Cómo desechar lo que nos sobra, una estrategia para alcanzar la felicidad
Saben nuestros consecuentes lectores que de vez en cuando, en esos gratificantes momentos en que la realidad siempre palpitante nos da un respiro -como el de la semana que acaba de transcurrir, en la que más allá de las clásicas peleas a muerte entre el de aquí y el de más allá no ha pasado naranja- se nos da por reflexionar sobre asuntos alejados de la coyuntura, intentando echar luz sobre cuestiones más trascendentales que la chicana nuestra de cada día. En tren de preguntarnos, entonces, si es posible trasladar los valores de la novedosa cultura new age al ámbito adusto y tradicionalista de la política, descubrimos que hay gente que ya lo está haciendo y con una determinación propia de quienes no temen que llevar sus convicciones al extremo los llene de improperios por parte de quienes aún están atados a las lógicas perimidas del pasado. Eso es lo que surge de la lúcida aplicación de las enseñanzas de Marie Kondo, la influencer japonesa que propone ordenar nuestros espacios como primer paso para ordenar nuestras cabezas y nuestras vidas y sugiere empezar por desechar las cosas que ya no nos hacen felices, evidenciada en una frase ya histórica de la ministra de Seguridad, Sabina Frederic: “La toma de tierras no es un tema de seguridad, es un tema de déficit habitacional y una presión por el mercado de tierras que evidentemente hay que paliarlo con soluciones que se anticipen al problema”.
En realidad, las pistas sobre la adhesión de Sabina a los principios de Marie ya venían de antes, aunque limitados como somos no habíamos llegado a advertirlas. Días atrás, cuando un decreto de Alberto pasó el manejo del temita de los incendios de Seguridad, donde lo había puesto Mauricio, a Ambiente, nosotros lo adjudicamos a la intención de darle más facultades a Cabandié, que después de demostrar ser tan versado en temas ambientales como su antecesor, el rabino Bergman, estaría seguramente en condiciones de aplicarle al fuego un buen correctivo. Pero no, se ve que es Sabina la que se había dado cuenta de que la lucha contra las llamas ya no la hacía feliz y sacársela de encima le daría más espacio y tiempo para acomodar las cosas que sí la hacen feliz, como por ejemplo analizar qué otras cosas puede sacarse de encima. Y qué mejor que empezar por la toma de tierras.
Desde luego, algunos anquilosados agentes de la política tradicional no tardaron en salirle con los tapones de punta, con argumentos remanidos como que el Código Penal -libro más antiguo y pasado de moda que los de Marie Kondo- dice que la usurpación es un delito, que los vecinos de las propiedades usurpadas se sienten, mirá vos, inseguros, o que los usurpadores muchas veces no son gente sin techo, sino miembros de organizaciones que después sacan a la venta los terrenos usurpados por internet. Bueno, a estos últimos Sabina les responde con una ampliación de la explicación original: “La toma de tierras no es un tema de seguridad, es un tema de emprendedurismo y de nuevos agentes inmobiliarios incorporados al mercado de tierras que evidentemente hay que paliarlo con soluciones que se anticipen al problema”.
A esta altura podríamos empezar a dar precisiones sobre las soluciones que se anticipen al problema: casas para que los sin techo vivan, casas para que los emprendedores les vendan a los sin techo que no tienen conexiones para usurpar nada, la creación de una nación mapuche en los territorios de parques nacionales -así le ahorramos a Cabandié algunos incendios- y diálogo, mucho diálogo con los ocupantes de las tierras, más denuncias penales, muchas denuncias penales, contra los que protesten contra las ocupaciones de tierras. Porque parece que esos sí son un tema de seguridad que Sabina no está todavía lista para sacarse de encima, diciendo, por ejemplo: “Las manifestaciones de gente que invita a armarse contra las tomas de tierras no son un tema de seguridad, son un tema de omisión del Estado de su obligación de hacer cumplir las leyes y una reacción de vecinos que se ponen locos por el incumplimiento, que evidentemente hay que paliarlo con soluciones que se anticipen al problema”.
