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"La aviación fue la primera industria golpeada por la pandemia; nunca ocurrió algo similar"

Lo afirmó Julián Suñé, quien se inició como piloto en el Aeroclub de Río Cuarto y hoy es primer oficial de Airbus 320 en Latam, una de las aerolíneas más importantes de Sudamérica. Contó cómo fue su proceso de formación.

Julián Suñé es un ejemplo de perseverancia. Desde muy niño supo que quería ser piloto de avión y nunca dejó de luchar para cumplir su sueño. Tras hacer sus primeras armas en el Aeroclub de Río Cuarto, hoy es primer oficial (copiloto) de Airbus 320 en Latam, una de las aerolíneas más importantes de Sudamérica. En una charla con Puntal, contó cómo fue el proceso de formación que llevó adelante y se refirió a la situación de parálisis que vive la aviación en el presente por los efectos del coronavirus.

-¿Naciste en la ciudad de Río Cuarto?

-Sí, nací en Río Cuarto, pero hasta los 8 años viví en Achiras. Luego, con mi familia nos radicamos en Río Cuarto, cuando empecé el colegio. Actualmente vivo en Buenos Aires, pero mis padres viven en Río Cuarto y van mucho a Achiras, por lo que solemos encontrarnos allí cuando viajamos con mi mujer y mis hijos.

-¿Siempre te gustó la aviación?

-Desde que tengo uso de razón, aproximadamente desde los 3 años, soy fanático de los aviones, pese a que cuando era niño no tenía ningún tipo de contacto con la aviación. A los 14 me acerqué al Aeroclub de Río Cuarto. Uno de los que me iniciaron fue Conrado Storani, un amigo de mis padres. Mi vuelo de bautismo fue en un Cessna 172. En paralelo, también tuve una experiencia en Junín, de donde era mi madre, con Roque Narvaja, el conocido cantautor, en un planeador. Siempre me apasionó volar y ellos dos fueron los que me permitieron dar el puntapié inicial. Cuando cumplí 16 años puede hacer el primer curso para pilotear planeadores, junto al instructor Mario Sánchez. Salía del colegio y me iba al Aeroclub para volar. La primera vez que volé al mando de un avión confirmé que me quería dedicar a eso por el resto de mi vida.

-¿Cómo siguió tu preparación?

-Después de sacar la licencia de piloto de planeador, empecé a formarme para obtener la segunda licencia, es decir, la licencia de piloto privado de avión en el Aeroclub de Río Cuarto, con Eduardo Plaza como instructor. En 2001 tuve mis primeras horas como piloto privado. Al año siguiente, en 2002, me fui a vivir a Buenos Aires con las dos licencias y muy pocas horas de vuelo, por lo que empecé a volar en el Aeropuerto de Don Torcuato. Realicé prácticas de vuelo nocturno y de vuelo con instrumentos en un Cessna 152. Seguidamente, comencé a cursar la parte teórica de piloto comercial en la Escuela de Aviación Profesional. Cursar la carrera de manera civil es muy caro, porque uno tiene que solventarse todas las horas de vuelo. Mis padres y yo hicimos un esfuerzo sobrehumano para pagarlas. Después de trabajar mucho, saqué mi licencia de piloto comercial que me habilitó para volar aviones de transporte no regular. Como no había muchas posibilidades de trabajo, me enfoqué en sacar la licencia como instructor para sumar horas y llegar a las mil que se necesitan para poder volar un avión de línea aérea.

-¿Cómo continuaste?

-Me fui por un año a Nueva Zelanda a trabajar a un campo para juntar dinero. En 2006 regresé a la Argentina y con la plata que ahorré pude pagarme las 300 horas de vuelo que me faltaban para llegar a las 500. Obtuve la licencia como instructor y con las horas que sumé enseñando llegué a las mil. Al llegar a las mil horas empecé a trabajar como copiloto de un jet privado. Estuve dos años y operé en grandes aeropuertos, hasta que llegó la posibilidad de ingresar como primer oficial de Airbus 320 en Latam, empresa en la que estoy desde el 2010. Para quedar seleccionado realicé diferentes cursos y capacitaciones, en distintas instancias. Hoy por hoy tengo 6.800 horas de vuelo, muchas más de las que se necesitan para ser comandante (piloto). Sin embargo, por el momento la empresa no se está expandiendo como para necesitar más pilotos.

