Por Jorgelina Ana Di Carlo para Rostros & Rastros (*)
La vida en pareja implica un trabajo permanente y sostenido en el tiempo. En la pareja contemporánea, a diferencia de épocas anteriores en las que la constitución se daba por “arreglos” de diferente índole, la conformación del vínculo conlleva, generalmente, un período de enamoramiento, momento que suele ser vivido con sentimientos de plenitud y gran satisfacción. En ese período, las semejanzas entre los miembros de la pareja prevalecen, la ilusión de sentirse plenamente comprendido toma la delantera; es así que, la vivencia de completud, “dos mitades” que se unen para formar un todo, se impone.
Los mismos instituidos sociales y epocales que liberan, en este caso de las “uniones convenidas”, al mismo tiempo imponen exigencias. El enamoramiento como el requisito válido y legítimo para iniciar una relación de pareja, puede operar endulzando la idea de lo que la vida en pareja significa. De este modo, se corre el riesgo de que estas aspiraciones, sostenidas en estados ideales, fruto del momento del enamoramiento, se impongan y generen vivencias de inadecuación o menoscabo cuando aparecen las primeras diferencias. Entonces se le demanda a la pareja demasiado; entenderse con solo mirarse, pensar lo mismo, acordar criterios y puntos de vista sin mayores esfuerzos; muchas veces se espera “adivinar y ser adivinado” por el otro, como fórmula garantizada de amor y bienestar.
Más temprano que tarde, inevitablemente, esta ilusión se rompe, momento en el que se presentan las diferencias, los desacuerdos, los malos entendidos. Todo vínculo que aspire a perdurar en el tiempo deberá vérselas con esta situación y preguntarse qué hacer con lo que se presenta.
¿Cómo convivir con las diferencias?
Si las diferencias y desacuerdos son vividos como elementos indeseables, extraños a la vida vincular, tenderán a evitarse, ocultarse o minimizarse, con el consecuente riesgo de perpetuarse sin ser abordados, y lo que es peor aún, privando a la pareja de complejizar y enriquecer su vínculo. Se instala la falta de diálogo como estrategia defensiva frente a los supuestos inconvenientes que podría traer hablar de las diferencias, los desacuerdos, los conflictos.
Si, en cambio, se asumen las diferencias como parte inherente y constitutiva de un vínculo, se estará en mejores condiciones de “hacer algo con lo que se presenta”. Las diferencias podrán, entonces, ser motor del vínculo, dinamizarlo, “hacerlo trabajar”, y por lo tanto, mantenerlo vital. Janine Puget (“Subjetividad discontinua y Psicoanálisis” - 2017), prestigiosa psicoanalista y voz de referencia indiscutida en el trabajo con parejas y familias, propone que “hay que amigarse con los conflictos”, ya que justamente en lo diferente, lo múltiple, lo diverso, reside la riqueza de los encuentros/des-encuentros.
Frases como “ya te conozco”, “ya sé lo que pensás”, “ni me digas, ya me lo imagino”, “siempre lo mismo”; anulan ese aspecto enigmático, opaco, que el otro ofrece. Recubren y encubren al otro con las propias representaciones y fantasías, no dejando lugar a que se manifieste, se muestre, aparezca y, tal vez, sorprenda. Nos encontramos, entonces, con parejas marchitas por la falta de novedad, envueltas en la repetición y el cansancio.
Suele atribuirse a un proyecto compartido, una nueva actividad común, la capacidad de traer “aire fresco” al vínculo, en un intento de revitalizarlo. Sin embargo, estos intentos pueden chocar, nuevamente, con similares conflictivas, en tanto nuevos proyectos, por ejemplo: viajar, mudarse, encarar un proyecto laboral conjunto, ampliar la familia; renueva la necesidad de “hacer algo con el otro como otro”, es decir con sus aspectos semejantes, pero también con sus aspectos diferentes, opacos, incognoscibles.
Otra alternativa posible frente a los desacuerdos, es exacerbar la diferenciación, tomando cada cual su propio camino, desarrollando vidas casi en paralelo, anulando todos los puntos de encuentro potencialmente conflictivos. Este modo de aparente resolución se apoya también en ideales epocales, de supuesta independencia y autonomía a ultranza.
También se puede intentar desactivar el desacuerdo mediante la imposición del deseo o la idea de uno solo, dejando sin lugar ni voz al otro miembro del vínculo.
Frente a estos modos de aparente resolución, la pregunta que insiste es ¿Cómo hacer una construcción conjunta? ¿Cómo alojar al otro en su diferencia? ¿Cómo establecer un diálogo movido por la curiosidad y el interés por conocerlo? ¿Cómo habitar espacios que promuevan el pensamiento y el descubrimiento?
Seguramente no hay una única respuesta a estas preguntas, y probablemente sea más fructífero sostenerlas como preguntas que apresurarse a cerrarlas dando respuestas. Las búsquedas, en todo caso, tomarán una forma coyuntural, singular, “hecha a la medida” del vínculo, en un determinado momento, atendiendo a una situación.
Tal vez sostener la pregunta constituya una estrategia vitalizadora en sí misma, una posibilidad de un “hacer conjunto” con capacidad transformadora. Quizás, entonces, la tan ansiada novedad, que renovaría el vínculo, no sea algo para salir a buscar afuera, si no que se encuentre al interior del vínculo, mucho más cerca de lo pensado, en la medida en que se pueda sostener una actitud de descubrimiento por el otro, movida por la curiosidad y la creatividad.
(*) La profesional es Lic. en psicología | MP9737