Pero, en cualquier caso, si un poquito hemos tenido oportunidad de conocerla a Sabina, y más allá del retroceso estratégico seguramente momentáneo al que parece haber sido invitada hacia el final de la semana, no creemos que la toma de tierras sea el único trasto amontonado en su esfera de incumbencia del que necesita librarse para dejar de sentirse atosigada. No faltó quien recordara, ponele, que recién asumida disolvió la Subsecretaría de Lucha contra el Narcotráfico, otro asunto ante el cual sin soluciones que se anticipen al problema no vale la pena ni poner las manos. Casi casi daría la impresión de que nuestra doctora en Antropología está a nada de decir que el delito no es un tema de seguridad, y hasta, por qué no, que la seguridad (el concepto) no es un tema de Seguridad (el ministerio que conduce, que está para otra cosa). Entonces, empezar por la toma de tierras podría ser un globo de ensayo para auscultar hasta dónde le sube la temperatura al amigo Sergio Berni, para quien, en cambio, lo que no es un tema de seguridad son los accidentes que sufren jóvenes viajeros que tienen la fortuna de cruzarse con su policía y casualmente aparecen vueltos esqueleto en recónditos cangrejales de su provincia.
No imaginamos, en caso de tratarse efectivamente de un globo de ensayo, cuál podría ser el próximo, pero por lo pronto sugerimos, para no pasarnos de vuelta con la voluntad de transgredir con criterio new age el clima de la época, una argumentación como la siguiente: la violencia de género no es un tema de seguridad, es un tema de cultura patriarcal como un sistema de relaciones sociales sexo–políticas y de opresión individual y colectiva de los varones a las mujeres, que evidentemente hay que paliarlo con soluciones que se anticipen al problema. Acá no sé si el pedido de paciencia, de esperar las soluciones de fondo que se anticipen al problema y los resultados de un diálogo constructivo que se proponen para las tomas de tierras serían bien recibidos si se traducen a este campo, no sé si las mujeres molidas a palos por parejas y exparejas tendrán tanta predisposición a esperar con templanza y espíritu dialoguista la redefinición de las relaciones sexo-políticas y la deconstrucción del patriarcado.
Desde luego, la filosofía de Sabina no nace de un repollo, reconoce ilustres antecedentes hermanados por la voluntad de desechar esas cosas indeseables que oscurecen nuestra felicidad. Aquel memorable "solamente a un tonto o a alguno demasiado vivo se le puede ocurrir que los precios los pone o los aumenta el Gobierno” podría reformularse para adquirir un formato más que reconocible: la inflación no es un tema de esta Presidenta, es un tema de empresarios y comerciantes ambiciosos y una presión por el mercado de bienes que evidentemente hay que paliarlo con soluciones que se anticipen al problema. O bien, en versión de su sucesor: la inflación no es un tema de este Presidente, es un tema de falta de inversión por la desconfianza provocada por quienes se nos oponen y una presión por el mercado de bienes que evidentemente hay que paliarlo con soluciones que se anticipen al problema. Pero para no irnos tanto del tema ya habíamos tenido: la inseguridad no es un tema del Gobierno, es un tema de jueces que liberan a delincuentes, con su consiguiente réplica: la inseguridad no es un tema de los jueces, es un tema del Congreso que no dicta las leyes que hacen falta, y un poco más allá: la inseguridad no es un tema del Congreso que dicta leyes nacionales, es un tema de las provincias que manejan las policías, y así hasta el infinito. Y, mientras tanto, los problemas no tienen la paciencia de esperarnos a que encontremos las soluciones que se les anticipen. Da la impresión de que a la aplicación a la política de los principios de Marie Kondo se le escapó el detalle de que no disponemos de una compactadora a donde mandar esas cosas que nos sacamos de encima porque no nos hacen felices.