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"La bioeconomía nos abre las puertas a un federalismo real"

Roberto Bisang es uno de los máximos exponentes del pensamiento sobre la nueva era industrial que asocia la tecnología con la biología y que de manera silenciosa, y a pesar de los contextos económicos, produce una revolución en el interior profundo del país. El economista y docente habló con I+I CBA sobre el recorrido industrial argentino de las últimas décadas, sus implicancias, y el futuro por delante

Roberto Bisang es profesor de la Universidad Centro Estudios Macroeconómicos de Argentina (Ucema) pero en particular, un especialista en bioeconomía. Una de las voces más escuchadas en el interior emprendedor productivo del país, ese que asocia la naturaleza a procesos industriales y que tiene a Córdoba como terreno fértil y protagonista. Bisang no duda en afirmar que se trata de una nueva etapa de desarrollo para la cual el país tiene herramientas y capacidad para aprovechar y subirse, haciendo los deberes necesarios y facilitando más que obturando. Pero va más allá, y asegura que este proceso puede ser el sustrato necesario para iniciar una reversión de déficits demográficos como el de los grandes conurbanos que se crearon alrededor de una industria que hoy ya no existe. La bioeconomía tiene que ver con el interior, con industrializar el campo y generar allí las oportunidades. Un viaje acelerado de la mutagénesis y la transgénesis hasta la edición génica. Un mundo de oportunidades surgido de la vinculación de naturaleza y tecnología.

En el viaje por las últimas décadas y regiones del país, Bisang arranca por Córdoba, donde destaca el ecosistema alrededor del maíz: “Hay determinadas localizaciones geográficas que a lo largo del tiempo desarrollan habilidades y cierta concurrencia de intereses. En un país tan caótico macroeconómicamente hablando, hay una revolución del maíz silenciosa, de la safrinha con tonada cordobesa. En un contexto de dispersión de precios impresionante, tiene un cluster maicero, y tiene ACABio y Bio4, y una veintena de extrusoras, y gente que está pensando el salamín desde el maíz todo integrado, con marca propia. Y tuvo quizá la primera fábrica de Argentina seriada de enzima, allá por el ’86 en la empresa que se llamaba Milar que era de una firma americana; y Arcor, con un Pagani que la vio de entrada en 1984 en lo que hoy es Genencor en Arroyito. Y tiene un centro de excelencia en clonación y fertilización bovina. Y tiene por lo menos tres centros de fertilización humana asistida de alta tecnología. O sea, hay un equipo”, remarca el experto.

¿Cómo se conjuga ese desarrollo con el contexto económico nacional?

Hay dos niveles para analizar los fenómenos desde la economía. Uno que es estrictamente monetario y fiscal que ocupa las tapas de los diarios estos días, con inflación, déficit fiscal y demás. Y hay otra lógica que es la productiva donde los procesos son mucho más largos, las decisiones son mucho más asentadas y sin salida, porque cuando alguien decide crear una cabaña para hacer un buen Braford en el semiárido cordobés se casó por una década al menos para llegar a productos de primera calidad. Y si a mitad de camino le cambian las condiciones y se tiene que retirar del negocio lo que le queda es nada; es decir, el costo de salida es altísimo. Pero eso implica que todos los procesos productivos y tecnológicos tienen otros tiempos y maduraciones; y tienen otra lógica de gente que hace de eso su vida. Pensemos en Mario Bragachini, del Inta Mandredi, o José Méndez o Alejandro Saavedra, toda gente que se puso la camiseta sobre esa base, gente que vino del sector público. Y se transformaron en articuladores de distintas opiniones y voluntades y que terminan armando subsistemas concurrentes de intereses. Ahí no importa quién es radical o peronista, lo que une es el proyecto.

Emprender a pesar de todo…

El Censo Agropecuario que me tocó dirigir en 2018 da cuenta de un número muy interesante de pequeños emprendimientos agrobioindustriales, casi como lo que era Arcor unos 50 años atrás; o sea, una empresarialidad nueva. Hay algunos icónicos, como Bio4. Son distintos de los empresarios metalmecánicos del conurbano bonaerense. Y después hay prohombres de la agrobioindustria como Jorge Romagnoli, Hugo Ghio y segundas líneas. De tal manera que el problema de la bioeconomía es ecosistémico.

¿Cómo es eso?

