Las ideas de Karl Marx han marcado la historia de los últimos siglos. Su mirada crítica de la sociedad capitalista sirvió de base a transformaciones teóricas, políticas y económicas. Incluso se metió en el mundo del fútbol a través de una de sus frases más difundidas: "La religión es el opio de los pueblos".
El pensador alemán veía en la religión a uno de los instrumentos de la alienación. Las clases dominan-tes la utilizaban para mantener subyugados a los sectores proletarios. La ilusión de una vida eterna en el más allá sirve de pantalla para que el pueblo soporte las condiciones miserables a las que se lo somete. Los obreros quedan adormecidos por esta aparente motivación y no toman conciencia de las injusticias sociales. Por ende, no se producen las condiciones necesarias para la revolución que tanto pregonaba Marx. La relación con el opio viene dada por el efecto narcótico que tiene la sustancia en el cuerpo.
Los pensadores de izquierda del siglo XX vieron en el fútbol un efecto similar al que tenía la religión en el pasado. Por eso retoma-ron la frase de Marx y la aplicaron al mundo de la pelota.
En un primer momento se relacionó al fútbol con la dominación europea. Era el invento del imperio británico que se entrometía en la cultura latinoamericana. Servía para que los obreros ocuparan en él sus horarios de descanso y no en asambleas. Era preferible que jugaran un picado y no que organizaran una protesta porque descubrieran que lo que cobraban era mucho menos de lo que merecían.
El crecimiento del fútbol como espectáculo popular lo acercó cada vez más al capitalismo, haciendo crecer aún más el recelo de los intelectuales de izquierda. La gente va a la cancha y se olvida de lo que pasa afuera. Importa más un resultado de un equipo que el último decreto del presidente.
Esta línea de pensamiento encontró ejemplos concretos en la realidad con la ayuda de gobiernos tanto dictatoriales como democráticos. Lo sucedido en el mundial de 1978 en Argentina es uno de los casos más burdos, con personas siendo torturadas a escasos metros del Monumental. Pero también se puede hablar de lo que sucedió en Argentina en el 2018, cuando se hablaba más de la final de la Copa Libertadores entre River y Boca que de la dura crisis económica que atravesaba el país.
La explosión del deporte en los medios de comunicación y su ac-tual inmersión total en el show bu-siness capitalista complejizó aún más la mirada del fútbol como "opio de los pueblos". Ya no se trata sólo de una distracción iluso-ria, sino de una industria cultural que genera uno de los principales mercados actuales, vendiendo camisetas y "ejemplos a seguir".
Messi y Cristiano Ronaldo son los héroes de este nuevo relato "bíblico" y sus camisetas vendrían a ser algo así como el santo sudario. Sólo que estás si se pueden encontrar, aunque a precios difíciles de alcanzar. La ilusión generada por el mercado del fútbol juega con la dicotomía entre lo posible y lo in-alcanzable. El que mira en su casa sabe que no llegará a ser como ellos si usa una determinada máquina de afeitar, pero si quiere parecerse y por eso la compra. De más está decir que resulta extraña la relación entre el rendimiento de un jugador y la cantidad de barba que tenga.
Estas imágenes heroicas se complementan con historias de sacrificios míticos. Las leyendas magnifican las vicisitudes en el ca-mino que los llevó al pedestal. Una peregrinación con escalas claves, en la que no faltan los desafíos imposibles, las tragedias, los sabios maestros y las acciones temerarias.
Dicen los intelectuales críticos que el fútbol muestra su rol en el capitalismo a través de uno de sus principales preceptos. "Es el único deporte en el que el débil le puede ganar al poderoso", remarca el futbolero medio. Es allí donde el efecto alienador se concreta. La gente se conforma con ver cómo en la cancha un equipo destroza las probabilidades y consigue la proeza de vencer al supuesta-mente imbatible. Esto ocurre una vez cada tanto, son excepciones y no una regla. Pero las expectativas siempre están.
Ahora bien, no todos los intelectuales de esta corriente piensan el fútbol de manera negativa. El escritor Eduardo Galeano, es uno de los pensadores de esta corriente que más lo reivindica. Reconoce, que se parece mucho a una religión porque genera fe ciega en sus devotos y desconfianza en los intelectuales, pero lo ve como un fenómeno amplio, que puede generar grandes transformaciones.
Para eso, dan vuelta el razona-miento de la premisa de que el débil le puede ganar fuerte. La utopía en el fútbol no es tan utópica. La victoria impensada puede suceder. Hay veces que las acciones de un conjunto de jugadores supuestamente más débiles superan a las de los más talentosos. Incluso, hasta puede servir como metáfora socialista. El equipo en su con-junto supera a los talentos individuales. Es lo que ocurre cuando el Rayo Vallecano (club tradicional de izquierda) le gana al Real Madrid (el equipo de la corona). El futbolista brasileño Sócrates, que participó de la "Democracia Corinthiana", decía que está característica convertía al deporte en la disciplina más marxista y gramsciana.
Además, el fútbol es una de los fenómenos que más contribuye a la construcción de identidades colectivas. Son muchos los ejemplos de organizaciones comunitarias que se generaron a través de la pelota. Muchos de los clubes argentinos, que son piezas claves en el entramado social, surgieron a partir del fútbol. La mayoría de estas instituciones surgieron al fragor de eternas discusiones futboleras entre empleados del ferrocarril o trabajadores de un frigorífico.
La premisa de deporte de equipo que tiene el fútbol lo hace ideal para pensarlo desde los movimientos colectivos. La solidaridad y la búsqueda de un objetivo común pueden generar lazos de una gran fortaleza. Cuando los jugadores consiguen esa fortaleza grupal, dejan de ser los personajes ficticios de las "depornovelas" televisivas y se convierten en actores concretos que desafiando al mercado y a sus defensores.
En tiempos de cuarentena, este debate sobre el fútbol volvió al ta-pete. De un lado aparecieron las voces críticas al quedar al descubierto las necesidades mercantiles del regreso de la actividad. El negocio debe seguir sin importar el riesgo que corren los protagonistas o la ausencia de la gente en las tribunas. Total, los jugadores son reemplazables y los hinchas (que tienen plata) pueden pagar el bono de la TV.
Incluso se sacó a relucir su función distractora. No faltó quien planteó que se debía jugar para que la gente tuviera algo que la distrajera durante la pandemia.
Los ejemplos de solidaridad que se vieron a través de muchos de los clubes argentinos muestran la otra cara. Clubes pequeños prestaron sus instalaciones para contribuir con los vecinos de sus barrios, dando una muestra de lo que puede generar la construcción de una fuerte identidad. Los jugado-res del siempre tan olvidado "as-censo", se organizaron para tratar de ayudar a los que más lo necesitaban y no dejar tirado a nadie en medio de la crisis. En algunos equipos de primera, los de mayor tra-yectoria decidieron cobrar menos para que las instituciones puedan cumplir con los sueldos de todo el plantel.
En tiempos de pandemia, el fútbol volvió a mostrar sus dos caras. Una, la que lo convierte en el opio de los pueblos modernos, con su lógica del show business y la mercantilización imparable. Otra, la que lo convierte en esa herramienta capaz de transformar la realidad, en la que tanto confía un grupo de los marxistas modernos.
Agustín Hurtado. Redacción Puntal