-¿Qué tipo de rutas aéreas realizás?

-El avión que vuelo es de corto y mediano alcance, por lo que no hace rutas a Europa o Estados Unidos. Hacemos vuelos a países de la región como Uruguay, Brasil, Chile y Perú. También realizamos vuelos de cabotaje a distintas ciudades de la Argentina. Salimos de Ezeiza o desde Aeroparque (en Buenos Aires).

-¿Se siente una presión extra al manejar un avión con pasajeros?

-Uno está tan concentrado con su trabajo que se vuelve natural el hecho de llevar a unos 170 pasajeros, por lo que no lo vive como una presión. Lo que puede llegar a generar una presión extra es el hecho de que ocurra algo inusual por cuestiones médicas o psicológicas que no tienen que ver con la cuestión técnica. Por ejemplo, hace un tiempo, en un vuelo de Buenos Aires a Iguazú, un bebé de un año que viajaba como pasajero empezó a tener problemas para respirar. De acuerdo al protocolo, los médicos lo analizaron e indicaron los pasos a seguir. Esa vez nos dijeron que teníamos que bajar urgente, en menos de 12 minutos, porque el bebé se moría. Eso nos obligó a hacer una serie de cálculos y evaluar distintas alternativas, cuestiones meteorológicas y de infraestructura para tomar una decisión. Se definió bajar en Rosario. Logramos aterrizar en 11 minutos y el bebé salió adelante.

-La tecnología ha avanzado mucho, pero en la aviación el factor humano es fundamental. Es decir, un error del piloto o del copiloto puede hacer que cualquier situación termine de la peor manera…

-Sí, totalmente. La automatización que hay hoy es alucinante. Hace 20 o 25 años, en una cabina de un Jumbo 200 iban tres o cuatro tripulantes. Eso se ha reducido y hoy en la cabina somos dos, el piloto y el copiloto. Hay más información y automatización. De todas formas, el factor humano es el más importante en la cabina de mando. De hecho, hay muchas capacitaciones que se enfocan exclusivamente en la cuestión humana.

Complejo

-¿Qué evaluación hacés sobre el momento especial que se está viviendo por el coronavirus?

-La aviación fue la primera industria golpeada por la pandemia. Con las restricciones de todos los países y el miedo a infectarse, la gente dejó de viajar y la industria se desplomó. Lo que se está viviendo es inédito, nunca pasó en la historia de la aviación. Un momento complejo se dio en el 2001, después del atentado a las Torres Gemelas, donde se produjo una debacle grande y los Estados tuvieron que inyectarles muchísimo dinero a las aerolíneas. La magnitud de lo que está pasando es monstruosa. Muchas aerolíneas del mundo están quebrando y otras están dando licencias o retiros voluntarios para poder sobrevivir. En nuestra empresa, arreglamos cobrar la mitad del sueldo por tres meses hasta ver qué sucede, pero la medida puede llegar a extenderse. Lo que más nos preocupa hoy en la Argentina es que se haya restringido la comercialización de pasajes hasta el primero de septiembre. Es una restricción más de las que existen normalmente.

-La aviación ha crecido mucho en el país en el último tiempo…

-Sí, muchísimo. Con la incorporación de las líneas de bajo costo se amplió mucho el panorama y se incrementó el tránsito de pasajeros. Somos un país reacio a los cambios y, durante décadas, Aerolíneas Argentinas fue la reguladora del mercado. Donde iba Aerolíneas iba la gente, porque no había otra opción. Al abrirse un poco el juego, mucha gente que antes no tenía acceso a volar puedo hacerlo y se recuperaron rutas. La posibilidad de conectar mejor al país requiere de inversión y de políticas claras. En Argentina, la aviación es bastante política. Creo que debería mirarse más lo que sucede en otras partes del mundo y aplicar prácticas comerciales un poco más laxas.