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"La pandemia evitó otro conflicto como el de la 125"

El politólogo Sergio Berensztein acaba de publicar un libro que analiza la 125 y sus consecuencias. No duda de que este año se encaminaba a otra disputa similar.

Doce años después del conflicto con el campo que desató la Resolución 125, de retenciones móviles, el analista y politólogo Sergio Berensztein junto a María Elisa Peirano, una participante de los piquetes oriunda de 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, repasan y analizan en profundidad en un libro que acaba de salir las características de aquella rebelión de los productores ante el incremento de la presión tributaria, que fue la gota que rebalsó el vaso y, para Berensztein, marcó el inicio de la actual grieta en la Argentina. Pero no sólo eso, sino que, asegura, terminó de moldear un nuevo rasgo más radicalizado del kirchnerismo. Secuelas de un conflicto que aún están presentes y que, no duda, podrían haber derivado en un segundo episodio fuerte en 2020 de no haber llegado la pandemia del coronavirus.

En diálogo con Tranquera Abierta, Berensztein ensaya algunas explicaciones sobre por qué la política atenta contra su principal sector económico y además, por qué pese a esto, el campo argentino sigue siendo tan competitivo y se destaca a nivel internacional.

“Las revueltas fiscales tienen esa característica: empiezan por un conflicto estrictamente material, pero enseguida se transforman en algo mucho más profundo, complejo y estructural desde el punto de vista de los cambios políticos, culturales, de identidades. Promueven que muchos actores se lancen a la política; generan experiencias que terminan instalándose en las mentalidades de los actores intervinientes”, dice Berensztein.

¿Las huellas de aquel conflicto llegan hasta hoy?

Miremos lo que ocurrió el otro día con esta reunión de militares a los que el Gobierno para desacreditarlos los llamó la Mesa de Enlace Militar. Eso es una señal del trauma que quedó. Ahora la ley que se votó esta semana en el congreso es en contra de los productores, la del Fuego. Cuando puede, el kirchnerismo demuestra que se quedó muy frustrado por aquella derrota, que fue política, fue simbólica, fue material y explica un proceso de radicalización ideológica muy significativo, que todavía perdura. La grieta de esta última generación nace por el conflicto con el campo. Incluso mucha gente empezó a militar políticamente por eso; surgen agrolegisladores, se encuentra el origen de Cambiemos, también allí se suman fiscales de todo ese movimiento. Es un evento al que se denomina en Ciencia Política una coyuntura crítica. A partir de la cual se liberan una cantidad de procesos autónomos algunos y vinculados otros. Carta Abierta, el conflicto con los medios, surgen también allí.

Son todos hijos de la 125...

Exactamente; son todos procesos que comienzan a partir de este evento. Por eso es fundante. Y en algún sentido es demasiado prematuro para decir cuáles fueron las consecuencias, porque van a seguir pasando cosas, seguro. Es como querer analizar la Revolución de Mayo y no tener la Constitución del ´53, queda como vacío el proceso, porque termina de germinar aquella Revolución con esa Constitución. Entonces, por ahí este evento de la 125 termina en algún tiempo en algo diferente.

¿Ese proceso y estos 12 años que aún muestran réplicas te motivaron a avanzar en el libro?

Tuve bastante fortuna porque participé en distintas instancias en estos 12 años en contacto con actores que estuvieron ahí. Lo seguí por la información directa que tenía en el momento, del Gobierno y de la Mesa de Enlace, tenía muchos datos de opinión pública porque es parte de mi trabajo. Seguí el proceso muy de cerca y en 2009 trabajé con la Mesa de Enlace tratando de consolidar de esa experiencia algo distinto y eso me sirvió mucho porque ví todas las dificultades internas, las divisiones, los problemas de coordinación. Me permitió tener un diagnóstico más preciso. Yo la verdad que tenía cierta formación en economía política de los tributos porque había hecho mi tesis doctoral sobre reformas, y seguía la cuestión de ciudadanía fiscal, que es un tema que me interesa mucho. Me gusta ver cómo los ciudadanos advierten que son los dueños, los accionistas de los países y cómo el dinero que ponen quieren que vuelva en término de bienes y servicios públicos. Y con todo eso comencé a hacer borradores, escribir unos garabatos y para 2013-2014 tenía algo armado pero no tenía demasiado tiempo y en el medio escribí otros libros sobre narcotráfico, competitividad, otro sobre la cuestión institucional. Tenía otros proyectos intelectuales más avanzados y esto quedó como de costado. Pero cada tanto el tema volvía, porque es algo que está en la mentalidad de todos los sectores. Vuelve recurrentemente. Cuando sacaban las retenciones, cuando las volvían a poner. El tema seguía. Y en 2017 fui a dar una charla a Carlos Casares y alguien del público me hace una pregunta buenísima, y era una chica que vivía en Pehuajó y que había viajado para la charla. Y me contó que había estado en los piquetes, que tenía seis hijos, un marido, y me empezó a contar la historia. Y yo me tenía que ir a Buenos Aires, pero le dejé mi teléfono para seguirla por ahí. Y me llamó y conversamos sobre su experiencia de ese momento. Y terminó siendo mi coautora en el libro, fue una ayuda fundamental, un tractor. Y el tiempo nos dio otra visión, otra perspectiva de los límites y del potencial que eso efectivamente tiene.

