Menos salarios y menos actividad: se alinean los fantasmas
Mientras el Banco Central aún padece los efectos del último pago comprometido con el Fondo Monetario Internacional por 2.700 millones de dólares (o su equivalente) a través de una sangría acelerada de reservas multicolor que debió poner en circulación, el Ministerio de Economía asumió formalmente la última semana una doble tarea de gestionar la alicaída economía nacional mientras le sirve con sus acciones y resultados a la candidatura a presidente al titular de esa cartera, Sergio Massa. Hasta aquí, con uno solo de esos roles, el desempeño del Ministerio no dejaba conformes ni a los propios. Ahora parece que la intención es ver si, como existió en algunos ejemplos muy puntuales a lo largo de la historia deportiva, bajo más presión los resultados del equipo empiezan a aparecer. Habrá que tener paciencia.
Lo cierto es que mientras el frente cambiario continúa mostrando los dientes y el reperfilamiento del acuerdo con el FMI permanece demorado, los crujidos empezaron a sentirse puertas adentro, en la economía de carne y hueso, que dicho sea de paso, presenta un contraste con el momento “bullish” que vive el mundo financiero, más movido por las expectativas a futuro.
El esfuerzo por juntar los recursos necesarios para no caer en el abismo del default por la falta de cumplimiento ante el FMI la semana previa volvió a transparentar la fragilidad de la autoridad monetaria. La magnitud del compromiso siempre tiene relación con la situación del deudor: el monto de 2.700 millones de dólares no debería ser motivo de preocupación para la Argentina teórica; la práctica sufre horrores para cancelar una cifra de esa magnitud. Hoy el viceministro de Economía, Gabriel Rubinstein, encabeza un viaje a Washington para avanzar en el nuevo acuerdo con el FMI. Tal vez la ausencia de Massa en esa comitiva diga mucho de lo que se espera como conclusión.
El Gobierno necesita con urgencia sortear los próximos compromisos de pago y al mismo tiempo inyectar dólares a las reservas para alejarse del precipicio. Mucho depende del tránsito por ese desfiladero. Hay un hueco a llenar y es el que dejaron las agroexportaciones tras la histórica sequía de la última campaña gruesa que dejó apenas 21 millones de toneladas de soja en la Argentina, y mucha de mala calidad. En un ciclo normal debería haberse cosechado el doble; más allá de la pendiente que está viviendo la oleaginosa en el país por el efecto de los derechos de exportación y una ecuación económica que en muchas zonas no es competitiva con su principal competidor: el maíz. La primera tiene 33% de retenciones, mientras el cereal carga con el 12%. Nadie hoy reclama una paridad inmediata, pero la cadena sojera pide urgente una reducción de esa brecha para comenzar a revertir la pérdida de hectáreas destinadas a ese cultivo.
Lo cierto es que el bache de dólares que dejó la magra cosecha se extenderá al menos hasta diciembre, cuando comiencen a ingresar algunos dólares por la cosecha fina, especialmente del trigo. Pero las expectativas ahí también empiezan a recortarse, como una agonía que no termina. La falta de lluvias, a pesar de que el ciclo de La Niña terminó, continúa. Y eso hizo que en 15 días las hectáreas estimadas para trigo pasaran de 6,4 millones a 6 millones. La cuenta aún no está cerrada porque especialmente el área del Oeste, donde aparece Córdoba, sigue sin condiciones de siembra y el calendario corre.
Pero será a partir de ahora que la ausencia de los dólares del campo se sentirá con más fuerza. Justo cuando la actividad económica empieza a mostrar señales de deterioro. Esta última semana se conoció oficialmente que el índice del nivel de actividad (EMAE) que publica el Indec tuvo una caída del 4,2% para abril. No debería ser sorpresa dado el contexto que conforman un cúmulo de variables como el alto proceso inflacionario, el deterioro de los ingresos, las trabas a las importaciones por falta de divisas, entre otras.
El mismo día que se conoció el EMAE, también se publicó el índice de salarios: la noticia no pudo ser peor para un gobierno peronista, ya que en abril los ingresos de los trabajadores aumentaron en general 5,7% contra una inflación de ese mes del 8,4%. Pero si en general la derrota de los ingresos fijos fue contundente, al interior del indicador hay sectores que sufrieron una derrota aún más contundente. Mientras el salario privado registrado aumentó 6,9% en abril, el público subió 4,1% y el informal, el 4,8%. Sin embargo, para salir de la coyuntura de abril, hay que mirar la evolución anual de esos ingresos. En el caso de los trabajadores del sector privado lograron recomponer sus ingresos un 106,4% con una inflación del 108,8%. En el caso de los empleados públicos, la mejora alcanzó el 114,7% -siempre según la información oficial-, y los informales, apenas el 77,5%. Es decir, en el último año sólo los trabajadores que se desempeñan en el sector público le ganaron al proceso inflacionario.
Es otra de las mochilas que deberá cargar Sergio Massa en esta doble función que tendrá en el semestre que acaba de comenzar y que al parecer no le brindará demasiados brotes verdes al flamante candidato presidencial.