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Es empleo o será mayor pobreza estructural

Si la Argentina no logra rápidamente poner en marcha su economía, alentando inversiones y puestos de trabajo, verá nuevamente solidificar su base de desocupación y pobreza, que de manera persistente viene creciendo crisis tras crisis

No hay más lugar en la Argentina para seguir perdiendo el tiempo en debates inoportunos y en discusiones políticas mezquinas mientras miles de personas siguen cayendo velozmente debajo de la línea de la pobreza y los niveles de desocupación siguen en alza y posiblemente comiencen a tener mayor realidad estadística en este fin de año, cuando todos los que perdieron su empleo comiencen a buscar otra ocupación, tras pasar el peor momento de la pandemia y ante el final de cobro de beneficios sociales para muchos de ellos. El país transita uno de sus momentos sociales más delicados de la historia, que incluso podría terminar siendo peor que tras la crisis de 2001, aunque ahora con mayor capacidad de amortiguación. Cada día perdido implica cientos de argentinos que engrosan el abultado número de la pobreza.

La UCA acaba de dar a conocer un número la semana pasada que debería haber causado desvelo a todos los responsables de los últimos gobiernos y a todos aquellos que tuvieron responsabilidad pública en cualquier lugar del Estado. La Argentina, uno de los países más prósperos que tenía el continente hace apenas unas décadas, no para de caer más allá de algún paréntesis caprichoso vinculado a momentos excepcionales, fuertemente influenciados por condiciones externas altamente favorables. Tan excepcionales que una vez finalizados, los problemas y la tendencia volvieron a aflorar. Es decir, tampoco fueron utilizados esos buenos años para montar un esquema que permita revertir el derrotero de la economía. Hubo mejoras innegables en ese momento, pero no se sentaron las bases de un cambio perdurable.

Hoy la Argentina vuelve a mostrar una foto extremadamente incómoda que interpela, aunque muchos por ahora no se dan por aludidos. El Observatorio de la Deuda Social de la UCA reveló que para el tercer trimestre del año, el que va de julio a septiembre, la pobreza en el país trepó hasta el 44,2%, con un aporte de la indigencia del 10,1% (hay casi 4,5 millones de personas que no tienen garantizado un plato de comida por día). Pero esa foto puede ser en realidad peor en este tramo final del año en el que la pandemia sacudió a todo el planeta. Porque las condiciones no mejoraron demasiado entre octubre y noviembre. Más bien, allí comenzó a despertarse la inflación, el viejo verdugo que revivió nuevamente a medida que la actividad económica comenzó a retomar lentamente su ritmo y recordó que está lejos de una solución. La calma que mostraron los precios durante los peores meses del coronavirus tuvo que ver con el freno total de muchos sectores, la falta de alternativas para gastar pesos (caída de demanda) fruto del encierro de las personas y naturalmente la pérdida de poder de compra, por menores ingresos o directamente por pérdida de ingresos. Lo cierto es que octubre mostró 3,8% de inflación (con 4,8% en alimentos y bebidas) y noviembre no quedaría muy atrás, aunque el valor recién se conocerá la semana próxima. Las primeras estimaciones hablan de un piso del 3,5% también para el mes pasado y una proyección que se ubicaría alrededor del 35% en los 12 meses del año. Pero 2021 se proyecta con niveles por encima de esas cifras, por lo que también ahí el desafío será enorme para el Gobierno, más allá de que recupere nivel de actividad y la economía pueda crecer después de haber colapsado este año.

La inflación no es un tema menor porque es la variable por la que en Argentina se ajusta la pobreza y la indigencia. Con salarios que corren cansados ya desde hace al menos tres años muy atrás de los precios, cada repunte de la inflación implica que más personas quedan debajo de la línea de pobreza, ubicada en octubre en 49.911 pesos. Por ese número, hoy cada vez más empleados formales son pobres. Antes, tener un empleo era garantía de escaparle a la pobreza; luego fue necesario que ese puesto de trabajo sea formal para alcanzar el objetivo. Ahora esa condición tampoco alcanza. Y cuando los niveles de desempleo aumentan, las condiciones laborales para los que mantienen su trabajo se suelen deteriorar.

Pero a la escalada de precios que comenzó a percibirse en octubre, hay que agregarle el escenario inmediato al que ingresaría la economía desde enero con la liberación de ciertos precios congelados durante la pandemia, como por ejemplo las tarifas de luz, transporte, prepagas y hasta el fin de algunos programas acordados con las alimenticias. Deberá tener el Gobierno la precisión de un relojero para evitar que esos ajustes descontrolen el marco general. Por ahora, en las últimas semanas logró tranquilidad en el dólar, aunque los especialistas siempre consideran eso como eventualmente pasajero. Diciembre es un mes de baja demanda de billetes verdes, aunque enero suele tener otra cara.

Lo cierto es que la recuperación de la economía y de la situación social grave del país necesita de la construcción de millones de puestos de trabajo. La titánica tarea requerirá del fomento a la inversión, al agregado de valor, al emprendedurismo y la innovación. Va a necesitar de un clima amigable de negocios. Y un consenso que logre sintetizar intereses hoy contrapuestos, en un año en el que el Gobierno no pudo concretar avances importantes en la Mesa de la Lucha contra el Hambre ni en la conformación de un Consejo Económico y Social que fue anunciado como espacio de diálogo y nunca se materializó.