Sergio Berensztein para Tranquera Abierta.

¿Se puede determinar por qué la política termina combatiendo a un sector que es el más competitivo del país y posiblemente el que más tenga para aportar al crecimiento?

La Argentina arrastra una larga frustración porque es un país que está estancado hace muchas décadas. En vez de generar valor, multiplicar la riqueza y crecer mucho, rápido y mejor, estamos peleándonos en una situación ridícula y predatoria donde la idea es quién manotea más al otro. Quién saca un pedazo más grande y finalmente perdemos todos. Es un juego de círculo vicioso. Cobramos más impuestos, los privados no invierten, hay más inflación y así vamos destruyéndonos. Es un país sin plan estratégico, con liderazgo anacrónico y poco calificado, en general y no sólo político. Uno escucha cosas que atrasan 40 o 60 años, cuando el mundo avanza rápidamente a la industria del conocimiento de la que el campo es parte. En cualquier semilla hay toda una investigación de última generación detrás. Y así en todas las cadenas agroindustriales. Recuerdo una vez en Las Lajitas, la zona productiva de Salta, encontré un wichi con un pen drive arriba de una cosechadora que valía, no sé, medio millón de dólares, con aire acondicionado y escuchando música. Mis amigos de izquierda nunca vieron eso, cuando hablan de los wichis. Y en todo eso hay una historia que el campo no comunica. Lo que más me sorprende es que no hay un esfuerzo, no de inventar o hacer propaganda, sino de mostrar lo que es. Ahí en Río Cuarto lo conocen, pero acá en Buenos Aires uno lo cuenta y te dicen ‘lo que pasa es que te enamoraste de tu objeto de estudio’. Pero no, yo lo vi al wichi y hace seis años! Y el tipo estaba feliz laburando. ¿Y cómo puede ser que un actor tan moderno, tan integrado al mundo, tan sofisticado, tan innovador, no tenga capacidad de organizarse bien, de tener un mensaje que es genuino porque no hay que inventar nada, y lograr influir en la agenda pública que es vital. Porque pueden ser los mejores tranqueras adentro, pero los despluman de la tranquera al puerto, y los productores lo saben.

¿En eso padece la característica de actividad atomizada?

Pero la actividad es fragmentada y atomizada en Brasil, en el Midwest, en Canadá, y tiene un lobby espectacular. Si la fragmentación fuese un factor tan determinante no permitiría que en otros países sí logren tener ese lobby, entendido como defensa de los intereses sectoriales; incluso en el parlamento.

¿Y por qué crees que pese a todo el campo sigue siendo tan competitivo a nivel mundial?

Creo que como tiene ahí afuera un ecosistema político regulatorio, institucional que lo esquilma, aprendió a ser hiper eficiente porque sino se funde. Es muy darwiniano, es la supervivencia del más apto a la enésima potencia. Si queres sobrevivir en Argentina tenes que ser el mejor, no hay opción. Y el sector siempre estuvo en la frontera desde hace más de un siglo, siempre fue competitivo. Vas 100 años para atrás y ves que el nivel de sofisticación era el mismo que en Iowa. Pensemos en el desarrollo de la siembra directa, de los gringos que lo lograron acá, en Santa Fé. El campo es eso, es innovación, espíritu de superación permanente, búsqueda de más rentabilidad, es ganarle a todas las complicaciones regulatorias, climáticas. Y eso es un activo, un capital social fundamental.

¿Ves hoy alguna posibilidad de repetir aquella experiencia de la 125?, en un año que comenzó con protestas por retenciones...

Creo que la pandemia salvó al Gobierno de otra 125 porque estaba todo encaminado hacia eso. Y yo veía y estaba en contacto con chacareros en las rutas y estaban con la cara pintada. Muy decididos por avanzar porque sentían que era un Gobierno que estaba en contra del campo. Creo también que hay sectores del Gobierno que se quedaron traumatizados con el poder que demostró el campo y con su capacidad de seducir al electorado urbano. Pero creo que el conflicto está latente y puede volver en cualquier momento. Y el campo tuvo una experiencia formativa y sabe el poder que tiene. Y el Gobierno tiene una fragilidad cambiaria que incrementa ese poder. Quedó claro que el Gobierno de guapo no va a poder. La 125 marcó eso, un límite al poder discrecional de Buenos Aires que llegó para quedarse.