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Tan cerca, tan lejos

Después de un acercamiento que le retribuyó en términos administrativos y financieros, Schiaretti se distancia ahora de Alberto para evitar el castigo de su electorado histórico.

Cuando Córdoba empezó a definirse como una provincia ferozmente antikirchnerista, el peronismo de José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti diseñó una estrategia de supervivencia. Los dos hombres que se han turnado en el poder desde 1999 y que han hilvanado un proceso que durará al menos 24 años, se desacoplaron del PJ nacional y antepusieron lo que tanto tiempo de construcción les había demandado: su propio proyecto de poder.

Se configuraron como los líderes de otro peronismo, de un peronismo que le negaba la calidad de tal al kirchnerismo, y se instalaron en un espacio de antagonismo y victimización: por no doblegarse a los caprichos del poder central, y en especial de Cristina, los gobernantes cordobeses, y por extensión Córdoba toda, estaban padeciendo maltrato y discriminación.

El PJ cordobés construyó entonces su propia versión de la grieta. Y le dio resultado. Así siguió ganando elecciones y dominando un territorio que cae en la aparente dualidad de ser antiperonista a nivel nacional pero de tener a peronistas gobernando la provincia por un cuarto de siglo. En realidad, esa dualidad no es tal: el electorado cordobés viene votando en el mismo sentido; lo que hizo el PJ de De la Sota y Schiaretti fue un movimiento doble que combinó adaptarse a ese antikirchnerismo de base a la vez que lo exacerbaba.

Esa estrategia que tanto rédito le generó al PJ en términos electorales es hoy una complicación. Siempre es preferible afrontar una situación compleja desde el poder que desde el llano, podrán argumentar desde el schiarettismo. Es verdad. Pero no por eso la encrucijada es menos real.

La premisa de base hoy para el gobernador es que Alberto Fernández no es lo mismo que Cristina. Y esa premisa contiene una doble cara. Porque implica un alivio para Schiaretti en términos gubernamentales y administrativos en un tiempo de ingentes dificultades económicas.

Pero, a la vez, encierra una problematización político-electoral. Porque si bien para Schiaretti y su gobierno Alberto no es igual que Cristina, para los cordobeses sí lo es. En esta provincia, cualquier expresión emparentada al kirchnerismo desata mayoritariamente rechazo y condena. Por lo tanto, si pretende seguir dominando el panorama territorial, el gobernador está obligado a mantenerse como un otro distinto, no mimetizado con ninguna de las variantes del universo kirchnerista.

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En los últimos meses, esa división en el plano identitario-político estuvo en cuestión. El schiarettismo, a fuerza de aprobar en el Congreso proyectos de la Nación, fue ocupando un espacio de socio semipermanente de las aspiraciones del kirchnerismo (ese ente que en Córdoba parece ser uno solo). Se lo acusó de ser funcional.

La imagen más poderosa tuvo a Río Cuarto como protagonista. Fue el festejo conjunto entre funcionarios albertistas y schiarettistas por el triunfo de Juan Manuel Llamosas. Esa noche, el 29 de noviembre, el PJ casi le cedió el escenario al Presidente para que hiciera suyo el resultado.

Desde entonces, los diputados cordobeses votaron en el Congreso iniciativas polémicas, algunas de las cuales generaron malestar en sectores históricamente aliados al peronismo cordobés. Fue el caso del impuesto a la riqueza. También hay que mencionar el recorte de los fondos que la Ciudad de Buenos Aires venía cobrando adicionalmente desde la presidencia de Mauricio Macri; esa votación fue interpretada por entidades empresarias provinciales como una traición del schiarettismo.

Los legisladores también aportaron el número necesario para la aprobación de la nueva fórmula jubilatoria.

Esa concatenación le otorgó a la casi siempre atomizada y desorientada oposición cordobesa una oportunidad y un eje: “Ven, el schiarettismo es lo mismo que el kirchnerismo”, dijeron los principales referentes provinciales de Cambiemos.

Discursos similares fueron usados en los últimos años; la diferencia fue que, esta vez, a la luz de los hechos, empezó a cobrar verosimilitud. Y el gobierno provincial, por supuesto, tomó nota. El acercamiento había ido demasiado lejos.

Por supuesto que nada de lo que ocurrió fue un movimiento en falso de Schiaretti: en medio de una crisis corrosiva como la actual, a la Provincia también la apremian las necesidades financieras y económicas. Alberto necesitaba los votos; el gobernador, recursos. Su cercanía eventual con la Casa Rosada derivó en una llegada de fondos como, por ejemplo, los casi 20.000 millones de pesos para cubrir el déficit de la Caja.

Pero ahora, con una serie de acciones públicas, Schiaretti inició y afianzó el proceso político inverso, el camino contrario: está despegándose de Alberto para resguardar su capital político. No puede hacerlo como alguna vez el PJ cordobés lo hizo con Cristina porque, como se dijo, el destrato que existió ya no existe y, además, porque la Provincia no está en condiciones fácticas de soportar un enfrentamiento abierto.

Schiaretti no puede ni quiere confrontar. De hecho, no hace declaraciones públicas; sólo emite mensajes por las redes. Pero, a la vez, necesita diferenciarse. Sin la alternativa del plano discursivo, ha optado por distanciarse desde la acción. Hubo algunos episodios evidentes que se fueron hilvanando en las últimas semanas.

Ocurrió, por ejemplo, con el aborto. El schiarettismo, que votó en bloque en contra de la legalización, encontró en ese debate una instancia que le permitió, por un lado, comenzar a distinguirse del oficialismo nacional y, a la vez, reafirmar su alianza con el sector conservador de la sociedad cordobesa.

Otro episodio fue la negativa del gobernador a aplicar las restricciones nocturnas que Alberto intentó imponer y que terminó sugiriéndoles a las provincias. En ese punto, el schiarettismo se enfoca en que la distinción sea evidente e innegable. “Para nosotros, el manejo de la pandemia es uno de los tantos problemas que tenemos y no podemos desentendernos de los otros. El gobierno nacional se enfocó únicamente en el coronavirus y pierde de vista todo lo demás que está ocurriendo y que no es menor”, señalaron desde el Panal.

El arreglo de la deuda, pero sobre todos las críticas que el ministro Martín Guzmán lanzó con destino a Córdoba, es otro aspecto que le ayuda a Schiaretti a afianzar su individualidad.

En el PJ cordobés aseguran que el gobernador está mostrando, después de una caída, una recuperación en las encuestas y que no está pasando precisamente lo mismo con Alberto. En Córdoba, la imagen del Presidente se desgasta cada vez más. Su gestión -o la falta de ella- de la crisis económica, la inflación de alimentos desbocada, los insólitos aumentos constantes de la petrolera estatal, la escasez en las góndolas, sólo tienen como resultado el deterioro.

Para Schiaretti, fortalecer su imagen y despegarse de la Nación no sólo encierra un objetivo político, sino también electoral. En este 2021 hay legislativas y llegará el momento en que el gobernador deba sentarse a negociar con Alberto la conformación de las listas en Córdoba. Una primera cuestión a resolver es si existe o no unidad, si el peronismo va en un único bloque, con los inconvenientes que acarrearía esa confluencia para la ya detallada estrategia de diferenciación. Pero, en el caso de que esa unidad pudiera producirse, lo que pretende Schiaretti es llegar con la fortaleza suficiente para que, en su territorio, las principales condiciones las ponga él.