En sólo una semana, Argentina encadenó un temblor político y uno económico;pasó de la crisis sistémica que se inició el domingo con el triunfo electoral de Javier Milei en las Paso a la aceleración de la crisis económica que desató la devaluación del 22,5 por ciento que el gobierno nacional aplicó horas después de que se contaran los votos. Los precios se desbocaron, el nerviosismo se intensificó, el dólar blue coqueteó con los 800 pesos y se instaló una sensación parecida al caos.
En Argentina, las semanas suelen acumular más hechos de lo que parecería posible.
Una parte importante de la crisis de la semana hay que adjudicársela al oficialismo y a las inconsistencias que venía arrastrando su esquema económico;otra parte obedece a un resultado electoral que nadie vio venir y que acrecentó el clima de incertidumbre que ya existía antes de las Paso.
Milei no estaba en los planes.
Ahora ya dejó de ser un outsider pintoresco, al que muy pocos en la política tomaban en serio antes del domingo; ahora es un candidato con chances ciertas y reales de llegar a la Presidencia. El loco que decía barbaridades como que los órganos humanos se deberían comprar y vender libremente ya no causa gracia. Ahora lo que dice puede hacerse realidad.
Pero no habría Milei sin el camino previo:si Juntos por el Cambio y el Frente de Todos no hubieran hilvanado dos gobiernos que deterioraron la calidad de vida de los argentinos y si, además, no se hubieran dedicado a canibalizarse furiosamente y a dar un espectáculo que ahora están pagando. “La interna nos costó caro”, dijo Patricia Bullrich. “Estamos ante el infierno tan temido”, expresó Andrés “El Cuervo”Larroque, que, durante cuatro años, junto con Máximo y Cristina se dedicaron a implosionar al gobierno que ellos mismos integran.
El votante de Milei es un votante bajo emoción violenta. Como señaló el politólogo Andrés Malamud, “no es producto del cerebro, sino de las tripas”.
Y el libertario supo aprovechar esa situación. Es resultado del contexto y el descontento;y no genera expectativa, sino que alimenta el resentimiento. Articuló un discurso que se asienta sobre preconceptos -algunos con bases reales, otros abiertamente falsos- que integran el imaginario de una porción considerable de la población. El votante de Milei no está especialmente interesado en la veracidad de lo que dice el candidato, sino en que reafirme sus ideas previas. El libertario expresa en su mensaje que existe un único actor social que es culpable de la crisis, la famosa “casta”, y , por lo tanto, es tranquilizador y expiatorio para todo el resto de la población. Si la culpa es de la casta, los demás son sólo víctimas.
El problema es qué entiende La Libertad Avanza por la “casta”. Ya no la integra sólo la política. El concepto ahora se asocia directamente con todo lo que esté relacionado con el Estado; por extensión, cualquier manifestación de ese Estado es negativa y, en la cosmovisión de Milei, eliminable.
En ese punto, el candidato de la Libertad Avanza desarrolla su primer gran argumento político, que es atractivo para muchos pero falaz. Milei habla de que aplicará un ajuste del 5% delPBI y que lo pagará sólo la política. Hernán Lacunza, exministro de Economía, señala que si se eliminara todo lo que Milei entiende por casta parasitaria, incluso quienes sirven el café en el Estado, se ahorraría el 0,12 por ciento del Producto Bruto. Si de verdad piensa aplicar la motosierra para llevarla al 5 por ciento no le quedará otra que incorporar al sacrificio a los planes sociales y las jubilaciones.
Quienes interpretan que la victoria del economista expresa, dos décadas después, la vuelta del “que se vayan todos” se equivocan. En realidad, se quedan cortos. Milei contiene al “que se vayan todos” pero lo sobrepasa largamente.
