Opinión | Paso

Triple incógnita en una sola elección

A sólo una semana de las Paso, la indefinición es la característica que atraviesa la campaña. Los problemas de Massa, la lejanía de Larreta y los papelones de Bullrich. El desafío de Schiaretti

Massa, durante su visita a Río Cuarto. El ministro se reunió con empresarios, que le pidieron respuestas por la inflación y el dólar.

 

Al final, el sentido de las Paso va cambiando cada cuatro años. El mecanismo es el mismo pero su razón de ser no es fija sino mutable. En lo formal son una instancia de selección de candidatos pero, en el aspecto político, fueron alguna vez reafirmatorias, cuando Cristina Kirchner obtuvo más del 50% de los votos; anticipatorias, cuando mostraron en 2019 el inicio del ocaso de Mauricio Macri, y esta vez serán más que nada orientadoras. Dentro de una semana, las primarias darán un primer indicio de dónde está parado cada candidato, cuán costosa es en términos electorales la crisis económica para el oficialismo y qué factores están gravitando en la conformación del voto.

Tal vez, la de este año sea una de las Paso más atravesadas por la incógnita. Con las encuestas desacreditadas como instrumento de diagnóstico, sólo cuando se abran las urnas se sabrá qué hay adentro: qué tipo de pensamiento político surge de ahí, qué mensaje, qué predisposición emocional hacia los candidatos y las fuerzas políticas.

La dificultad para prefigurarse qué pasará dentro de una semana viene acrecentada por el camino previo: no hubo entusiasmo en la campaña, ni ideas innovadoras, ni conexión con la sociedad. Incluso los pocos militantes que salen a las calles parecen estar haciendo una tarea rutinaria, más por obligación que motivada por la identificación con un candidato.

Es verdad que el discurso oficialista parece desapegado de lo que la gente espera como respuesta, pero no ocurre algo demasiado distinto con la oposición. De ahí la sensación de que pareciera que las elecciones ocurrieran en una realidad paralela, ajena.

Hay una triple incógnita. Por el resultado, por supuesto.Pero, sobre todo, por la carencia de contenido:cuando las Paso empiecen a dar indicios, ¿qué se puede esperar de los candidatos que queden mejor posicionados si no han dado casi indicios, ni han expresado con un mínimo de solidez qué piensan hacer con un país quebrado? Sus indefiniciones acrecientan la incertidumbre.

Un tercer interrogante sobrevuela el escenario electoral y está motivado por los dos anteriores:¿qué pasará el día después? ¿Cómo será el 14 de agosto? ¿Cómo reaccionarán el mercado y el dólar, que en 2019 provocaron una hecatombe que deterioró aún más los golpeados bolsillos de la gente? Los pronósticos que prevén calma y los que prefiguran otro lunes negro son meros ejercicios especulativos.

Ese es el escenario general. Después, cada candidato y cada frente tienen sus particularidades.

Sergio Massa encarna un caso que difícilmente encuentre antecedentes en la historia política argentina: es el ministro de Economía que debe lidiar con la inflación, la pérdida de poder adquisitivo, la escasez de dólares, el agobio del FMI y, a la vez, es el candidato del mismo oficialismo que tiene esa situación entre manos. Ese doble rol lo ubica en una situación incómoda, más aún en la última semana, cuando el dólar blue volvió a despertarse y a despertar a su vez nerviosismo y preocupación.

Massa tiene el enorme desafío de dar explicaciones y de generar a la vez expectativa. Sólo un dirigente que confía en sí mismo de la forma en que el líder del Frente Renovador lo hace es capaz de creerse con la habilidad necesaria para que el votante no se enfoque en el ministro en funciones sino en el posible presidente futuro.

La economía argentina actual, a diferencia de lo que ocurrió en otros momentos de negatividad unánime, da todavía algunos indicadores positivos. El empleo formal, por ejemplo, viene creciendo durante 34 meses consecutivos.Sin embargo, es un dato que se apaga, que colapsa ante la inflación, la crisis de los insumos y la precariedad. Es decir, no es “explotable” electoralmente para el oficialismo.

