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La búsqueda de incentivos para quedarse en pesos

En un contexto en que la situación del mercado cambiario, bajo una presión continua y persistente, se presenta como una amenaza de peso para la estabilidad de la economía, medidas como el proyecto de ley que procura estimular el ahorro y las inversiones en pesos aparecen inevitablemente sospechadas de insuficientes para compensar los crecientes desequilibrios que se verifican entre la oferta y la demanda de dólares.

Dos semanas después de la baja temporal en las retenciones a las exportaciones agrícolas, una disposición con la que se procuraba incentivar a la liquidación de las ventas del sector para reforzar la oferta local de dólares, el Gobierno ha anunciado el envío al Congreso de un proyecto de ley mediante el cual se procura estimular el ahorro y las inversiones en pesos. En un contexto en que la situación del mercado cambiario, bajo una presión continua y persistente, se presenta como una amenaza de peso para la estabilidad de la economía, las medidas adoptadas aparecen inevitablemente sospechadas de insuficientes para compensar los crecientes desequilibrios que se verifican en el rubro.

El tiempo transcurrido desde la modificación introducida en el esquema de retenciones confirmó la advertencia formulada entonces por la gran mayoría de los analistas del sector, en el sentido de que el desfase entre la cotización oficial del dólar y la de las diferentes variantes, legales o no, seguiría operando como un estímulo para seguir demorando la liquidación de las exportaciones todo lo posible. Esto es, la diferencia de tres a cinco puntos en el gravamen resulta prácticamente irrelevante si se la coteja con los setenta u ochenta puntos que llegaba a involucrar la expectativa de una devaluación, y que hoy se ha expandido todavía más.

En ese contexto, las declaraciones públicas de funcionarios oficiales que descartan por completo toda posibilidad de que se produzca una devaluación brusca y pronunciada, en particular la formulada con especial énfasis por el presidente Alberto Fernández en su exposición durante el coloquio de Idea, tienen un valor sólo relativo. Y no porque se ponga en duda la palabra del mandatario, que con toda probabilidad desea efectivamente dar cumplimiento a esa promesa porque conoce los efectos disruptivos de una devaluación sobre un esquema económico ya extremadamente frágil, sino porque ya en otras oportunidades la voluntad política ha estado muy lejos de constituir un instrumento suficientemente poderoso para hacer frente a un enemigo tan implacable.

Está claro que para contener la tendencia del argentino con alguna capacidad de ahorro a proteger su capital colocándolo en el único activo que le despierta verdadera confianza, e instarlo a quedarse en la moneda local, es preciso ofrecerle opciones atractivas que al menos maticen el prejuicio, en absoluto infundado, de que hacerlo es una garantía de que terminará por salir perdidoso. En ese sentido, los primeros datos sobre la nueva propuesta oficial, aunque se carece todavía de las suficientes precisiones, dan la sensación de que los incentivos son tan pobres como los ofrecidos a los exportadores de granos, y no tendrán muchas posibilidades de aliviar la presión sobre el dólar que fuerza a mantener y acentuar las restricciones a la compra legal.

Más allá de la estéril polémica sobre si el gran problema del mercado cambiario argentino es la falta de dólares o el exceso de pesos -en el presente profundizado en extremo por el financiamiento a través de la emisión de los fondos necesarios para cumbrir las exigencias propias de la pandemia-, es de esperar un aumento de la presión para que la oferta y la demanda de la moneda norteamericana alcancen un equilibrio cuya consecución multiplicaría los costos sociales de la hora. Y ni las señales ni las medidas que se observan en esta materia aparecen hasta ahora como suficientes como para alcanzar un balance sustentable.