Como si la pandemia no se empecinara en pasársela molestando a la oscuridad, la maldita parca vino, porque ya lo habías presagiado allá por los finales de los 80: “Ella vendrá y al fin el techo dejará de aplastarme”. Palo Pandolfo vuela alto cual vuelo del dragón. Esto es un abrazo, un reflejo, una hermandad.

Palo Pandolfo: único, profundo, visceral. Rock para los huesos, el oído feliz y el corazón explotado. Más no se podía pedir al escucharlo en vivo.

El Ente

Había venido a Río Cuarto por primera vez en 2011, con su banda La Hermandad, al Teatro Municipal y en el marco del recordado ciclo “Música por la Diversidad”. Después llegó en 2014 en solo set a Elvis y en 2019 regaló sus dos facetas igual de encantadoras: en junio en la esquina de Alvear y Colón en formato power trío, acompañado por el excelente bajista Alito Spina, y por ese verdadero gigante de los parches que es Federico Gil Solá, y en septiembre en Ojo de Barro en acústico inolvidable.

Palo regalaba riffs y melodías directas al corazón, surfeaba sobre versos profundos y volaba cabezas por doquier, mientras cantaba con esa voz desgarradora casi cercana al grito.

Para los que pisamos los 50, fuiste la banda de sonido de nuestra d-generación. Tanta trampa tiene esta vida que hoy, sin vos, quedamos “vagando en una soledad cobarde, luchando por la verdad que sea rentable” y, shockeado, “hasta el mismo sol da vueltas impaciente”.