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La elección en medio del vértigo

Córdoba va hoy a las urnas en medio de un proceso nacional que se asemejó a una serie de streaming. La salida del breve De Pedro y el ingreso de Massa no sólo cambió al oficialismo sino que reconfiguró el escenario de cara a las Paso y las generales

Cristina Fernández hizo un intento por volver a definirlo todo. Pero la actualidad del oficialismo nacional la hizo a retroceder en menos de 24 horas. Pretendió usar el mismo método que en 2019, aquel de decidir y generar un alineamiento automático, pero la realidad circundante le mostró que no es la misma, que aquel ensayo con Alberto Fernández de hace 4 años no podía repetirse:los resultados del gobierno, de los que ella intentó despegarse a toda costa, inevitablemente le llegaron. Hoy es más débil, si por debilidad se entiende que está obligada a negociar y acordar.

El resultado es que Wado de Pedro ofició de último progresista, con una candidatura que duró un spot, y que el kirchnerismo se vio empujado a recluirse en la provincia de Buenos Aires, su bastión, donde Axel Kicillof conserva chances ciertas de mantener la gobernación.

Por primera vez en 20 años, desde aquella elección en la que Néstor quedó atrás de Carlos Menem con el 22 por ciento de los votos, no habrá un kirchnerista en la lista para la Casa Rosada. El candidato Sergio Massa, que llegó a ser considerado un traidor imperdonable e indigerible por buena parte de la militancia k, tendrá ahora la compleja tarea de alimentar la competitividad de un oficialismo atravesado por el desastre de la gestión y por una crisis discursiva y de identidad.

En términos puramente electorales y estratégicos, Unión por la Patria se inclinó finalmente por su opción de mayor peso. Hubiera sido raro que no lo hiciera. Massa, aun con su historia y con una realidad económica que lo erosiona, es más que De Pedro.

La candidatura del ministro del Interior camporista prefiguraba la derrota y la asumía. Encarnaba la decisión de abroquelarse en el voto propio, apostar a los convencidos y prepararse para el próximo turno electoral. Massa, en cambio, representa la inclinación por la remota y mínima posibilidad de un triunfo, pero posibilidad al fin.

Cristina encontró entonces no sólo un límite a su poder de decisión sino a su capacidad por imponer una lectura de la elección. Los demás socios de Unión por la Patria, que esta vez prefirieron obviar la supuesta infalibilidad de la vicepresidenta, establecieron una interpretación diferente de la coyuntura política.

Ahora Massa tendrá un rol y un doble desafío de dimensiones bíblicas. Porque, según trascendió desde el Gobierno, mantendrá su cargo de ministro de Economía en un contexto que es un tembladeral y que oscila entre la inflación desbocada y una recesión que está mostrando los dientes, y a la vez deberá ser el candidato que construya -o al menos intente- un discurso electoral que potencialmente genere expectativa.

Se dice fácil. El interrogante está en el cómo. ¿Puede, sobre los escombros que deja el Frente de Todos, estructurar un discurso convincente? ¿Cómo hará para que coexistan la realidad de una inflación de 8 por ciento mensual con la promesa de ser un presidente que puede solucionar esos mismos problemas económicos que hoy tiene entre manos? ¿Desde dónde va a situarse? La de Massa tal vez sea una de las candidaturas de más difícil concepción de las últimas décadas.

La fugacidad de Wado no sólo tiene implicancias en el protagonismo del kirchnerismo sino también en la configuración general del escenario electoral. Era el único precandidato que podía calificarse de progresista entre las fuerzas electorales más competitivas. Ahora, lo que ha quedado es un abanico de posibilidades de centro derecha, que no es fruto de la casualidad ni de la rosca política pura y dura sino de un posicionamiento previo de la sociedad. Las ofertas electorales son un reflejo de una predisposición de los votantes y de un elemento adicional no menor: marcan también el agotamiento de un discurso que ya no alcanza a interpretar las necesidades y expectativas sociales.

La abrupta aparición de Massa sobre el final de la carrera también influirá, por supuesto, en el resto de los candidatos, en sus respectivas concepciones de campaña, al menos después de las Paso.

El perfil del ministro de Economía y líder del Frente Renovador hace que ahora, al menos en términos hipotéticos, comience a disputar una porción del electorado que puede compartir con candidatos moderados, como por ejemplo Horacio Rodríguez Larreta o el propio Juan Schiaretti.

Esa franja del medio por la que el gobernador decidió circular ya no es un espacio casi deshabitado sino uno de los más transitados. Por fuera siguen en sus papeles de halcones Patricia Bullrich y Javier Milei, que a la vez se tironean votos entre sí.

La vertiginosidad y la sorpresa que caracterizaron al armado de listas nacionales, que se asemejó al guion de un thriller político de alguna plataforma de streaming, le quitó visibilidad a la elección que hoy se desarrollará en Córdoba, en la que se elige nada más y nada menos que al gobernador del segundo distrito electoral del país.

En los medios nacionales Córdoba pasó casi desapercibida. Es una de las consecuencias, tal vez no del todo aleatoria, de haber pegado la elección provincial con el proceso de discusión de listas a nivel nacional.

Hoy habrá 11 candidatos a gobernador en el cuarto oscuro pero la pelea, en realidad, se circunscribe a Martín Llaryora, de Hacemos Unidos por Córdoba, y a Luis Juez, de Juntos por el Cambio.

Para el oficialismo es una instancia clave, no sólo en términos de conservación del poder, sino porque se trata de la primera elección que enfrentará sin los dos dirigentes que construyeron el perfil de la fuerza política que ahora se denomina Hacemos Unidos por Córdoba y que consiguió hilvanar seis gestiones seguidas.

Llaryora es el representante de una franja de dirigentes más jóvenes en el peronismo cordobés y desde allí ubicó su discurso. Se presentó como el exponente de una nueva generación no sólo en su partido sino en la política cordobesa y no eludió en sus declaraciones los problemas que acarrea la provincia. Los asumió y planteó que es su fuerza política la que está en condiciones de superarlos y resolverlos. En ese punto, lanzó su crítica principal a Juez: dijo que cuando le tocó gobernar, es decir cuando fue intendente de Córdoba capital, el actual senador dejó tras de sí una ciudad arrasada y una administración devastada.

Juez, después de un armado conflictivo que no podía imaginarse en 2021 cuando ganó las legislativas y de una serie de defecciones en su espacio, pivoteó sobre la idea del cambio aunque sin describir ni detallar cuál es la provincia que se imagina para los próximos cuatro años. Hoy las urnas dirán si le alcanzó con su figura y con el discurso enfocado en una crítica sin atenuantes ni matices a los 24 años de gobiernos de Schiaretti y José Manuel de la Sota. El senador nacional siempre actuó sobre la posibilidad de desgaste del oficialismo y sobre un contexto de descontento con la política, aunque sea un descontento más enfocado en la dirigencia nacional.

En política, siempre cada elección contempla las elecciones que vienen. Eso ocurrirá hoy en Río Cuarto, donde se jugarán algunos partidos con mirada en el presente y en el futuro. Por un lado, JuanManuel Llamosas, candidato número 1 en la lista de legisladores de Llamosas, estrena traje de dirigente provincial y está obligado a ostentar resultados especialmente positivos en su distrito.

Pero, además, lo que pase hoy será la antesala de la elección municipal que de 2024. No será especialmente anticipatorio aunque sí una señal de largada.