Opinión | Río Cuarto | Juan Manuel Llamosas | Gabriel Abrile

Los ocho meses que fueron una eternidad

Llega la recta final de la campaña que debió terminar en marzo y que estuvo determinada por el Covid. Llamosas llega habiendo cambiado el clima de septiembre y Abrile aparece competitivo

Entre el 29 de marzo y el 29 de noviembre pasaron mucho más que ocho meses. Pasó una eternidad. Entre la fecha original de la elección municipal y la que finalmente se terminará concretando ocurrieron tantas cosas que el mundo no es el mismo mundo, el país no es el mismo país y la ciudad no es la misma ciudad.

Río Cuarto será el único distrito importante a nivel nacional que irá a las urnas en medio de la pandemia. Si bien es cierto que el brote propio, que llegó a producir casi 300 contagios por día durante el pico, está en retroceso, la realidad todavía está descolocada y la crisis económica, que ya venía de arrastre y se profundizó gravemente, aún parece no haber mostrado sus dientes por completo.

No todas las elecciones son históricas; algunas representan un episodio más en la cadena de la continuidad democrática. Si se hubiera hecho en marzo, la votación tenía todos los condimentos para convertirse en la primera reelección de un peronista desde el regreso de la democracia. Y hubiera sido cómoda. Sin embargo, ahora, con la pandemia a cuestas, la carga histórica es doble porque, además, es la primera vez que una instancia electoral es influida, y hasta en cierto sentido determinada, por un acontecimiento externo que trasciende extensamente al ámbito municipal. En algún momento, principalmente durante septiembre, cuando se reinstauró la Fase 1, el coronavirus pudo haber sido el gran elector en Río Cuarto.

Si hay un objetivo que consiguió la campaña de Juan Manuel Llamosas, con la ayuda de la Provincia y con la infraestructura sanitaria del Estado trabajando a pleno, fue llegar a la semana previa con un clima diferente desde lo sanitario. Si la cantidad de casos y las restricciones hubieran provocado que la elección se transformara en una oportunidad de expresar descontento y preocupación, el estado de situación sería hoy otro, considerablemente diferente.

La caída en el promedio de casos diarios, la recuperación de la habitualidad en la mayoría de los sectores de la economía, incluso hasta en exceso, contribuyeron no sólo a mitigar el malhumor sino que permitieron que la agenda de la campaña no se encuentre monopolizada por el Covid. Así, el oficialismo logró restablecer, en parte, el contexto anterior a la crisis desatada en marzo.

Hasta septiembre, era una elección en la que parecía predominar la emocionalidad negativa como factor decisivo en la definición del voto. Eso le abría la puerta a la posibilidad de usar los comicios municipales como una oportunidad para el castigo, para la expresión de la bronca.

¿Puede decirse que ese elemento haya desaparecido? No. Pero sí aparece mitigado. La magnitud real de la remisión se verá el domingo.

Hay un segundo aspecto en el que Llamosas pudo establecer las condiciones que le son, en teoría, más favorables. Desde el primer momento el oficialismo intentó que la elección no se provincializara ni se nacionalizara sino que se mantuviera como una discusión municipal. En ese punto, Gabriel Abrile, candidato de Juntos por Río Cuarto, no acertó en una estrategia que convirtiera la votación del domingo en una posibilidad de darle un golpe al kirchnerismo y a Alberto Fernández. En algún momento ensayó ese discurso pero después, finalmente, pareció abandonarlo. Prefirió enfocarse en las críticas a Llamosas; al principio, cuestionó la gestión del riesgo sanitario y después se extendió al resto de las áreas de gobierno y al liderazgo del intendente en sí.

El gobierno de Juan Schiaretti tuvo presencia masiva hasta las tres semanas previas y, después, se retiró para dejar a Llamosas en el centro de la escena. Habían medido que, durante el pico de la pandemia, la monopolización del espacio político por parte de los funcionarios provinciales iba en detrimento de la imagen del candidato: lo desdibujaba y le daba verosimilitud al discurso opositor de que no era capaz de conducir por sí mismo la estrategia para enfrentar el brote de coronavirus.

En sus 4 años, el gobierno de Llamosas no implicó una transformación profunda para la ciudad ni la reinstaló en los puestos de preeminencia a nivel provincial o nacional. Sin embargo, la estrategia discursiva del oficialismo y del intendente, y habrá que ver cuán efectiva llega a ser en ese aspecto, pasó por hacer que la gente no comparara al actual gobierno con lo que se esperaba de él o con lo que podría haber sido sino con su antecesor más inmediato: el segundo mandato de Juan Jure.

“No volvamos al pasado”, dice Llamosas cada vez que puede.

Abrile, principal competidor de Llamosas, también llega a la etapa definitoria enarbolando un activo fundamental: de derrotado seguro y por paliza en marzo pasó a ser un candidato competitivo. La idea de un resultado adverso para Llamosas dejó de ser descabellada.

Aunque también hay que decir que esa transformación del escenario se debió más a factores exógenos que endógenos de la campaña. No se produjo tanto por virtudes propias como por una reconfiguración del contexto externo.

La limitación más notoria del candidato opositor es que no consigue trascender la crítica ni transmitir una idea de ciudad que vaya más allá de las generalidades.

Además, en una elección que no habilita la existencia del error, el candidato opositor incurrió en la semana que pasó en una equivocación elemental, rayana con el amateurismo, cuando debió despedir públicamente a Carlos Borsato, que había sido presentado como el ideólogo del programa de seguridad para los próximos cuatro años, después de que se difundieran las publicaciones indigeribles que el excomisario hacía en Facebook y en las que repartía elogios y reivindicaciones a Videla, Astiz y la dictadura, sin tampoco privarse de ser machista, clasista y discriminador.

La seguridad se convirtió durante algunos días en la propuesta más relevante de Abrile, hasta que fue víctima de la incontinencia de Borsato en las redes. ¿Nadie chequeó al comisario, que además tenía fama de no ser precisamente progresista en su paso por la Policía? Ahora, en el comando de campaña vuelan los reproches internos porque no hubo quién le pusiera un filtro a alguien que fue presentado como un asesor que enriquecía la propuesta opositora.

¿Qué deparará la última semana de campaña? En el peronismo olfatean que desde la oposición saldrá algún ataque, una denuncia o una movida que apunte al impacto y a generar desgaste. Desde Juntos por Río Cuarto se quejan por lo que consideran la vuelta de las prácticas de clientelismo.

En los cinco días que quedan de campaña, las mediciones de intención de voto seguirán haciéndose con fruición; incluso hay encuestas diarias. El peronismo dice que la diferencia está consolidada y en aumento. La oposición, que se viene un final cabeza a cabeza.

Habrá dos datos que podrían ser clave: el nivel de participación y la performance que alcancen las otras fuerzas de la oposición.