Opinión |

Presente y futuro de la inflación

El presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, trató de salir al cruce de la impresión generalizada de que la inflación está fuera de control y las autoridades económicas no atinan a encontrar la manera de apaciguarla. No pudo evitar, sin embargo, que la ratificación de la meta del 15 por ciento para todo 2018 apareciera como una aseveración cada vez más huérfana de realismo, la reiteración de una especie de eslogan en el que ni siquiera creen los publicistas que lo crearon.

Pocos días después de que el anuncio del Índice de Precios al Consumidor (IPC) de marzo ratificara el marcado rebrote inflacionario que viene verificándose desde diciembre, el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, salió al cruce de la impresión generalizada de que la variable está fuera de control y las autoridades económicas no atinan a encontrar la manera de apaciguarla. No pudo evitar, sin embargo, que la ratificación de la meta del 15 por ciento para todo 2018 apareciera como una aseveración cada vez más huérfana de realismo, la reiteración de una especie de eslogan en el que ni siquiera creen los publicistas que lo crearon.

El tema no es solamente que, como se indicó en esta columna tres días atrás, el primer trimestre bastó para acumular un aumento del costo de vida equivalente a cerca de la mitad del que el Gobierno tenía oficialmente previsto para el año completo. A ello se agrega que, según todo parece indicarlo, abril registrará una suba todavía superior al 2,3 por ciento del mes pasado, algo reconocido por el propio Sturzenegger al indicar que recién en mayo podrían comenzar a ceder los precios.

Esta previsión, inclusive, no parece avalada por otra cosa que la conclusión del período de ajustes tarifarios que hoy generan cortocircuitos políticos dentro de la propia alianza gobernante. Sin embargo, como también se detalló oportunamente, al descomponerse el IPC de marzo queda en evidencia una significativa incidencia de la llamada “inflación núcleo”, es decir, aquella medida con prescindencia del comportamiento de los precios regulados, algo que forzosamente obliga a moderar el optimismo oficial en la materia.

En ese marco, Sturzenegger advirtió que si la inflación no cede apelará a instrumentos clásicos de política monetaria, básicamente un aumento de las tasas de interés, para absorber pesos del mercado, y reducir así las presiones sobre los precios de bienes y servicios. Esto es, exactamente lo mismo que tenía planeado hacer cuando la meta inflacionaria para el año era mucho menor, y fue elevada al 15 por ciento porque las autoridades políticas no querían afrontar el enfriamiento de la economía que por norma suele producirse cuando los rendimientos financieros superan a los productivos.

La sensación de que la lucha contra la inflación se asemeja a la de un animal que gira y gira persiguiendo su propia cola sin poder alcanzarla compite aquí con la imagen de la “manta corta”, que si intenta en un extremo mantener a buen recaudo los precios expone en el otro a la economía a un serio riesgo de recesión. La transformación de la inflación en la principal inquietud de los argentinos surge sobre todo de las remarcaciones en las góndolas, pero las referencias pretendidamente tranquilizadoras al tema de Sturzenegger, como antes las del ministro de Hacienda Nicolás Dujovne, terminan de darles la razón a quienes la colocan al tope del ranking de preocupaciones.