Estoy rememorando a protagonistas de la historia contemporánea que dejaron marca, como Claude Chabrol, director de cine francés que nos regaló una frase memorable cuando dijo “la inteligencia humana tiene límites, la estupidez ninguno”. Y fue justamente una de las mentes brillantes de la ciencia universal que coincidió en su momento al decir en forma clara y contundente: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy seguro del primero”.
Estas sentencias no son demasiado comunes al conocimiento normal de un ciudadano argentino promedio. Aunque es dable reconocer que el argentino promedio tiene un saber interior mucho más profundo y sensible que quienes piensan que son el argentino promedio.
El pensamiento filosófico de la realidad actual, en la Argentina, está flotando entre la incomprensión y el asombro. Sucede que mientras algunos piensan en el devenir de nuestro país, otros retroceden en una actitud propia de la revaluación de intereses personales que lejos están de parecerse al ejercicio verdadero de la democracia. Ni qué pensar del ejercicio del Arte Supremo.
Los maestros y creadores de estos dos conceptos elementales de la vida en sociedad, la política y la democracia, fueron nuestros antepasados griegos, quienes consideraban a la política como Arte Supremo porque era taxativamente la búsqueda permanente del BIEN COMÚN.
Concepto bastardeado por quienes creen que por ser beneficiarios de un lugar en la “burbuja” de representación legislativa realmente expresan la noción que la ciudadanía tiene respecto a su concepto de BIEN COMÚN para una sociedad dramáticamente castigada justamente por el accionar de aquellos que por ser serviles a un pensamiento y decisión de quien decide sobre sus lugares, hacen hasta lo imposible para ganarse el desprecio de quienes eligieron. Definitivamente son los que vulgarmente aparecen colgados de una lista “sábana” que solamente conoce aquel que la confeccionó. Ese y no otro es el responsable de la mala calidad de los supuestos representantes del pueblo.
Realmente estamos padeciendo este verdadero desatino por el cual atravesamos tiempos no deseados quienes somos verdaderamente los que elegimos a la conducción de nuestros distintos estamentos estatales. Algunos protagonistas ciertamente nos caen como regalitos porque no los elegimos, pero allí está plenamente vigente la responsabilidad de quienes son votados.
Ciertamente debemos reconocer, con nuestras diferencias, que la descalificación permanente a las decisiones del gobierno central de este país pertenecen al mundo contrario a la razón y se convierten en la evidencia fatal del pensamiento de los referentes esenciales en los que he basado este análisis y que fueron mencionados al comienzo de la nota.
Aparecen, en este momento de nuestra historia, personajes que a través de medios identificados con intereses ajenos a los propios de un país difícil de sobrellevar pero que nos contiene, pretenden ligar su actuación a la de un espectador impaciente en conocer el final de la película por la cual ni siquiera pagaron entrada. En algún momento de nuestras vidas los conocimos como oligarcas desestabilizadores. Sinceramente, no son más que eso. Animales que perdieron el olfato justamente en plena pandemia castigadora de la realidad mundial.
Complejidad extrema es la se presenta en estos tiempos difíciles para gobernar a la Argentina. Estos extremistas diestros tienen los millones de dólares que le faltan al País, se los llevaron en una noche de fiesta que duró cuatro años, en los que se hicieron de fortunas proveniente de las deudas en las que ni siquiera pusieron su cara para adquirirlas, porque tenían la imagen de un país que les facilitaba el trámite. Usaron a la Patria de todos los Argentinos para hacerse más poderosos de lo que han sido desde que heredaron la pasión por el poder del dinero sobre el BIEN COMÚN.
Y se animan a demostrar que todavía tienen un elenco que protagoniza los papeles más ingratos y sucios, pero que todavía siguen siendo útiles. Solamente para ellos, jamás para quienes sufren las consecuencias de esa depravada obsesión de sentirse los dueños del poder.
Esos actores, que representan con malas actuaciones el papel de defensores de sus patrones, se animan a desproteger el flanco solidario de su deber y le dan importancia suprema a su desempeño con absurdos componentes de dependencia del poder del dinero protegiendo a quienes lo poseen con desmesura, con la irreverente capacidad de servidumbre, conformándose con las migajas que caen de la mesa de los ricos que los mandan a defender sus fortunas con tufo a vendepatrias.
Tienen razón los históricos autores de sentencias precisas que les presenté al comienzo. Definitivamente “La inteligencia humana tiene límites, la estupidez no”.

