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Las retenciones, en la mira para "desacoplar precios"

Otra vez el Gobierno admitió que analiza retocar derechos de exportación, o algún mecanismo similar, para desenganchar el valor de los commodities del mercado interno. Lo cierto es que ese impuesto ya existe y se suma la brecha cambiaria

El Gobierno no le encuentra la vuelta al problema de la inflación y, lejos de eso, el índice sigue empecinado en trepar y, para colmo, llega fin de año. Se sabe que estacionalmente es un período complicado en el que siempre los precios tienden a subir por una mayor demanda. Hay varios ejemplos que sirven para ilustrar y uno de ellos es el de la carne. La mayor cantidad de eventos y socialización que se da hasta fin de año lleva a un consumo más elevado, especialmente de asado, que en esta oportunidad se encontrará del otro lado con una restricción en la oferta. Faltan animales en la faena y el precio de la hacienda en pie mantiene una carrera alcista pese a las restricciones a las exportaciones aún vigentes. Eso lleva a los productores a retener vientres, debido a que la ecuación mejora, pero eso agrava el faltante en los frigoríficos, aunque garantiza que en un año el cuello de botella pueda empezar a flexibilizarse porque las hembras podrán dar sus frutos en los rodeos.

Mientras tanto, el Gobierno aplicó la medida de más corto plazo que haya dispuesto contra la inflación: un acuerdo con supermercados para congelar los precios de los cortes vacunos durante el fin de semana largo. Lo hizo básicamente porque el valor de los animales en pie subió 20% en 10 días y eso empuja los valores de toda la cadena y anticipa un cierre de año complicado, sumado al mayor consumo por estacionalidad. En definitiva, menor oferta con alta demanda da como resultado precios en alza, justo lo que intenta combatir el Gobierno.

El acuerdo con el FMI puede ayudar a descomprimir el mercado cambiario, que sigue generando tensión por la brecha que existe entre el dólar oficial y el blue.

El de la carne no es el único caso. Y de hecho ayer Roberto Feletti, secretario de Comercio Interior de la Nación, volvió a instalar la necesidad de desacoplar los precios internos de los externos. Un esquema similar al que ya tuvo como objetivo el Gobierno en otros momentos, no con buenos resultados.

Hoy hay un esquema vigente de “desacople” de precios que son las retenciones. Por cada tonelada de soja, el Gobierno cobra un impuesto por derecho de exportación que en definitiva evita que le llegue el “precio lleno” a quien exporta y, en definitiva, a toda la cadena. Por ejemplo, una tonelada de soja aporta 33% de su valor en retenciones, es decir que el productor cobra un tercio menos de lo que ingresa por su venta al país y que queda en manos del Estado nacional. En el maíz y el trigo, el desvío es del 12%.

El Gobierno insiste en restringir las exportaciones como una respuesta al fuerte proceso inflacionario, aunque ya aplicó esa receta sin éxito.

Esa vía de recaudación tuvo este año un resultado extraordinario para el fisco debido a que podría recaudar unos 5 mil millones de dólares más que en 2020 por el incremento de los precios internacionales de las commodities.

Pero hay un factor más de desacople: la multiplicidad de tipos de cambio. El oficial en torno de los 100 pesos y una brecha cambiaria cercana al 100% con el blue hacen que la economía tenga un ruido interno cada vez más fuerte. Puntualmente, en los sectores productores de alimentos con posibilidad de exportación, cobran con el oficial sus ventas al exterior menos retenciones. Un productor de soja recibe entonces unos 67 pesos por dólar. En el mercado ilegal el billete cuesta 200 pesos. Y, más allá de que no pretenda adquirir dólares, los insumos de su producción tienden a cotizar al menos en un promedio entre oficial y blue. A veces, más cerca del segundo.

Lo cierto es que la brecha suma “desacople” a los precios e impide que se traslade directamente el valor mundial de los commodities al mercado interno. Igual, los precios internos siguen en alza y a mayor ritmo que a mitad de año.

Es cierto que en el mundo la inflación es un problema que preocupa incluso a potencias en esta etapa de menores restricciones por pandemia, pero por índices que rondan el 4 o 5 por ciento anual. Argentina está más de 10 veces arriba de esos valores. No hay un problema mundial que pueda justificar en su totalidad lo que ocurre puertas adentro. Más bien puede ser algo marginal.

En la Argentina hay un problema desatado hace más de una década y que se fue agravando. Comenzó con niveles por debajo del 10%, pasó al 20% y hoy está instalado arriba del 50%. Pero además es complejo y abarcativo, porque alcanza a todos los precios de la economía. Por eso el accionar del Gobierno genera poca expectativa, porque intenta dar respuestas aisladas a un problema generalizado, integral. ¿Es posible pensar en un control de la inflación porque se acuerde con supermercados no aumentar los cortes vacunos un fin de semana? ¿Dónde están los precios congelados de los 1.432 productos de la canasta básica en RíoCuarto, Villa María, General Deheza, Huinca Renancó o Deán Funes? ¿Están? Claramente no.

Mientras tanto, la dinámica inflacionaria sigue comiendo poder adquisitivo de los sectores con ingresos fijos y hay apenas un puñado de gremios en el país que lograron darle pelea al 52% de inflación anual. Pero la enorme mayoría volverá a perder en 2021, como en los últimos tres años. Y hay que sumar los trabajadores informales, que tienen un escenario aún más perjudicial por la ausencia de paritarias. Y los jubilados. Y los desocupados. Y los que cobran planes sociales. Muchos de ellos ya engrosan las estadísticas de la pobreza, que es el resultado último del fracaso de la lucha contra la inflación y la falta de crecimiento de la economía, que lleva también una década estancada, sin generar nuevos puestos de empleo.

Gonzalo Dal Bianco. Redacción Puntal