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La pieza que falta en el poder de Llaryora

Córdoba capital va hoy a las urnas, en una elección clave en varios planos. El gobernador electo defiende su territorio. El resultado terminará de configurar el mapa político provincial

Córdoba no tuvo tregua. Cuatro domingos después de haber ido a las urnas para elegir gobernador, hoy será el turno de la capital, en una elección que definirá no sólo al intendente de los próximos cuatro años sino que terminará de configurar el mapa político provincial y el caudal de poder con el que Martín Llaryora iniciará su mandato.

Después de que las encuestas fallaran elocuentemente en las últimas elecciones provinciales, nadie se aventuró a arriesgar quién podría ser el ganador de hoy, si Rodrigo De Loredo, el radical de Juntos por el Cambio que arrancó como favorito, o Daniel Passerini, viceintendente de Llaryora, quien a pesar de la alta imagen positiva de la actual gestión salió desde atrás y debió enfocarse principalmente en su instalación.

La relevancia de Córdoba no sólo se explica por su peso geográfico y poblacional, por ser una de las capitales más importantes del país, sino porque existe un entrecruzamiento de intereses políticos y de definiciones en suspenso que comenzarán a dilucidarse desde las 6 de la tarde. La de hoy tal vez sea una de las elecciones municipales de Córdoba capital con mayor potencialidad de onda expansiva.

Juan Schiaretti debe estar ansiando la foto que el escrutinio enmarañado le negó el 25 de junio. En su carrera presidencial, el gobernador no pudo festejar ni mostrarse triunfante en el país. Hoy esa imagen existe al menos como potencialidad. Le aportaría visibilidad a apenas tres semanas de las Paso y, además, le permitiría ostentar una victoria en una elección que nacionalizó en parte Juntos por el Cambio.A Córdoba llegaron tanto Patricia Bullrich, golpeada por dos derrotas consecutivas de sus aliados, como HoracioRodríguez Larreta.

Para el gobernador implicaría además una nueva convalidación en las urnas de la estrategia que llevó a Llaryora a ganar primero la capital y después la provincia; esa estrategia contempló subvertir, como plantea el politólogo Federico Zapata, el esquema histórico de poder del peronismo cordobés, aquel que le había rendido desde 1999 y que se asentaba principalmente en el interior, con un voto leal anclado en las zonas productivas. Schiaretti decidió antes de 2019 cambiar esa lógica y, de hecho, fueron los votos de Córdoba capital los que el 25 de junio permitieron extender la hegemonía que inauguró José Manuel de la Sota hace 24 años.

Pero si la disyuntiva Passerini-De Loredo tiene peso para Schiaretti, a Llaryora lo interpela directamente. No sólo porque es su territorio -de hecho se cargó la campaña municipal al hombro- y porque el oficialismo revalida títulos en una ciudad que cambió después de una sucesión de gestiones desafortunadas, sino porque es el capítulo provincial que falta para saber con qué herramientas asumirá como gobernador. También gravitará, por supuesto, la elección nacional pero en un plano todavía demasiado difuso.

Hay elementos con los que Llaryora ya sabe que cuenta y otros de los que carece. Ganó una elección provincial complejísima y retuvo el poder después de un cuarto de siglo, pero tendrá a su disposición menos herramientas que sus antecesores;de hecho, no posee quorum propio en la Legislatura y el Tribunal de Cuentas quedó en manos de la oposición.

Por lo tanto, más allá de la trascendencia política, el resultado de hoy podrá sumarle o no otro contratiempo. Si gana Passerini, habrá continuidad y los dos principales distritos estarán gobernados en sintonía. Si se impone De Loredo, entonces Llaryora tendrá permanentemente, a metros de El Panal, a un competidor de cuidado. El radical buscará, desde el primer minuto, andar por el mismo camino que transitó el gobernador electo: que la capital sea una vidriera para promocionarse y aspirar al premio mayor.

Sería una dinámica política intensa y de competencia constante.

