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"Si no se controla la inflación, el impacto social se va a profundizar"

Eduardo Donza, del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, destacó que contener los precios es clave para que no se siga incrementando el nivel de pobreza en el país. Reclamó un diálogo amplio

Mientras las miradas de las últimas semanas se focalizaron en las pizarras del dólar, las turbulencias en el mercado financiero, el riesgo país coqueteando con los 3 mil puntos básicos y acusaciones cruzadas entre el Gobierno y actores de la política y la actividad económica, los argentinos padecen cada día un mayor deterioro de sus bolsillos, que es el resultado de que sus ingresos corren cansados, lejos de los precios de las góndolas.

Eso enciende las alarmas porque julio puede constituirse como la bisagra que marque el quiebre del indicador más sensible: el de la pobreza.

Eduardo Donza es licenciado en Sociología e investigador del Programa Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina. Y sobre ese punto no tiene dudas: en medio de la actual crisis “lo más serio, y que los argentinos tenemos muchas dificultades para solucionarlo, es el tema inflacionario. Si eso no se logra controlar, va a ser muy difícil porque así no es posible estabilizar el ingreso real de las familias, su capacidad de compra”, explicó el especialista a Puntal.

Donza no duda de que “depende del estrato socioeconómico de cada hogar, este contexto le pega de forma diferente, pero les pega a todos”.

Fuerte a los sectores medios también...

Los sectores medios están siendo muy golpeados también. En otras crisis tuvieron más capacidad de defensa, pero no olvidemos que venimos de la pandemia con pequeños y medianos comerciantes que tuvieron que cerrar sus puertas, grandes cadenas que también sufrieron el impacto y que son trabajos típicos de los sectores medios.

¿Y en los estratos más vulnerables?

Y en los de menor nivel socioeconómico, a diferencia de la crisis de 2001, hoy hay herramientas como para transferirles recursos. Tenemos la institucionalización de la Asignación Universal por Hijo, que no depende de nadie porque es ley. Hay un sistema también para optimizar, pero está, que son los vinculados más a la parte productiva como los programas del ministerio de Desarrollo Social, el Potenciar Trabajo, por ejemplo, que alcanza a casi 1,3 millones de personas. El gran desafío es cómo eso se vuelve un trabajo genuino y no una asistencia y eso es muy complejo de hacer. Es fácil decirlo y reclamarlo.

¿Por qué es tan complejo?

Es complejo porque el entramado productivo está muy débil. Y hasta que no se refuerce y empiece a normalizarse va a ser muy difícil insertar a estas personas. Por supuesto que todos estos programas tienen que continuar. Y han continuado independientemente del partido político o gobierno de turno.

“En el esquema ideológico de algunos creen que sólo es un problema de distribución y no sólo es eso cuando la torta es cada vez más chica. Lo que hay que hacer es agrandar la torta y exportar cada vez más”. “En el esquema ideológico de algunos creen que sólo es un problema de distribución y no sólo es eso cuando la torta es cada vez más chica. Lo que hay que hacer es agrandar la torta y exportar cada vez más”.

Y fueron creciendo...

Sí, y hay una evidencia: en el año 2002 comenzaron los programas muy masificados como el Jefes y Jefas, que fue en mayo de ese año con 2 millones de beneficiarios, y no pudimos salir más de esos programas de emergencia. Son programas diseñados como política social y de empleo para un contexto de emergencia, pero llevamos 20 años con la aplicación de esos programas. Tenemos que tomar conciencia de que son 20 años que estamos en emergencia, probando diferentes visiones y teorías económicas; no hemos tenido el mismo modelo siempre. De lo que tenemos que desprendernos un poco para encontrarle una solución a esto es de pensar que es un partido político o un Gobierno el que puede, porque ninguno pudo solucionarlo. Si lo vemos por indicadores, en 2002, a la salida de las políticas neoliberales alcanzamos el 52% de pobreza. Eso mejoró por diferentes razones, mezcladas entre decisiones propias y un contexto internacional muy favorable que nos permitió salir de abajo de la alfombra prácticamente. Y en aquel momento era una sociedad que no tenía un desarrollo de consumo tan marcado como ahora. Por eso se pudo devaluar un 300% al salir del 1 a 1 hasta llevarlo a casi 1 a 4 y hubo solamente un 40% de transferencia a precios. Hoy eso es mucho más complejo porque tenemos un atraso cambiario, y en parte algo del discurso oficial puede ser cierto de que hay sectores que pueden estar jugando a una devaluación. Pero no solamente ese es el problema porque si fuera así sería más sencillo de solucionar.

Pero a aquella mejora le costó tener traducción lineal en la pobreza, que llegó a un límite...

Desde aquel 52% de pobreza mejoró mucho la situación del país en los años siguientes, con crecimiento del PBI en varios años siguientes, creció el empleo y con trabajo de calidad. Pero la pobreza nunca bajó de 27 o 28 por ciento. Aquella mejora de la economía llegó a un punto de agotamiento allá por 2008 y 2009, incluso en la crisis de la 125 se vio cómo el Estado necesitaba cada vez más recursos.

¿Ese núcleo duro de pobreza se amplía a medida que no hay mejoras de largo plazo en la economía?

Es posible que sí porque uno puede pensar, cuando identifica particularidades de hogares y familias en situación de pobreza, que como mínimo hay un 20% de pobreza de núcleo duro. Voy a decir una obviedad, pero los argentinos no nos turnamos para ser pobres. Hay una tercera generación que ve a toda su historia familiar en situación de indigencia directamente. Y ya hay una tercera generación en trabajos de indigencia, de autoempleo, de tener que inventarse un trabajo. Uno puede ser reciclador de residuos o cartonero, o vendedor ambulante. Pero hay una contención diferente a la de 2001, con muchas organizaciones de base que sirven para contener la protesta social. Y van armando actividades que tienen que ver con la economía social, la economía popular, que por ahí también tendría que ser el alivio. Porque no es que no se desarrollan políticas, que haya que inventar cosas nuevas, hay que profundizar lo que se hace. Pero hay cerca de un 20% de los trabajadores ocupados que están en la economía popular, que tiene mucho que ver con la organización en cooperativas que vienen de los programas sociales. ¿Pero cómo romper esa dinámica que tienen de comerciar entre pobres? ¿Cómo se los puede ayudar para que aumente la productividad, que puedan comprar insumos con precios más convenientes asociándose, que amplíen la cantidad de empresas y personas a las que les pueden brindar servicios? Son problemas típicos de los emprendedores, que saben hacer un bien, pero no saben cómo ampliar su comercio, cómo escalar. Por supuesto que con un mercado cada vez más deprimido eso es más complejo. Pero por eso hay que saber que la cuestión social o del trabajo no se soluciona con una sola medida.

“Hay una tercera generación que ve a toda su historia familiar en situación de indigencia directamente”. “Hay una tercera generación que ve a toda su historia familiar en situación de indigencia directamente”.

Ahí hay otro dato, el deterioro en la calidad del empleo...

Sí, por supuesto. El problema en Argentina hoy no es la desocupación, que es relativamente baja, sino la calidad laboral. Y allí podemos decir que los pobres no se pueden dar el lujo de estar desocupados. En una familia en situación de pobreza los niños están cubiertos por una AUH, el adolescente pueda ser que se inscriba en un programa Progresar para seguir estudiando y los adultos, si no hay un trabajo firme, deben salir con trabajos de reciclado, cartoneo, venta ambulante. Por eso hablamos de trabajo precario o muy precario, al que nosotros llamamos subempleo inestable. Es lo más precarizado de los precarizados, así como los indigentes son los más pobres entre los pobres.

Hay una consolidación de esa precariedad laboral...

Hoy casi la mitad de los trabajadores ocupados están en un segmento informal de la economía; después hay un 15% en algún nivel del Estado. Y luego el 35% está en el sector más pujante y dinámico de la economía, que puede pagar mejores salarios y tiene convenciones colectivas. Pero cada vez más en el tiempo se fue consolidando ese sector microinformal con más precarización laboral.

Frente a este complejo escenario, ¿qué es lo más preocupante de la crisis actual?

Lo más preocupante es que no se pueda bajar el nivel de inflación porque eso les carcome los ingresos a las familias, con más fuerza a los más necesitados. Pensemos que en los últimos dos meses la canasta aumentó 4,6% y las transferencias del Estado no se ajustan a ese ritmo. Necesitamos controlar la inflación y también hay que detener esto de echarse la culpa uno al otro porque la realidad es que nadie lo pudo resolver a este problema. Lo que sí sabemos es que si seguimos haciendo lo mismo vamos a tener el mismo resultado. Creo que lo que es necesario es alcanzar un gran acuerdo, un consenso que deje de lado la lucha política y las ambiciones particulares. Pero que no alcanza sólo con los actores políticos y tienen que sumarse las fuerzas productivas y del trabajo. En esa mesa tienen que estar empresarios, inversionistas porque no tenemos inversiones, los sindicatos, y el sistema de ciencia y tecnología con las universidades, el Conicet, el Inti, el Inta. Porque tenemos que producir más. Porque en el esquema ideológico de algunos creen que sólo es un problema de distribución y no sólo es eso cuando la torta es cada vez más chica. Lo que hay que hacer es agrandar la torta y exportar cada vez más. Para eso hay que poner en valor todo lo que decimos que tenemos. Y pensemos ahora en el litio, pero antes hay que saldar muchos debates como los ambientales; si no recordemos Vaca Muerta, que comenzamos a hablar con fuerza en 2008 y hoy estamos en 2022 diciendo que es la esperanza a futuro; llevamos 14 años dando vueltas y no pudimos construir un gasoducto. Por eso no depende de un Gobierno, de izquierda o derecha, necesitamos políticas de Estado consensuadas y sostenidas en el tiempo. Y lo último, los que se sienten en la mesa tienen que estar mentalizados en resignar algo.