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Las prácticas religiosas durante la crisis sanitaria: ¿Dios ha muerto?

“Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos” (Nietzche).

Con esta frase Nietzche no decía que Dios había muerto,sino que estaba muerto en el corazón de los hombres y de la sociedad.

Podríamos preguntarnos: ¿qué grado de verdad tiene esto proclamado hace más de 100 años?

Para reflexionar al respecto lleguemos hoy a la reciente “declaración conjunta” de algunos líderes religiosos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: el cardenal Mario A. Poli, el gran rabino Gabriel Davidovich; monseñor Pablo Hamikian, eparca de los armenios; y monseñor Iosiph Bosch, arzobispo de la Iglesia Ortodoxa griega de Buenos Aires y Sudameérica.

En la declaración titulada “Los derechos del pueblo argentino de relacionarse con Dios y practicar su culto en todo tiempo”, se define la práctica religiosa en tiempos de pandemia: “No es una actividad esencial, es una necesidad vital”.

En este documento, los firmantes consideran que en este tiempo extraordinario que nos toca vivir las familias sienten angustia, miedo, cansancio e intolerancia al encierro, así como carecen de recursos para sobrevivir. La pandemia no nos deja indiferentes, nadie saldrá igual.

Se han tomado medidas como prevención de la propagación de esta pandemia. Estas medidas que se van sucediendo son sanitarias y está muy bien que así sea, pero no se repara en los valores espirituales y trascendentes. Las parroquias han estado cerradas para el culto, aunque progresivamente se vayan flexibilizando algunas disposiciones hacia la apertura.

Debemos remarcar que, llamativamente, se han puesto reparos para que las comunidades puedan celebrar su culto, pero no para Cáritas, que, en la mayoría de las parroquias de la ciudad, realiza una extraordinaria tarea de acompañamiento. No está mal hacer esto, todo lo contrario, debemos asistir, acompañar, promover. Se hace, en la mayoría de los casos, de un modo totalmente silencioso y sin buscar otra cosa que acompañar al hermano necesitado, podría decirse que en estos días hemos visto cómo Jesús multiplicaba los panes para que todos tuvieran qué comer. Hay que hacer esto sin descuidar aquello.

Sin embargo, lo que es preciso hacer notar es la diferencia de cómo se ponen trabas para una cosa y no para la otra.

Esto nos remite nuevamente a la declaración conjunta que asevera: “La actividad religiosa no es esencial, sino vital”. A nuestro pueblo creyente su religiosidad lo va a ayudar a superar las dificultades y a encontrar un sentido a todo lo que estamos viviendo.

Debemos tener en cuenta que los valores espirituales y trascendentes conforman el alma de la vida cotidiana de nuestro pueblo y la mayoría de las veces la creencia, la fe del pueblo, ayuda a superar las dificultades, la adversidad, la pobreza, el dolor; crean un clima fraterno, solidario y de amistad social.

“Más aún, nosotros sabemos y proclamamos que las prácticas de nuestros credos no son una actividad esencial, sino una necesidad vital para la población. Los sentimientos espirituales en el pueblo son tan importantes como la vida misma. Las religiones se abren al semejante y crean valores morales y éticos, al servicio del bien común y la amistad social” (Declaración conjunta).

Ya lo decía Juan Bautista Alberdi: quitarle la religión a un pueblo es quitarle la identidad misma.

El gran maestro Dostoievsky nos recordaba: “Ciertamente el hombre puede construir un mundo sin Dios, pero ciertamente se volverá contra el hombre”. Si queremos construir una nueva sociedad dejando de lado a Dios nos destruiremos como sociedad.

Se dice en la declaración conjunta que no deja de preocupar cómo se intenta invisibilizar a Dios, aparentemente se lo ha corrido de escena “como si la superación de lo que nos desafía solamente estuviera en manos de un Estado omnipotente” (Declaración conjunta). No se lo menciona, no se lo tiene en cuenta, desconociendo que nuestro pueblo es un pueblo de fe.

Para poder salir fortalecidos de esta pandemia, para poder reconstruir el tejido social, para poder construir la civilización del Amor, a la que nos llama el papa Francisco, no podemos matar a Dios, sino que debe despertar en nuestros corazones, en nuestra sociedad, y de este modo tendremos vida plena y todo lo vivido no será inútil.

Desde nuestras creencias, alentemos, propongamos, roguemos, para que Dios sea integrado en las reflexiones y las propuestas para superar la pandemia.