Teníamos un modelo de desarrollo entendido como inclusivo en la Argentina durante la época de oro, de los ’60 hasta la mitad de los ’70 donde se copió el modelo de desarrollo europeo o norteamericano. Y esa copia llegó tardía, con 20 años de retraso, a un mercado más chico y restringido al acceso de insumos, con energía eléctrica escasa en los territorios, sobre la base del petróleo y la petroquímica. Replicamos el modelo fósil de materiales y energía no renovables. Eso nos dio el Falcon, el Winco, la heladera Siam. Y ahí recordamos la camada de gente que salía de Alta Córdoba de Sitrac, Sitram, los sindicatos, porque generaba empleo y cohesión social. Y la aspiración de las vacaciones por primera vez en el hotel sindical de Mar del Plata, al que llegaba con un Fiat 600. Ese mundo quedó idealizado con tres o cuatro paradigmas, entre ellos que la industria es el motor del desarrollo; la energía barata es lo que la mueve; el campo sirve para dar alimentos abundantes y divisas y en la medida de lo posible, gratis. Y que el campo está ahí para eso. El resultado fue que el campo dejó de producir y durante 30 años no pasamos de las 20 millones de toneladas. Recién a mediados de los ’70 empezó a levantar. Pero hasta ahí la industria era sinónimo de civilización, progreso, cohesión y vivir en la ciudad era lo top. Yo nací en el campo, y en el pueblo me miraban como un menor, un subdesarrollado. Y eso trajo la distribución localizada de la población en la Argentina.

Los conurbanos…

Exacto. San Martín, Córdoba, el cordón de Sauce Viejo y la periferia rosarina. Pasaron muchas cosas de tinte político, con malas políticas y cambio técnico. A mitad de eso asistimos a un cambio copernicano que fue el reemplazo de la válvula por el transistor. En aquel momento el dueño de la radio Tonomac era Marcelo Diamand, el teórico de la sustitución de importaciones. Tenía su fábrica en el sur. La pregunta es por qué Diamand cerró su empresa y allí una versión podría ser la apertura de Martínez de Hoz, y otra versión remixada podría ser la apertura de Martínez de Hoz más el chip japonés, porque ninguna de esas empresas estaba preparada para el salto tecnológico que implicó reemplazar la válvula de la radio que tardaba en encenderse y precalentarse. O sea, cuando habíamos aprendido, luego de 20 años de sustitución de importaciones, a hacer un producto de primera B que logramos exportarlo a países periféricos, nos cambiaron el paradigma internacional. Entonces, ya no se compara con Estados Unidos, sino con Japón, que es el mundo de los ’80 y ’90; todavía no había entrado China.

¿Y entonces?

En la mitad entró otra tecnología que es la biotecnología aplicada, y ahí cambió la condición de nuevo del mundo, no sólo por la electrónica sino por lo que está ocurriendo desde hace 15 o 20 años que es una convergencia de la tecnología electrónica de alto vuelo, capaz de manejar infinidad de datos, y la manipulación génica; primero la mutagénesis, después la transgénesis y luego la edición génica, más reciente. Ese cambio, junto con el ingreso de los países de atrás de la cortina, los asiáticos, implicó un nuevo orden internacional que terminó de dar vuelta el espejo en el que se mira la Argentina.

¿Cómo es ese espejo?

Hoy el mundo está centrado en los países asiáticos con la influencia de Georgia, Kazajistán, descubrimos que existía Ucrania, cuando en realidad fue abastecedor de trigo de Europa durante siglos hasta que llegó la Cortina de Hierro. Ahora lo volvimos a descubrir cuando el precio del trigo se fue a las nubes por el cierre de sus puertos. Y nos enteramos on line y al instante porque el segundo fenómeno de la electrónica es que borra las fronteras nacionales y redefine el ámbito de producción. El tercer tema central es que la revolución tecnológica pasa por lo biológico, no por lo inventado por el hombre sino por lo descubierto, aislado y modificado por el hombre pero preexistente en la naturaleza: plantas, animales, enzimas.

¿Y la Argentina, cómo está frente a eso?

Nos cambiaron el espejo y la Argentina tiene que dar de nuevo las cartas. ¿Y qué tiene para esta nueva aventura llamada bioeconomía? Lo que tiene es biología, que había aprendido a lo largo de años en materia de salud humana y que ahora comenzó a tener un valor comercial impresionante. Teníamos incluso base de vacunas virales aplicadas a animales desde hace rato, y eso es porque veníamos de un proceso previo, y teníamos ganadería con aftosa de por medio. Y además el Instituto Malbrán, hospitales públicos, donde hay mucha gente que sabe de biología aplicada a salud. Y con el nuevo modelo de biotecnología, pegó el salto. Lo que teníamos guardado se revalorizó. Ni que hablar de la genética bovina y vegetal; más la biotecnología que se le sumó encima. O sea, todo lo que había ocurrido en revoluciones técnicas previas, en el medio de la macroeconomía caótica de la Argentina. La revolución tecnológica aplicada a lo biológico nos cambia de cuajo y nos pone a repensar la matriz productiva.