Hay un aspecto adicional, no menor, relativo no a los liderazgos sino a la práctica del poder, a la cotidianidad de su ejercicio. Si ganara De Loredo, se produciría una corriente de necesidades mutuas entre el gobernador y el intendente de Córdoba: porque De Loredo, como les ha pasado a todos los jefes comunales de la capital, requerirá de la asistencia provincial para gobernar (este hecho podría atenuarse si un aliado del radical llega a la Presidencia). Pero Llaryora también estaría casi obligado a abrir un canal de diálogo con el radical porque debe sumar votos en la Legislatura para alcanzar el número mágico de 36 y no sería extraño que se inaugure un ejercicio de negociaciones y acuerdos permanentes y puntuales que les sirva a los dos.

Hay quienes en el peronismo cordobés aventuran que ese escenario podría abrir para Llaryora la Legislatura con mayor efectividad que si la oposición perdiera también la capital de la provincia.

Una vez que se conozca el resultado en Córdoba, el nuevo gobernador podrá hacerse una composición de cuál será el poder que tiene entre manos y los instrumentos para ejercerlo. Ya está claro que goza de una posición menos sólida que la de De la Sota y Schiaretti y que deberá trazar una estrategia acorde a esa realidad:una estrategia política, gubernamental y territorial.

Lo que inaugurará Llaryora el 10 de diciembre no será sólo una gestión sino otra época en la política cordobesa, que estuvo monopolizada por las dos figuras centrales del peronismo. El nuevo gobernador encarnará un cambio de nombre, de estilo, de estructuración del poder, de lógica política y, fundamentalmente, de generación. Él mismo lo dijo durante la estresante noche del 25 de junio: remarcó que los 24 años anteriores quedaron atrás y que comienza otra historia.Inédita, diferente. Y es de suponer que, además, se configuren nuevos acuerdos con los sectores económicos y sociales o que, al menos, se redefinan. Por ejemplo, con el campo y el empresariado.

La elección en Córdoba capital tendrá, además, más impacto del que puede pensarse en un distrito como Río Cuarto, la próxima ciudad importante en el calendario electoral.

En el Palacio Municipal están siguiendo con atención la disputa por la capital. No sólo porque pretenden que el peronismo retenga la intendencia, sino porque consideran que el resultado tendrá derivaciones en la capital alterna. Si Passerini pierde, RíoCuarto será la ciudad más importante en manos del nuevo gobernador y, por lo tanto, el territorio más preciado a resguardar. “Creemos que se va a redoblar la presión sobre nosotros porque Llaryora sí o sí va a querer ganar las elecciones del año próximo”, señalaron en el Palacio.

Es decir, más peso en la espalda de Llamosas, que viene de perder en la ciudad el 25 de junio y que diseñó una especie de relanzamiento parcial de su gestión para tratar de incrementar la competitividad del oficialismo en la pelea de 2024. Por eso, el intendente podría asumir en la Legislatura e inmediatamente pedir licencia para retomar el poder en Río Cuarto y tratar de encaminar la confrontación con la oposición.

Desde Córdoba aseguran que Llaryora le tiene reservado a Llamosas un papel importante en el próximo esquema de poder y una de las primeras misiones como dirigente provincial sería retener para Hacemos por Córdoba su propio territorio.

El intendente, con un equipo parcialmente renovado, se ha fijado como objetivo -y se lo transmitió a los funcionarios- darle otra dinámica a la gestión, enfocarse y actuar como si existiera una campaña permanente. Y una campaña implica reducir los márgenes de error y los temas potencialmente negativos.

De ahí que el gobierno esté siguiendo con especial atención el juicio que comenzó el viernes contra el médico trucho, Ignacio Martín, el joven que enfrenta 7 imputaciones por haber fingido ser profesional en plena pandemia de Covid. La primera audiencia generó cierto alivio en el Palacio. Porque, a pesar de las acusaciones de Martín, que dijo que la cúpula de Salud del COE y del Municipio sabía que no era médico, ni siquiera su abogado defensor siguió esa línea argumental en los testimonios posteriores.

Martín ha sabido ganarse justamente la fama de mitómano y la expectativa del oficialismo es que nada en el juicio haga cambiar esa percepción.