscal de la causa, Luis Pizarro, volvieron a contactar a Cid. “Ustedes no conocen las razones por las que yo declaré así, yo tengo miedo de terminar muerta como ella, yo tengo miedo”, les dijo Alicia a los incrédulos investigadores riocuartenses.

La mujer estaba radicada en San Luis y tenía terror de volver a Río Cuarto. El fiscal la citó a declarar en la ciudad de Córdoba, al amparo de la ley de víctimas de delito, y le aseguró que sus dichos no trascenderían a la prensa, para lo cual decretó el secreto de sumario.

La mujer contó que Macarrón la llamó quince días antes del crimen de su esposa para pasar un rato juntos y, ante su negativa, soltó una frase inquietante:

-Te vas a arrepentir-, le dijo.

-¿De qué me voy a arrepentir?-, preguntó ella.

-Ya te vas a enterar-, insistió, enigmático, el traumatólogo.

El encuentro finalmente se produjo en su casa, la otra semana. Macarrón la invitó a Punta del Este. Sorprendida, se negó. Más de una decena de golfistas acompañarían a su amante. ¿Cómo iba a justificar su presencia?

-Tenés que viajar más, salir de la ciudad-, insistió Macarrón.

Ese fin de semana Alicia viajó a Pergamino. Volvió el domingo 26 de noviembre, pero se enteró de lo sucedido al día siguiente. Después del crimen de Nora, continuó encontrándose furtivamente con el viudo. Asediada por el periodismo, temerosa, inquieta, presa de una inesperada fobia social, empezó un tratamiento psiquiátrico y se distanció de Macarrón, que por su parte iniciaba una relación amorosa con María Pía Cardoso, la abogada que sería condenada años después por evadir impuestos estafando indigentes.

Alicia tenía miedo de terminar como Nora: “Me cuidaba de tener las ventanas cerradas, miraba constantemente por el espejo retrovisor del auto, casi no manejaba y tenía temor de entrar el auto en la casa, me movía en un remís porque los periodistas me acosaban todo el tiempo”.

-¿El miedo que sentía era solo a los periodistas?-, preguntó el fiscal.

-No, tenía miedo real, miedo a que me mataran-, insistió la amante de Macarrón.

En su extensa declaración Alicia definió a Macarrón como “pijotero”, “falso” y “violento”. Sugirió que ejercía violencia de género contra su esposa y contó que lo mortificaba haberse enterado por los medios que Facundo era homosexual: “A los pocos días de haber quedado viudo me dijo que su hijo era gay. Estaba totalmente triste, avergonzado, me dijo que no lo sabía ni se lo imaginaba. Parecía mucho más preocupado por la condición sexual de su hijo que por haber perdido a su mujer”, le dijo Cid a Pizarro.

La situación de Cid era conocida desde el primer día del juicio, pero el tribunal esperó tres meses para pedir que una junta médica determinara si Alicia podía declarar. Ayer su psiquiatra Jorge Rocha envió un nuevo certificado advirtiendo que la comparecencia de su paciente en Tribunales pondría en serio riesgo su “salud psíquica y emocional”. Rivero y Brito desistieron de convocarla. Pero el fiscal pidió además que no se incorporara por lectura su segunda declaración, piedra basal de la acusación contra el viudo. Un indicio más de que su penoso papel en este juicio podría tener como corolario su pedido de absolución para el imputado.

Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal