Opinión | Schiaretti | Juntos por el Cambio | Córdoba

El contraste y una comedia de enredos

Hacemos por Córdoba se esforzó en mostrar prolijidad en el cierre de las listas. Al frente, Juntos por el Cambio fue un hervidero de traiciones y reproches, que empeoró el quiebre de 2019

El peronismo se encargó de remarcar el contraste. A las 19.33 de ayer, mientras Juntos por el Cambio hervía en su propia interna y se fracturaba más caóticamente que hace dos años, el oficialismo provincial comenzó a difundir no sólo su lista para las Paso sino, además, su enfoque, su estrategia y su slogan. Los candidatos de Schiaretti lograron salir a la pista mucho antes que sus competidores.

“Ellas”, dice el flyer que difundió Hacemos por Córdoba y que hace foco en que las dos listas, para senadores y diputados, están encabezadas por mujeres, Alejandra Vigo y Natalia de la Sota, mientras en Juntos por el Cambio la disputa se circunscribió a una pelea entre hombres. Pero, además, el PJ también remarcó en ese mensaje que fue la inauguración oficial de su campaña otros componentes que considera activos en las elecciones que se vienen:por un lado, la distribución territorial de la lista, que combina a capitalinos con intendentes y dirigentes del interior, y por otro, la nula injerencia porteña en el armado. “No las impusieron desde el puerto ni tienen ningún interés en Buenos Aires. Responden y seguirán respondiendo únicamente a las necesidades de las y los cordobeses”, enfatiza el flyer.

La primera irrupción en campaña de Hacemos por Córdoba opera en una diversidad de planos simultáneos. Dispara en varias direcciones a la vez. Aspira a captar el voto femenino y feminista, muestra su despliegue territorial pero, además, establece las bases de su discurso:apela al orgullo cordobés, a reafirmar la autonomía y a recuperar el enfrentamiento histórico con la Capital Federal (“no nos arrodillamos jamás ante el poder de Buenos Aires”) y a plantear que la provincia, y por extensión Schiaretti, dispone de un modelo propio, ajeno al griterío de la grieta, que perfectamente puede ser exportable.

Esa estrategia no está exenta de riesgos. Hacemos por Córdoba juega todo lo que tiene, su capital como fuerza y principalmente al gobernador, para provincializar una elección que es, por definición, nacional. ¿Por qué arriesga tanto?Porque es lo único que puede hacer. Porque, como siempre en política, en la próxima elección está en juego el 2021 pero también el 2023. El PJ cordobés, que se autopercibe distinto y así lo manifiesta, no puede dejar el terreno libre para que sus futuros competidores, principalmente los de Juntos por el Cambio, queden posicionados sin atenuantes para la gobernación.

La lista de Schiaretti no arranca como favorita, pero aún así el gobernador se da algunos lujos, como por ejemplo no sólo designar a voluntad su nómina de candidatos sino influir en la de la otra expresión peronista, la del Frente de Todos. El único nombre que apareció dos días antes del cierre -más allá de las cabezas de lista, que ya se conocían- fue el de Eduardo Accastello, actual ministro de Industria y exintendente villamariense.

Esa movida anticipada dejó a Martín Gill, intendente de Villa María en uso de de licencia y actual secretario de Obras Públicas de la Nación, sin razones argumentales para rechazar su candidatura en el Frente de Todos. Horas después de que se conociera la postulación de Accastello, Gill fue convocado a la Casa Rosada y allí aceptó, ante Alberto Fernández, encabezar la lista de diputados.

Schiaretti, que no le perdona al villamariense haber abandonado sus filas, aspira a derrotarlo con Accastello en Villa María, y así debilitarlo en su propio territorio, lo que lo inhabilitaría además para pelear por la gobernación en 2023. El gobernador también está usando la elección actual para empezar a dirimir la interna. De paso, puede instalar a Accastello, si es que la jugada le sale bien, en la grilla de partida para la sucesión.

La pelea por Villa María y las proyecciones que puedan surgir de allí será uno de los episodios más interesantes de la elección.

A nivel provincial, Gill tiene como activo su cargo como secretario de Obras de Alberto Fernández, que lo habilita a pelear por la voluntad de los intendentes. Esa danza de lealtades, el tironeo por la territorialidad de los jefes comunales, empezará a desplegarse desde mañana mismo.

Juan Manuel Llamosas ha mantenido una buena relación con el gobierno nacional pero, cuando tuvo que elegir, dejó en claro que su lugar sigue estando al lado del schiarettismo. El intendente logró instalar a su candidata, la actual diputada Claudia Márquez, en el número 3 de la lista.

En el Palacio aseguran que Llamosas participará de manera directa en la campaña, lo que también encierra algunos riesgos. Fundamentalmente, lo expone otra vez al desgaste de una campaña pocos meses después de haber protagonizado la propia. Y, al igual que Schiaretti, puede sufrir las consecuencias de traer al territorio una pelea que lo trasciende. La ventaja es que no hay ningún dirigente opositor que pueda capitalizar un eventual triunfo de Juntos por el Cambio porque allí, en esa lista, los riocuartenses brillan por su ausencia.

Esa coalición política, en la que radicales, juecistas y el Pro conviven malamente, ofreció un cierre de listas en el que se manifestaron las pasiones políticas y humanas no precisamente positivas. Quienes estaban de un lado pasaban a otro y lo que era de una forma al rato mutaba raramente. Originalmente, la dupla de radicales Mario Negri y Rodrigo de Loredo iba a enfrentarse a Luis Juez y al delfín de Macri, Gustavo Santos.

Negri ensayó una movida para dejar afuera a Juez, se acercó al Pro con la oferta de llevar a Santos como cabeza de lista en diputados y relegar a su entonces socio, De Loredo, al número tres. La pirueta, que no cayó bien en el dirigente de Sumar, acabó mezclando todo. Como en esas comedias de enredos, Juez terminó con De Loredo y Negri con Santos.

Juntos por el Cambio volvió a partirse. “Si algo hemos aprendido de esta elección es que la división sólo favorece al peronismo. No podemos repetir este error”, decían en 2019 cuando Schiaretti los arrasó. Al parecer, se trató de un aprendizaje de corto plazo. Pero, además, con un agravante:ya no sólo se quebró el radicalismo, como hace dos años, sino que ahora también lo hizo el Pro. El grupo de Macri-Santos terminó con Negri y la senadora Laura Rodríguez Machado y Héctor Baldassi se fueron con Juez-De Loredo.

La imposición que intentó Macri, cuando llegó a Córdoba y le levantó la mano a Santos, en vez de disciplinar exacerbó la conflictividad. Que ese haya sido el resultado en un territorio que considera propio, habla también del declive de su figura dentro de la coalición.

Tal vez, por la fuerza de las circunstancias y de la voluntad preexistente de los cordobeses, Juntos por el Cambio termine imponiéndose en la provincia en noviembre. Pero el quiebre abre un interrogante para la estación anterior:las Paso. ¿Con cuánto se ganará esa elección que ofrece un escenario tan dividido?

Además, el 2023 no sólo empieza a jugarse para el schiarettismo sino también, por supuesto, para la oposición. Y en dos oportunidades ha demostrado que es incapaz de encontrar una metodología no que evite el disenso sino que le escape al escándalo. ¿Cuántas heridas quedarán en Juntos por el Cambio después de que esta circunstancia pase?