¿Un giro por necesidad?

Si queremos incorporar a toda Europa del Este, China, India, Indonesia, Nigeria el planeta está en problemas con la vieja matriz. Entonces la pregunta es quién va a alimentar eso y cómo es la sostenibilidad de eso. Y cómo será el modelo energético a futuro. Porque ahora no es que nos estamos yendo de la era del petróleo porque se acabó el petróleo, como no terminamos la Edad de Piedra porque se acabaron las piedras. Es porque se hace insustentable para el conjunto del mundo, es inviable por una restricción global.

¿Cómo marcha esa transición en el país?

En la Argentina existe el siguiente dilema: una estructura productiva pensada en el pasado, sobre la base de la metalmecánica, los textiles, las confecciones, el calzado y la petroquímica más la electrónica, que eran los motores del desarrollo del modelo previo. Y que como tales los seguimos protegiendo a través de regímenes especiales. Pero esos sectores se desestructuraron y se incorporaron a cadenas globales de valor y se parecen más a armadurías. Eso implica que en una fábrica de autos encuentro más camiones llevando conteiners que autopartistas, con empresas de logísticas, y la fábrica se volvió una armaduría con partes y piezas que llegan de distintas partes del mundo. Cada vez que vendemos un auto generamos empleo en los países que proveen las partes. Ahora, siguen teniendo una percepción pública asociada a progreso. Del otro lado lo que quedó es lo biológico. Y la pregunta, ¿quién va a ser el motor del desarrollo a futuro? Y mientras la sociedad percibe a la industria de esa manera, la industria no está respondiendo en términos de empleo.

En ese plano, no es la industria de los ’60 o ’70…

Claro! Tampoco es la misma en términos de tecnología, porque ya viene incorporada en el producto y lo que se hace es usarla, pero no difundirla productivamente. Y eso implica que hay un costado complicado porque la gente que se vino del interior a los conurbanos en su momento ya no tiene las mismas respuestas. La sustitución trajo la gente a los conurbanos, la desustitución no volvió la gente al interior.

Ahí desembarca la bioeconomía…

La bioeconomía es un viejo concepto en el que se plantea transformar energía libre, lumínica, en biomasa. No en una planta de maíz, ahora es biomasa. Antes el maíz era polenta. Pero ahora incluso permite fijar carbono en el suelo y como eso es un activo que las sociedades demandan ya tiene un mercado nuevo a descubrir, armar, matrizar, comercializar y capturar. Y después tiene la planta, que ya no es polenta. Sí se produce una polenta que se llama burlanda y es para animales, pero en el medio produce etanol y queda un gas que se ventea o se captura para bebidas carbonadas. Y adicionalmente hay un sustrato que se llama vinaza que nos sirve para producir energía. Y entonces ciudades y pueblos recibe energía de esas plantas. Y el feedlot, que consume burlanda y está cerca, genera un buen volumen de estiércol que va a un biodigestor que genera gas metano para uso domiciliario o generación eléctrica mientras abajo queda un biofertilizante que sirve para verter en los lotes. Es un circuito cerrado donde se hace cracking del maíz.

Un modelo que en el sur de Córdoba está en marcha…

Cuando uno pasa por Río Cuarto uno ya no sabe dónde empieza y dónde termina la ciudad. Lo mismo en Villa María, Oncativo, San Francisco. Antes estaba el pueblo, el cementerio y el campo. Pero ahora el pueblo creció, tiene un periurbano con casas de fin de semana. Pero además, entre el pueblo y el campo, en el cruce de ruta está la fábrica de alimentos balanceados, la pollería, la chanchería, el feedlot, un conjunto de servicios relacionados con esas producciones y un grupo de gente que va y viene a trabajar entre el pueblo y la ciudad. Esa es una nueva conformación del territorio bioeconómico. Ahora, el intendente piensa qué hacer con eso, porque el pueblo ya no es el pueblo, el parque industrial se pobló de estas actividades, el campo pide media tensión porque lleva adelante procesos que requieren electricidad. Hay un espacio que no es ni del pueblo ni del campo, pero en el que trabaja mucha gente y que requiere servicios. Y sumemos que en algún rincón de un campo se arma un loteo y hay que llevar todo hasta ahí. Lo bioeconómico se procesa localmente y obliga a cambiar el parámetro industrial. No es servicio, no es campo ni la industria que supimos concebir; es de corte biológico. Lo único que no cambió en esa escenografía es el cementerio.

