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El huracán Lilita y el huracán Lousteau

La líder de la Coalición Cívica no afectó sólo a Juntos, sino que profundizó la incertidumbre política. La reunión del senador con Schiaretti impactó en Córdoba. De Loredo enfrentará a Juez

Argentina se encamina a ser un país con una inflación de tres dígitos. Con la suba de la tasa de interés, que llevó los plazos fijos a un 96,8 por ciento efectivo anual, el gobierno de Alberto Fernández intentó quitarle presión al dólar y enfriar la economía pero convalidó a la vez que el piso de la suba de precios estará este fatídico año en el 90 por ciento.

Mientras Estados Unidos y Brasil consiguieron contener la inflación antes de lo previsto -Brasil tuvo deflación y Estados Unidos, 0%-, Argentina llegó al 7,4% sólo en julio y bate récords para los últimos 20 años: los precios subieron aquí en un mes lo que en países de la región aumentan en un año o incluso en dos.

Dos informes de consultoras privadas revelaron la semana pasada que las jubilaciones, a las que Fernández prometió hacerles justicia, están en el peor nivel de los últimos 15 años y que los sueldos son los más bajos en una década.

Los resultados del Frente de Todos son crueles. Y se suman a la cadena de deterioro que se inició con la propia Cristina y se profundizó con Mauricio Macri.

Lo distintivo de la actual gestión no sólo pasa por las magnitudes -la de la inflación es la más notoria- sino por el efecto político acumulado que generó el proceso autodestructivo en el que ingresó el oficialismo: el Frente de Todos se detonó a sí mismo y de paso, por supuesto, detonó al país. Ahora Massa se enfrenta al desafío descomunal de recomponer la economía y la política.

Ante el espectáculo inverosímil que ofreció el Frente de Todos, en la mayoría de la población se asentó un sentimiento de descreimiento en la política. Lo que se necesita en ese contexto son acciones y discursos que apunten a reconstruir esa confianza perdida. Racionalidad contra la irracionalidad, previsibilidad contra lo imprevisible. Ante un oficialismo desgastado y sin respuesta, esa debería ser una tarea de la oposición.

Pero la oposición argentina es Juntos por el Cambio. Y, justo cuando la gente ansía un ancla, aparece Elisa Carrió con su misticismo mesiánico a cuestas y ofrece, no precisamente en contra de las conveniencias de Macri, un espectáculo equivalente al del Frente de Todos y alimenta la concepción de que el problema, el enorme problema, no es sectorial sino sistémico. No es únicamente el Gobierno el que no ofrece soluciones ni certezas sino la política argentina. Lilita no diferenció a Juntos por el Cambio; al contrario, lo igualó.

Carrió blandió, con su crucifijo de exorcista, la existencia de negocios, acuerdos bajo la mesa, testaferros y amantes. No dejó nada a su paso. A las pocas horas, el Pro se reunió e intentó dar por superado el capítulo Lilita. Igual, el huracán ya había arrasado. ¿Eso tiene para ofrecer Juntos -y revueltos- como alternativa de poder?

Entre la miríada de repercusiones y repudios que provocó la sacerdotisa de la Coalición Cívica, las declaraciones del senador radical Martín Lousteau sirven de resumen: “Los argentinos nos miran espantados, como si los dirigentes viviéramos en otro planeta”.

El propio Lousteau también provocó un cimbronazo en la política, aunque más focalizado. Aterrizó en Córdoba junto con Emiliano Yacobitti, se fue directo a El Panal para reunirse con el gobernador Juan Schiaretti y ni siquiera se dignó a darse una vuelta por la Casa Radical.

Es otro radical para la colección de Schiaretti. Antes habían pasado Gerardo Morales, gobernador de Jujuy y presidente de la UCR, y el diputado Facundo Manes.

La reunión con Lousteau tuvo una enorme carga política pero también simbólica. Su itinerario actuó como una admisión de que el poder y la propiedad territorial se concentran en Schiaretti. Es la figura a visitar en Córdoba. Los demás fueron negados.

El senador y exministro de Economía le dio además una mayor carga de verosimilitud a la estrategia de Schiaretti, que aspira a conformar a nivel nacional un nuevo frente político, diferente de Juntos y del Frente de Todos, que contenga principalmente a elementos de la disidencia peronista y radical.

Por lo pronto, como primera derivación, al gobernador le sirve su estrategia para tener a sus opositores provinciales enfrascados en una pelea interna para posicionarse con respecto a él: con Schiaretti sí o con Schiaretti no.

El radicalismo ostenta una disociación de objetivos y de actuaciones: en el país va para un lado, mientras en Córdoba tira para otro. La visita de Lousteau provocó declaraciones destempladas en algunos dirigentes cordobeses y disparó reacciones simbólicas para reafirmar una vez más la unidad. A algunos los instaló en la contradicción y el desconcierto.

Marcos Carasso, presidente de la UCR provincial, fustigó a Lousteau por su desembarco en El Panal pero él mismo está alineado con Gerardo Morales, quien no sólo ya se reunió con Schiaretti sino que hasta fue uno de los comensales del famoso asado en casa de Juan Manuel Urtubey.

En Río Cuarto también hubo un offside que no necesitó del VAR. La agrupación La 30 de Octubre está alineada con Rodrigo de Loredo y ostenta contactos estrechos con Yacobitti, diputado y vicerrector en la UBA. Cuando Morales habló en la Casa Radical riocuartense de un armado a nivel nacional, desde La 30 le gritaron: “Con Schiaretti no, Gerardo”. Días después contaban el episodio con orgullo. Ahora, fueron Yacobitti y Lousteau, sus referentes, los que posaron con el mandatario cordobés.

Después de la foto en El Panal no sólo hubo declaraciones. Otras fotos también sirvieron como respuesta. Por ejemplo, las que enviaron desde el equipo de Luis Juez, que no hizo declaraciones pero que ese día se mostró junto con Rodrigo de Loredo en Tulumba como para desestimar cualquier presunción de resquebrajamiento.

¿Cómo queda el propio De Loredo en esta historia? El diputado es jefe del bloque Evolución en la Cámara, el mismo grupo al que pertenecen Yacobitti y Lousteau.

¿El cordobés apoya un acuerdo con Schiaretti? El gobernador pretende que un entendimiento en el país se refleje en Córdoba, lo que provocaría un nuevo quiebre en Juntos por el Cambio.

De Loredo está trabajando -ha intensificado sus reuniones en los últimos días tanto en Buenos Aires como en Córdoba- no para ser candidato a intendente de Córdoba, sino a gobernador. Es decir, para enfrentar a Luis Juez.

El diputado no quiere una ruptura en la provincia con el líder del Frente Cívico, sino dividir los tantos: que pueda haber un acuerdo con Schiaretti para 2023 en la Nación y que la elección provincial siga en un plano diferente.

Pero quiere ser él quien compita contra Martín Llaryora. Busca acordar con Juez reglas de juego para la interna y disputarle la candidatura. Por lo menos hará el intento: cree que si no existe un escenario de disputa el radicalismo llegará considerablemente debilitado a la negociación por las listas.

El camino que pareció surgir de las elecciones de 2021 va empinándose para Juntos por el Cambio. Y nuevamente los obstáculos surgen, en gran parte, de sí mismo.