La violencia se le metió por la ventana a la política argentina y sacudió una campaña que venía atravesada por una disociación profunda. Ante un momento crítico como el actual, el proceso electoral fue un tiempo anodino, sin ideas, sin propuestas, sin conceptos. Poco menos que nada. Ni siquiera un slogan más o menos creativo o recordable.
La muerte de Morena, imposible de explicar o comprender, a sus 11 años, cuando estaba por llegar a la escuela, a manos de dos hermanos que la atacaron para sacarle la mochila y el celular porque necesitaban comprar droga, fue un hecho conmocionante y crudo que puso a los candidatos ante la evidencia de que los problemas de Argentina son inmensamente más profundos que el dólar o la inflación. Es un país roto, desmembrado, lleno de historias salvajes, en el que una vida vale un teléfono.
Y ante esa muerte, o la del médico Juan Carlos Cruz, ejecutado con un profundo desprecio por la vida y por lo que encierra cada historia personal, la política enmudeció. La realidad la dejó afásica. La campaña se clausuró. Es que la tragedia de Morena contenía además una trampa:ocurrió en tierra del kirchnerista Axel Kicillof y, a la vez, de Néstor Grindetti, intendente de Lanús y precandidato a gobernador por Patricia Bullrich. El símbolo de un declive que ni unos ni otros pudieron evitar.
Argentina no vivió una semana de violencia política, sino una semana de intensificación de la violencia social que irrumpió en el escenario electoral como un actor insoslayable.
El posible impacto electoral de la sucesión de hechos traumáticos es, por supuesto, una incógnita. Pero es un elemento más en la extensa lista de negatividades en que se ha convertido la cotidianidad argentina.
Las Paso de hoy, en las que se juegan las candidaturas y los pisos electorales pero sobre todo las ubicaciones relativas en el ranking de más votados y por lo tanto el envión político y motivacional para la primera vuelta, serán una confrontación de dos fracasos, de dos impotencias. El fracaso de Mauricio Macri contra el fracaso del experimento Alberto Fernández y el Frente de Todos.
Solamente un par de datos para graficar la magnitud de la debacle, aunque ya todos los argentinos conocen de primera mano el desastre con el que deben lidiar todos los días y que los desmoraliza.
La consultora Focus Market hizo un trabajo comparativo en el que relevó el estado de las principales variables económicas en cada una de las tres últimas Paso: 2015, 2019 y 2023.
En 2015 la inflación era del 25,20 por ciento anual;cuatro años después había saltado al 54,52 por cienot a pesar de que Macri había dicho que era un problema de rápida y sencilla resolución, y ahora, en 2023, el índice se ubica en 115,60 por ciento. Meteórico.
Pero hay otro dato más relevante y, posiblemente, más definitorio a la hora de la conformación del voto: el salario. ¿Qué fue pasando con el ingreso promedio en los últimos ocho años?
En 2015, cuando Macri ganó la elección, el salario mínimo estaba en 416,08 dólares. Si se toma la cotización del blue del viernes, es decir 605 pesos, esa cifra equivale a 251.728 pesos por mes.
Cuatro años después, cuando Alberto destronó a Mauricio, el deterioro del salario era notorio. Había bajado a 310,92 dólares. Una caída de 105,16 dólares. Así, el sueldo mínimo se había achicado a 188.106 pesos. No en vano perdió Macri.
¿Cuál es la situación actual? ¿Cómo están los salarios? En el escalón más bajo de los últimos 8 años:hoy, al ir a las urnas, los argentinos lo harán con un sueldo mínimo de 191 dólares;es decir, 115.555 pesos. Una merma de 136.173 pesos con respecto al ya lejano ingreso de 416,08 dólares de 2015.
Esa cifra es uno de los síntomas más elocuentes del fracaso sucesivo de las dos gestiones que encadenaron Juntos por el Cambio y el Frente de Todos.
Los nostálgicos de Cristina podrán decir que aquellos 416,08 dólares eran el resultado de la política de su líder. La respuesta insoslayable es que los 191 dólares actuales también lo son.