En el 2001, el reclamo en las calles tenía un destinatario principal: la dirigencia política. Y se limitaba ahí. Ahora no hubo una explosión social pero el mensaje que se canaliza a través de Milei no sólo es antipolítico;es antisistémico. Ataca las bases de la organización del país. Por eso Milei identifica con el mal a las empresas públicas sin distinción, a los científicos, los investigadores, a las escuelas, las universidades, los hospitales, en una lista extensa. Incluso, ha llegado a plantear que la coparticipación de recursos tendría que eliminarse y que cada provincia, lo cual atenta contra el sistema federal, debería arreglárselas como pudiera con sus propios recursos.
Milei no pretende cambiar el país, sino resetearlo. Hacerlo arrancar desde cero. Y con una concepción que le concede el protagonismo central y casi absoluto al sector privado. Todo puede ser comercializable. Y detrás de esa idea, hay una configuración social que no contiene ciudadanos en función de sus derechos, sino consumidores en función de sus recursos.
Por eso Milei lo tiene tan entusiasmado a Mauricio Macri, expresidente de la Nación. Porque el libertario parece decidido a aplicar las ideas que el líder del Pro siempre abrazó pero nunca se animó a ejecutar. En ese punto, la elección trajo otra novedad además del resultado: si en su gestión Macri no avanzó en una serie de reformas de fondo fue porque prevaleció en él el cálculo político: pensaba que si las llevaba adelante, lo padecería políticamente porque los sectores humildes no lo votarían. El domingo descubrió que los pobres pueden votar en contra de sí mismos. Debe estar maravillado.
Milei ahora está en el centro de la escena. Y se divierte con Juntos por el Cambio. Azuza su crisis: dijo que nombrará a Macri como embajador por el mundo y profundizó el estado de deliberación interna en que se encuentra esa fuerza opositora.
Pero, más allá de su centralidad, ahora su figura provoca dos interrogantes:uno económico;otro político.
El económico incluye su propuesta estrella:la dolarización. En las últimas horas no sólo renombrados economistas norteamericanos han dicho que sería una “idea terrible” sino que trascendió un tuit en el que Emilio Ocampo, principal ideólogo de Milei, decía que la dolarización “funcionaría como una trampa para expropiar a quienes ahorran”. Más importante aún: en un video, el propio candidato, el León libertario, asegura que reemplazar los pesos por los dólares generaría una gran corrida y un desastre económico.
La segunda gran incógnita es política. ¿Cómo haría Milei para aplicar reformas tan radicales con un máximo de 40 diputados y 7 senadores, con una fuerza política apenas en formación? Malamud sostiene que el libertario conlleva una imposibilidad democrática. Si acepta las reglas y se somete a las votaciones en el Congreso, deberá resignarse a incumplir gran parte de su contrato electoral;si no acepta las reglas, entonces caerá en un gobierno autoritario, en un estado constante de enfrentamiento institucional.
Tal vez, lo que el electorado esté votando con Milei no sea una salida de la crisis, sino la entrada a una nueva dimensión, más profunda e impredecible.
Desde el domingo pasado, el escenario electoral, que había sido anodino e irrelevante, se activó. La política está en estado de agitación. ¿Milei puede ganar en primera vuelta?, es la pregunta que sobrevuela en cada conversación.
En los próximos días una encuestadora nacional dará a conocer los primeros sondeos después del cimbronazo de las primarias. Hasta ahora, Milei aparece ubicado en 35 puntos, Sergio Massa en 30 y Bullrich en 27.
Hay un fenómeno que se está evidenciando detrás de esos números:Milei suma y Massa contiene al votante que ve al libertario como un salto al vacío. En ese escenario, Bullrich se desdibuja, carece de capital simbólico: el sector duro, a la derecha, ya lo ganó Milei; su antagonista es Massa. Si ese esquema se consolida, el 22 de octubre podría asemejarse a un balotaje.
En ese contexto, el desafío de Juntos por el Cambio es que no se le fuguen votantes. En la misma encrucijada está Juan Schiaretti, que consiguió un millón de votos hace una semana pero que estarán bajo asedio. Si se impone la idea de que la definición no será en noviembre, sino en octubre, entonces el voto útil será una fuerza difícil de resistir.

