Río Cuarto | reforma-universitaria |

Juan Filloy en medio del bochinche

Abonado al mito en éste y otros asuntos, inevitablemente consentido -a veces exprofeso-, fue el último testigo vivo de los históricos sucesos que lo tuvieron como un “activista” testimonial en la gesta de 1918.

Cuando advino el turbulento sábado 15 de junio de 1918, el alumno de la Facultad de Derecho, Juan Filloy, contaba veinticuatro años. En meses más -abril de 1919- se recibiría de abogado, carrera cursada con regularidad, asistencia puntual, sin distinciones al examinar -pero aplazos ninguno- desde su ingreso en 1914. “Para mí los estudios universitarios fueron muy sencillos, me defendía con facilidad”, confesaba. Incluso, ocupó un puesto de “pinche”, como escribiente en Tribunales, para sedimentar la futura judicatura.  Es decir, la mira de Filloy apuntaba a recibirse pronto, por ello quizá, a la hora de los disturbios, “como era el hijo de un almacenero tuve que cuidarme un poco”. En semejante revuelta laicista, con otro final, él podría haber purgado su osada rebeldía sin demasiadas posibilidades de defensa ante ese mismo poder medieval que combatía.

El ambiente por una Universidad mejor venía gestando su “fermento” -al decir de Filloy- por un ostensible hartazgo para con el sistema imperante, encima acreditado con nuevas limitaciones al libre acceso estudiantil, por caso al Hospital de Clínicas. “La vida universitaria era sumamente restringida porque la Universidad estaba dirigida por un reducto de personas incompetentes de cuño clerical que hacía de ella no un instituto docente sino un instituto de acomodamiento personal de sus dirigentes”.

El joven Filloy, tan cerca del objetivo, en buena medida había sorteado las peripecias de su condición social: muchacho humilde, arribado desde la periferia,  magro en recursos, luciendo traje prestado, que estudiaba a destajo en la Biblioteca Mayor impedido de comprar libros, encajaba al dedillo como modelo de las reivindicaciones por venir. Nada menos, había egresado del ufano Monserrat, tradicional cuna formativa de “la sagrada familia” que nos cuenta Sergio Carreras. Estamos seguros de que Filloy tenía su particular percepción de los motivos intrínsecos de la “revolución estudiantil” en marcha.

El nombre Don Juan no aparece en los registros documentales investigados por quienes han escrutado a fondo el fenómeno reformista y sus secuelas. “Yo no fui dirigente, sí fui activista”, se sinceraba. Ello no es óbice para no creer que Saúl Taborda le retuvo el puño cuando -cortaplumas en mano- acometía contra el óleo del Obispo Trejo y Sanabria en la invasión al salón de actos del Rectorado, con el reprimente: “Che, no seas bárbaro. Dejá ese fraile ahí..!” En esos momentos precisos, “por las ventanas se tiraron todos los retratos y muebles a la calle” y “daba gusto ver a los profesores cómo corrían”. Varios quedaron con las ganas de tumbar la estatua de Trejo, pues “por más que la enlazamos y tiramos como diez muchachos, no la pudimos desarraigar porque estaba abulonada”. Mientras, los sablazos del Escuadrón le cuartearon un brazo. 

En la intimidad, Filloy escandía versos referidos a la gesta. Los mostraba con algarabía -antes juvenil y después jovial-, dando por asentado un veredicto de aprobación: 

Madriguera de curas sin sotana/paseando sus ínfulas de sabios/petulantes que ladran sus resabios/de antiguas leyes y doctrinas vanas.  

 Sobre la ciencia y la verdad profana/vomitan impotentes sus agravios, /porque nunca dirán sus viles labios/más que dogmas y prédicas malsanas.

Más, cuando penetre luz de idea/y descubra esa turba farisea/ en las rancias morales que respira, /la jornada triunfal no estará lejos/pues rodeará la creación de Trejo/con todo su armatoste de mentira.

Visión literaria

Con los años, el escritor Juan Filloy acuñó una visión más literaria de los sucesos. Con simpatía e ironicidad, la redujo a un “bochinche universitario” no ajeno a la iracundia en defensa de los postulados liberales esgrimidos en el Manifiesto Liminar.  Pero en el sentimiento profundo, Juan del Corazón de Jesús Filloy participó como un anticlerical dogmático y práctico; abstraído en contrariar  el santiguado bautismal en la iglesia del Pilar, repetía: “…no quiero saber nada con los frailes. Me atascan. Conservo desde chico una aversión profunda hacia ellos. Ningún sacerdote, ninguna liturgia, han logrado borrarla…” Asimismo, nunca suscribió al “bolcheviquismo” rampante y denostó a “quienes vinieron después a usufructuar las gangas del triunfo”.

Con el numen de la Reforma cordobesa, Deodoro Roca mantuvo Filloy una amable relación epistolar; es más, contribuyó con dineros a la publicación del épico periódico “Flecha”, en cuyas páginas respondió desde Río Cuarto a la encuesta de 1936. Entonces respondió espontáneamente, sin ataduras: “La Reforma Universitaria” fue un magnífico geiser de entusiasmo, un estupendo borbollón de palabras. Pero el agua se fue entre las manos. Y no quedó la suficiente para cocinar un par de huevos”. (…) “La Reforma no ha alcanzado otra cosa que la virtualidad de su fracaso. Basta leer los libros de actas de las tres Facultades para constar la sistemática masacre de sus ideales. La Universidad sigue siendo una ruina colonial”.

Apreciaciones

Al requerimiento sobre las semejanzas entre estudiantes y profesores de 1918 y de 1936, sentenciará con (aun hoy) polemistas apreciaciones: “Aquí no hay vocación, sino un abordaje a la docencia. Un reformista escribió: “La huelga de las ideas”. Ahora es profesor. En la Universidad, los profesores -haciendo pendant [pareja] con los alumnos- viven en huelga permanente…” (…) “La verdadera Reforma Universitaria se logrará -tal vez pronto, quizás nunca- sin intervención de ninguna especie de alumnos y docentes. Por simple férula de hombres bien intencionados. Cuando arrasen con todo las fuerzas filoneístas [apertura a las nuevas tendencias].”

Habían pasado largos dieciocho años, y la desazón resume el pensamiento de Filloy. Esas afirmaciones fueron, a mi juicio, su verdadero y procesado significado sobre la Reforma. 

De los hacedores de cien años atrás, algunos se guardan en perpetua memoria por su fidelidad e idealismo; otros, zozobraron en la intrascendencia del fárrago cotidiano. Roca, Taborda, Garzón Maceda, Bermann, Orgaz… Filloy, justificaron con esclarecidas acciones y pensamiento diverso haber protagonizado el más original movimiento americanista en la Córdoba antaña y monacal... 

Omar Isaguirre