Entonces, mientras la industria tradicional concentró población en los conurbanos, la bioeconomía promete federalizar, desconcentrar, que haya desarrollo en cada punto…

Un amigo, Eduardo Trigo, me dijo una vez que la base de esto es que la biomasa viaja mal porque es cara, se pudre, tiene mucho volumen. Entonces se elabora en origen; no porque sea demasiado patriota, sino porque no dan los números de otra manera. Esto cierra porque Córdoba está a 350 kilómetros del puerto y Las Lajitas en Salta, a más. O los pollos en Entre Ríos. Entonces, elabora en origen algo que es industria de base biológica a cielo abierto; una fábrica muchísimo más compleja. Pensemos que una mezcla de expeller de soja, más molienda de maíz, más nutrientes -sumando 6 o 7 kilos- le da un pollo de casi 3 kilos en 38 días. El pollo es una máquina de transformar energía que estaba contenida en el grano. Y el pollo no es la pechuga y los muslos y el resto lo tiramos. Lo menos relevante del pollo es la carne. La tonelada de pechuga de exportación vale 800 dólares, pero las garras tratadas valen 2 mil dólares. Además, en la piscicultura se utiliza como alimento el pellet de pluma porque es altamente proteico, tiene una estructura molecular que flota y eso es una speciality derivada del pollo. Lo único que no se puede utilizar por ahora es el cacareo. Entonces, el pollo hay que pensarlo como fuente de materias primas, el novillo es más que dos medias reses. Esa es la industria que nos falta y que no tenemos promocionada. El grueso de la promoción está del otro lado.

¿Qué necesita?

Una nivelación de la cancha para que todas las fuerzas productivas de origen bioeconómico, las del software, la de la elaboración de productos speciality, diseño y servicios especializados tengan el plano allanado; un tipo de cambio compatible con su productividad y no sean cotos de caza impositivos porque no se pueden escapar. Hay que emparejar la cancha, devolverles la renta, condiciones de mercado para que funcionen y dejar a los chicos que hoy crean AgTech, BioTech y cuanta Tech anda dando vueltas se expresen. Hay que conformar un entramado bioproductivo, agroalimentario, bioenergético y demás. Después se necesita el vaso comunicante para anclar e impedir la traslación de gente del interior a centros ya poblados, lo que requiere política adicional de servicios públicos para anclar nodos de arraigo regional. Hay que ver lo que ocurre en Río Cuarto, Villa María, Venado Tuerto, San Francisco; ahora, para desestructurar lo que ocurre en el cordón rosarino hace falta política pública y ahí es donde está la política orfebre que implica un marco de institucionalidad claramente distinto al que estamos acostumbrados. ¿Usted cree que el desarrollo de un producto biológico, como la elaboración completa e integral del maní, se puede impulsar, reglamentar, controlar, asistir, desde Capital Federal? No hay manera. Es un problema de cordobeses. Por lo tanto este modelo rompe con la tradición estratégica centralizada y le abre las puertas a repensar el federalismo real. Por eso, lo que se puede hacer desde una centralidad es fijar los grandes parámetros para entrar a mercados internacionales, por ejemplo, pero lo fino y operacional es estrictamente local.

¿Qué rol debe tener Córdoba en ese futuro?

Podemos hablar de la Región Centro, que no es tan sencillo porque hablamos de un acuerdo de convivencia que va más allá de un acuerdo político. Son dinámicas funcionales que hay que ir tejiendo; son pequeñas sociedades, es Messi, Di María y De Paul; y ahí tiene las tres provincias. Otras regiones pueden tener otras. Lo interesante del caso es que la solución del desafío depende del país en gran medida y menos del exterior. Nos tenemos que poner de acuerdo en qué le queremos vender al exterior, qué sociedad queremos ser. La pelota está de nuestro lado ahora, y la crisis es la única manera de romper el orden previo. Sino, uno no puede poner en tela de juicio por qué el déficit fiscal tiene como contrapartida desgravaciones impositivas de hace 70 años.