La particularidad que es Massa no sólo está generada por el ya mencionado doble rol sino por un elemento que podría parecer imposible si el país no fuera Argentina:ese ministro-candidato, no de una economía floreciente sino ruinosa, que a primera vista, si uno se guiara sólo por los datos y el comportamiento del voto argentino en situaciones de crisis, no tendría ninguna chance electoral es, sin embargo y pese a todo, un postulante competitivo. Massa es competitivo. ¿O alguien puede decir, en el estado actual de cosas, que no tiene chances?Depende, como suele ocurrir en el fútbol, de que se le den algunos resultados, pero que sea presidente es una de las alternativas posibles. Tal vez no la principal, pero posible.

¿Y cuáles son las razones de esa situación a simple vista extraña? A la respuesta hay que buscarla, principalmente y de manera esquemática, en el panorama opositor, más que nada en Juntos por el Cambio.

Ese espacio político, a diferencia de lo que ocurre en Unión por la Patria, sí tiene una disputa interna con resultado incierto entre Horacio Rodríguez Larreta, el moderado, y Patricia Bullrich, la extrema, la cultora del todo o nada, ese eslogan que encierra una vacuidad casi absoluta. ¿Cuál sería el todo que postula Bullrich y contra qué nada?

La competitividad de Massa es fundamentalmente hija de la escasa efectividad que ha mostrado Larreta para conectar con el electorado y, a la vez, de la inconsistencia profunda de Patricia Bullrich, sobre todo en materia económica. La exministra de Fernando De la Rúa no tuvo mejor idea -aunque habría sido obra de un asesor desprevenido y poco inclinado a la lectura- que reflotar el término “blindaje”, uno de los menos felices desde 2001 en adelante. Blindaje es sinónimo de De la Rúa, de helicóptero, de corralito, de explosión, de cinco presidentes en una semana. Lo curioso es que Bullrich fue ministra de ese gobierno.

Pero, además, la referente del Pro ostenta una carencia casi total de conocimientos económicos. Peligroso en un país castigado por la crisis. Llegó a decir que pensaba entrar con una cámara a la bóveda del Banco Central para mostrar cuánto deja de reservas el kirchnerismo, como si las reservas fueran billetes apiladitos en alguna recámara de la autoridad monetaria. Su frase fue el hazmerreír de la semana.

Pero, más allá de los tropiezos particulares, la deficiencia de Juntos por el Cambio es como fuerza política. Porque en estos meses prevalecieron, por encima de cualquier otra característica, las peleas personales, las chicanas, las críticas feroces no hacia el oficialismo sino hacia los propios socios electorales y políticos. Los ataques que se dedicaron entre sí terminaron minando su confiabilidad como espacio potencialmente capaz de acordar una salida a la crisis y ejecutarla con el mínimo de coherencia que se requiere. Si el Frente de Todos pareció un ejercicio de automutilación, Juntos por el Cambio no fue menos.

De ahí, y además por un sentimiento antipolítico arraigado en un sector de la sociedad, que haya crecido un fenómeno bizarro y peligroso como Javier Milei, que se ha desdibujado pero que tampoco puede descartarse hoy de plano que pueda acceder al balotaje.

En Córdoba se produce además una situación particular. Juan Schiaretti es uno de los candidatos a presidente pero, luego de que fracasara la posibilidad de un acuerdo con Juntos por el Cambio, va en soledad. Su aspiración principal, que tampoco es sencilla de concretar, es sobrepasar cómodamente el piso del 1,5% y convertirse en un referente peronista con el que haya que negociar después de la primera vuelta. Si lo logra, ya expresó que podría aliarse con Larreta, o en su defecto con Bullrich, aunque se siente más identificado con el radicalismo.

Schiaretti pretende insertarse en el tablero nacional y conservar una cuota de poder ahora que en la provincia empezó el tiempo de Martín Llaryora.