A Alberto Fernández no le queda nada. Sólo el título de Presidente, una palabra que en su caso está vacía de contenido. Pudo haber sido pero nunca fue. Pudo haber al menos intentado configurar una estructura propia de poder pero no lo hizo, ni siquiera cuando alcanzó niveles impensados de popularidad. Fue el Presidente de las imposibilidades, ese que llegó por el dedo y un tuit de Cristina y se fue, con un tuit propio y un video de 8 minutos, agobiado en su soledad.
¿Alguien creía seriamente en el proyecto reeleccionista de AlbertoFernández?No, por supuesto que no. Seguramente, ni siquiera él mismo. Con niveles de rechazo cada vez mayores, que lo condenaron a encabezar el gobierno más impopular en casi dos décadas, con una inflación al galope que arrasa los salarios, sin reservas en el Banco Central y sin herramientas ni económicas ni políticas para revertir la situación, su reelección era de ciencia ficción. Sin embargo, el video y la renuncia no son sólo capitulaciones en términos personales y políticos. Además, abren un enorme signo de interrogación institucional.
A Alberto Fernández le quedan 8 larguísimos meses por delante. A él y a Argentina. A un país asfixiado por la crisis, sin rumbo y a las puertas siempre de algo peor. ¿Cómo va a enfrentar el ingente desafío de llegar al final de su mandato un gobierno que ha visto entregar al Presidente su última gota de poder? ¿Dónde se va a instalar ahora ese poder?
Un traslado lógico y ya insinuado podría ser hacia Sergio Massa, ministro de Economía, que además sostiene su acuerdo de convivencia con Cristina y su hijo Máximo. Sin embargo, el propio Massa está debilitado: sus pronósticos de una inflación en proceso constante de atenuación han caído víctimas de cada publicación del Indec. Su poder se ha ido disipando.
El período que se abre ahora es de una incertidumbre profunda y de una inestabilidad aun mayor. La ideóloga y ejecutora del Frente de Todos, Cristina Fernández, se ha mostrado prescindente con respecto a un gobierno que naufraga. ¿Seguirá siéndolo ahora que Alberto finalmente cedió y se bajó del escenario?
El oficialismo parece enfrascado en una lógica puramente electoral que pierde de vista la dinámica que ha adquirido la realidad económica y social. Su orfandad de candidatos es hija de sus resultados y sus desvaríos. Cuando la política se interna en el desconcierto produce capítulos de antología:ayer Máximo Kirchner, jefe del PJ bonaerense y líder de La Cámpora, señaló, como si fuera una revelación, que para la próxima, si es que hay, habría que alcanzar previamente 10, 15 o 20 acuerdos para no tener dolores de cabeza después en la eventualidad de que lleguen al gobierno. Hay en esa frase una confesión:el Frente de Todos jamás discutió, hace 4 años, qué debía hacer si llegaba a la Casa Rosada. Ahora, ante el desastre consumado, Máximo cayó en la cuenta de que hubiera sido un ejercicio saludable.
El problema está en el oficialismo. Pero también en la oposición. ¿Qué es hoy Juntos por el Cambio?¿Qué ofrece?¿La mano dura de Patricia Bullrich o la moderación de Horacio Rodríguez Larreta? ¿La opción de un Milei sin ojos desorbitados o de un dirigente que promete la antigrieta? ¿Qué papel va a cumplir el radicalismo en lo que vendrá?
En Argentina, las coaliciones parecen ser un instrumento indispensable para ganar las elecciones pero un impedimento a la hora de gobernar o de proyectar un gobierno.
Ante esa realidad, los dos principales polos políticos de los últimos años están perdiendo para un sector del electorado la categoría de opción. Y ese escenario alimenta a un personaje estrafalario e imprevisible como Javier Milei. Sólo en un contexto como el actual ese economista irascible y de definiciones absolutamente peligrosas puede aparecer ya no como una amenaza sino como una realidad. Milei es hoy una posibilidad.
El politólogo Federico Zapata sostiene que tal vez la sociedad argentina no llegue a elegir a Milei como una expectativa de salida de la crisis sino como un nuevo estadio de esa crisis: el repudio a la política desde la institucionalidad.
La gente deberá ir votando en estado de emoción violenta. Y ese ánimo podría determinar no sólo el panorama político nacional sino empezar a tener influencia en otros distritos:en las provincias, por ejemplo.
En Hacemos por Córdoba comienza a haber incertidumbre por el impacto que podría tener la realidad nacional en la elección para gobernador. A los elementos electorales habituales -la configuración de la campaña, el discurso del candidato, la definición de la imagen- hay que sumarles ahora otros que no pueden dimensionarse y se escapan de la medición de las encuestas:¿cómo gravitará en la gente la crisis nacional?¿Les hará pagar a los oficialismos su enojo con la política? Son enigmas que hoy sobrevuelan.
Mientras tanto, el gobierno de JuanSchiaretti se apura en ir cerrando conflictos. Mejoró la oferta a los docentes -60 por ciento de aumento hasta julio y la promesa de no descontar los días de paro-, que mañana darán fin a la discusión salarial, y otorgó unilateralmente más aumentos a los trabajadores de la salud para tratar de evitar que las medidas de fuerza se prolonguen.
Martín Llaryora, en paralelo, ensaya un discurso que busca ponerse en sintonía con la configuración que ha ido adquiriendo la sociedad: por eso promete el Ejército en la calle y un combate más frontal al delito,porque es lo que se percibe como reclamo de una porción cada vez mayor del electorado.
Mañana Río Cuarto será protagonista de la estrategia de Hacemos por Córdoba. En el Espacio Muñiz, el oficialismo develará su nueva identidad y hará la presentación en sociedad de sus aliados. El desembarco en Río Cuarto fue, según señalan en el PJ, una muestra de federalismo, aunque despertó especulaciones con respecto a si se trata de un guiño a Juan Manuel Llamosas, que busca convertirse en candidato a vice. El intendente sigue en la pelea pero en los últimos días ha ido cobrando fuerza la idea de que a Llaryora debería acompañarlo una mujer y si es extrapartidaria, mejor. “Hay que buscar a alguien que nos sume desde afuera porque los nombres que están circulando no agregan intención de voto”, señalaron en el oficialismo.
En el gobierno provincial plantean que la del 25 de junio es una elección desafiante y que es indispensable ampliar la base y evitar fugas. El schiarettismo logró incorporar a Martín Gill, el intendente de Villa María, que estuvo en el acto de Llaryora en el Hotel Quorum, pero no hizo nada para contener a la expresión más abiertamente kirchnerista:la semana pasada, con una foto con Cristina en cuerpo presente, se oficializó que el Frente de Todos, que se llamará distinto en Córdoba, llevará la fórmula Federico Alesandri-Gabriela Estévez. Es una lista con destino de minoría, muy de minoría, pero hay quienes especulan con que podría hacerle perder las elecciones a Hacemos por Córdoba. En El Panal desdramatizan; dicen que son votos que, igual, jamás tendrían pero que tampoco se irán con Juez. Si la lista kirchnerista no existiera, concluyen, ese caudal kirchnerista migraría, seguramente, hacia algún candidato de la izquierda.

