Opinión | schiarettismo

El meteórico no del schiarettismo

El oficialismo provincial salió rápidamente a anticipar que no convalidará el acuerdo con el FMI. En El Panal están convencidos de que se viene un ajuste feroz y no quieren participar del costo
 

El schiarettismo actuó con la velocidad de un rayo. Hacía minutos que Martín Guzmán, ministro de Economía, había terminado de detallar en conferencia de prensa los compromisos que asumió el Gobierno ante el FMI para cerrar un acuerdo. Juntos por el Cambio era todavía un desconcierto: sorprendido por una noticia que no esperaba, no sabía si aplaudir o abuchear. Mientras tanto, en las redes, aparecían los tres diputados del bloque Córdoba Federal, que que responden al gobernador Juan Schiaretti, para avisar que no convalidarán el pacto con el organismo internacional y que, si bien darán quorum, se abstendrán.

Todavía hay una ingente cantidad de preguntas que quedan por responder sobre el acuerdo por la deuda. Existen enormes lagunas por llenar. Cómo se piensa alcanzar la meta decreciente de déficit fiscal, por ejemplo. Y, consecuentemente, quiénes serán los que deberán hacer el aporte principal para que esa tendencia al equilibrio se concrete.

Sin embargo, aún con esos interrogantes flotando en el aire, sin conocer la letra escrita y basándose en las declaraciones de Guzmán, el schiarettismo tomó, meteóricamente, una posición sobre cómo actuará en el Congreso.

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué tanta premura? ¿No ha sido el schiarettismo la fuerza que insistió particularmente en que hay que darle gobernabilidad al Presidente de turno para no empujarlo al abismo? ¿Y no es justamente la gobernabilidad, incluso con más intensidad que en otras ocasiones, lo que está en juego ahora que el país no tiene recursos ni para pagar sus deudas ni para recuperarse?

En el oficialismo provincial señalan que los bloques en Diputados y en el Senado darán quorum, precisamente, para no afectar la gobernabilidad pero que no están dispuestos a legitimar con su voto el escenario económico que se desatará en el país a partir del acuerdo que Alberto y la Casa Rosada festejaron con bombos y platillos.

En la postura del gobierno de Schiaretti se combinan dos elementos: el descreimiento y la especulación.

Sólo le reconocen al acuerdo la virtud de haber evitado el peor escenario, el default con el que fantaseaba el kirchnerismo duro y que hubiera dejado sin financiamiento no sólo al sector público sino también al privado: las empresas que necesitan importar componentes para producir, por ejemplo, habrían tenido que pagar sus compras al exterior al contado, con dólares que no están.

Pero, más allá de ese único mérito, en El Panal no creen una sola palabra de las que dijeron Fernández o Guzmán. Sostienen que la afirmación de que el FMI aceptó un programa sin ajuste ni sacrificios es una mentira de cabo a rabo. “Se viene un ajuste fuerte”, anticipan. Y con ese horizonte entre manos, afirman que no están dispuestos a hacerse copartícipes de los costos que deberá afrontar el gobierno del Frente de Todos.

Pero, además, Hacemos por Córdoba actuó con tanta celeridad, meteóricamente, porque maneja la información de que la abstención será también la postura que asumirá Juntos por el Cambio cuando el acuerdo con el Fondo llegue al Congreso. El schiare-ttismo no quería ni aparecer junto al kirchnerismo ni hacer seguidismo de Cambiemos;por eso, sencillamente primereó.

¿Tendrá entonces los votos el oficialismo nacional, un oficialismo menguado con respecto a la anterior composición del Congreso, para darle aval legislativo al entendimiento con el Fondo?En la oposición no hay voluntad de hacer caer el acuerdo aunque sí de endosarle completa la responsabilidad al Gobierno. La actitud autocrítica que el Frente de Todos le reclama a Cambiemos, artífice de la deuda con el Fondo, quedaría para una mejor ocasión: los 44 mil millones de dólares los tomó Mauricio Macri pero el costo político de alcanzar este acuerdo y no otro con el FMI quedará para Alberto.

Para entender la postura del schiarettismo sólo hay que mirar el calendario:casi ningún ciudadano tiene en mente las elecciones de 2023, pero el gobierno provincial sí. La anticipación es un atributo que los políticos están obligados a cultivar.

El veloz rechazo al acuerdo con el Fondo y las demás posturas que ha venido hilvanando el schiare-ttismo se explican en ese marco:no sólo porque Schiaretti tiene la íntima convicción de que el kirchnerismo es nocivo sino, más que nada, porque el oficialismo cordobés está guiado por un objetivo de poder: actúa en función del 2023. El convencimiento que se ha arraigado en Hacemos por Córdoba en las dos décadas que lleva gobernando la provincia es que no debe ser un actor político que confeccione un menú para ofrecerle al electorado sino que debe seguir la dirección contraria:el menú tiene que idearse a partir de lo que el electorado prefiere y reclama. Y la dieta de los cordobeses es más bien monótona:se nutre mayoritariamente de antikirchnerismo.

El oficialismo provincial le pone una cifra a esa característica:dice que, hoy por hoy, el 78% de los cordobeses repudian a Alberto, a Cristina y a todo lo que suene a kirchnerismo.

Por eso, concluyen que el peronismo cordobés deberá reunir dos características indispensables, pero no suficientes, para tener chances de retener el poder en 2023:exacerbar su antikirchnerismo y hacer la mejor gestión posible en toda la línea, desde la gobernación hasta las intendencias.

Pero, incluso así, y sobre todo después de la elección que Luis Juez y Rodrigo de Loredo hicieron el año pasado, creen que no tienen el triunfo asegurado. Otro elemento con el que piensan acrecentar sus chances es la estrategia de alianzas.

En El Panal están convencidos de que el escenario que le da más alternativas de ganar es uno que acote, aun en la victoria, sus espacios de poder, es decir que contenga acuerdos que le impliquen ceder territorio. El schiarettismo ya no habla de seducciones individuales, de captar a uno u otro dirigente de la oposición por un cargo. Apunta a asociarse con porciones:con un bloque del Pro o un bloque del radicalismo. Y, en ese caso, como mínimo la vicegobernación quedaría para los nuevos socios.

Si ese ensayo fracasa, el número 2 será entonces para una mujer del peronismo. Para el número 1 no habría predisposición para los experimentos:hoy el mejor posicionado es Martín Llaryora.

El posible acuerdo con bloques opositores cumpliría además una función complementaria:no sólo consolidaría el caudal antikirchnerista de Hacemos por Córdoba sino que, además, podría abrir una grieta en la oposición, establecer un cisma que, como ocurrió en otras ocasiones, podría socavar sus posibilidades.

Por eso, ayer, en la recorrida de Horacio Rodríguez Larreta por la provincia, el Pro se esforzó por demostrar que está unido. Y en política, cuando un estado de cosas debe remarcarse suele ser, precisamente, porque está en duda.