¿Cómo influirá la erosión del poder adquisitivo en el voto?¿Será el elemento de mayor peso o gravitarán, como en 2019, otros factores a la hora de decidir?Imposible saberlo hoy antes de que se abran las urnas. Las primarias de este 2023 son una de las elecciones más crípticas de las últimas décadas. Por eso, tampoco es extraño que uno de los interrogantes pase por el nivel de participación:el descrédito de la política como herramienta de solución de los problemas puede impactar en las ganas de la gente de ir a votar.
Los candidatos de Unión por la Patria (el nuevo nombre del Frente de Todos por si hace falta recordarlo) y de Juntos por el Cambio deben lidiar con los antecedentes que arrastran.
Sergio Massa encarnó una candidatura enormemente compleja. Porque debió compatibilizar su cargo actual de ministro de Economía, de una economía en estado de deterioro permanente y de desesperante fragilidad, con la obligación de generar la expectativa de que él puede obtener otros resultados siendo presidente.
Ahí hubo un desafío político que hoy se verá si consiguió sortear. Pero, además, mientras tanto tuvo que seguir batallando contra los episodios desalentadores de la economía de todos los días; por ejemplo, en la última semana el dólar blue dio un salto de 32 pesos y superó la barrera psicológica, por no decir psiquiátrica y cardíaca, de los 600 pesos.
Pero hay todavía un elemento más que alcanza a Massa y que no suele ser habitual en un candidato presidencial: el líder del Frente Renovador tuvo que rendir examen hacia adentro y hacia afuera. A un sector de los propios, los kirchneristas ideológicamente menos flexibles, debió convencerlos de que es uno de los suyos y de que puede ser depositario de sus votos. Y a otra franja de la sociedad, la que es más lábil y no tiene identidades políticas o partidarias tan estables y que suele definir las elecciones, debió tratar de seducirla con una imagen alejada del manual kirchnerista.
Massa aspira hoy a dar un golpe casi publicitario:ser el candidato más votado. El ganador. La victoria suele tener su atractivo.
Del otro lado, Juntos por el Cambio también padece inconvenientes de fondo. No sólo por la memoria fresca de la gestión de Macri sino, en los últimos meses, por una interna descarnada entre los dos dirigentes que hoy buscan alzarse con la candidatura:Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich. La Paloma. El Halcón. El moderado. La cultora del todo o nada.
Pero más allá de esa disyuntiva, el deterioro de Juntos por el Cambio obedece a que no ha demostrado, al menos hasta ahora, ser una fuerza que posea la madurez política que le ha faltado al oficialismo. En economía improvisa. En política se pelea. Como el Frente de Todos. Aunque encarnen representaciones distintas.
En ese escenario irrumpió Javier Milei, un candidato que bordea el desequilibrio y que puede transformarse en el mensaje ideal para repudiar la política: antes que ustedes, preferimos esto. Un desaforado que anda a los alaridos en el escenario, que reacciona con violencia cuando una pregunta no le gusta, que coquetea con la idea de generar un mercado libre de órganos, que tiene sueños incendiarios para acabar con el Banco Central y con el devaluado peso argentino.
Las Paso de hoy serán también una instancia trascendente para el actual gobernador de Córdoba:Juan Schiaretti da el salto al escenario nacional después de tres períodos provinciales y de conseguir para su fuerza política la continuidad a través deMartínLlaryora.
Schiaretti ha construido una campaña con un discurso centrado en la dicotomía interior-capital y en el concepto de que Córdoba ha logrado ser lo que debería ser el país y de que eso puede traspolarse a toda la Argentina. El gobernador, lejos de retirarse, ensaya una jugada para mantenerse vigente: sabe que no será presidente, salvo un milagro, pero aspira a convertirse hoy en el candidato más votado en Córdoba para reafirmar su ascendencia en su territorio y, sobre todo, para volverse un interlocutor inevitable cuando haya que sentarse a negociar cómo será el poder nacional desde diciembre en adelante.

