Río Cuarto |

Sergio Medina: “¡Soy inocente! No voy a hablar de algo que desconozco”

Dos años y medio después de ser detenido, empezaron a juzgar al albañil de Las Albahacas por femicidio con ensañamiento. Lo acusan de asesinar a Claudia Muñoz de 33 puñaladas. Sin pruebas directas, el tribunal evalúa si los indicios alcanzan para culparlo

El anfiteatro de los tribunales provinciales, donde juzgan desde el lunes a Sergio Aldo Medina, tiene la forma de una media luna. Cuando el albañil, de 49 años, entró esposado, en la sala se hizo un silencio sólo interrumpido por el gatillar de los reporteros gráficos. Las miradas del público no podían ser más antagónicas: en el extremo izquierdo de la media luna -donde estaban los hermanos, sobrinos y amigos del acusado- veían con compasión a un “perejil”, a alguien injustamente acusado; mientras que en el extremo derecho, donde se aglutinaron los familiares de Claudia Muñoz, las miradas eran incendiarias porque lo que ellos veían era un femicida, un hombre que cobardemente asesinó a una mujer indefensa de 33 puñaladas.

Entre uno y otro extremo de la media luna, los tres jueces de la Cámara Primera del Crimen -Virginia Emma y los debutantes Natacha García y Daniel Vaudagna- y 12 ciudadanos que por primera vez se calzaron el traje de magistrados y tendrán la ardua tarea de definir cuál de las dos versiones de Sergio Medina se aproxima más a la verdad: la de femicida o la de perejil.

Ya cuando se presentaron ante el jurado popular para explicarles su rol en el juicio, el fiscal de Cámara Julio Rivero, el abogado querellante Héctor Giuliani y los defensores Carlos Hairabedian y Lautaro Arcuri orejearon sus primeras barajas.

Rivero recordó una estadística sobre homicidios que revela que en 9 de cada diez crímenes, el homicida es una persona conocida de la víctima.

A continuación, Héctor Giuliani fue más categórico. Dijo no tener dudas de que el tribunal acabará demostrando que el hombre sentado en el banquillo fue quien le quitó la vida a la dueña de la pilchería Mil Sol, Claudia Muñoz.

“No venimos a manipular sino a buscar la verdad, no buscamos venganza sino justicia”, concluyó.

El que más cómodo se sintió con el trámite de hablar a los jurados fue Hairabedian, el letrado de 85 años y 55 de profesión que llegó a la sala con un look informal: anteojos oscuros, camisa floreada y un audaz saco coral.

A diferencia del fiscal y del querellante, el defensor le preguntó a la jueza Emma si podía hablar de pie. Se plantó en el centro de la sala y, con tono didáctico e histriónico, les explicó a los jurados que esta causa no tiene elementos de prueba para llegar a una sentencia condenatoria. “Si deciden la absolución de Medina, eso no deberá interpretarse como un fracaso de su rol de jurados”, les aclaró.

Calificó de deficiente la investigación del crimen y les recordó que el jefe policial que llevó adelante la pesquisa -Gustavo Oyarzábal- hoy está en la misma cárcel que Medina, acusado de integrar una asociación ilícita.

Sobre las sospechas contra su cliente, dijo que resultaba desopilante  y descabellado que se afirmara que Medina estaba obsesionado con Muñoz y que actuó con violencia, motivado por la pasión.

“Todo esto me mueve a hacerles una pregunta: ¿qué hace este hombre aquí?”, alzó la voz mientras señalaba al acusado.

En la primera jornada del juicio que se extenderá hasta el viernes desfilaron cinco testigos, entre ellos, el viudo Juan Carlos Debia y el vecino del pasaje Juan de Garay al 1100 que vio salir apresurado a Medina,  alrededor de las 16.30, es decir, minutos antes del crimen que según la acusación del fiscal Fernando Moine fue cometido entre las 16.36 y las 17.10 del martes 9 de mayo de 2017.

Antes de iniciar la ronda de testigos, a Medina le leyeron el hecho por el que quedó acusado de homicidio agravado por mediar la cuestión de género (femicidio) y por ensañamiento. Tantas fueron las heridas que le infligieron a la mujer cuando fue conducida hasta el probador de su local comercial, que la mayor parte de la alocución de la secretaria del tribunal se la llevó la descripción minuciosa de la profundidad de cada uno de los 33 puntazos y el sitio del cuerpo donde fue atacada.

Una vez finalizada la lectura del hecho, le dieron la palabra a Medina.

-Consulte con su abogado y díganos si va a declarar. -Le dijo Emma.

Después de un cruce de miradas con los defensores, la respuesta de Medina fue breve y concluyente:

- No voy a hablar de algo que desconozco. ¡Soy inocente!, dijo.

Luego, se explayó sobre sus condiciones personales, algo a lo que por ley no puede rehusarse.

Así, Sergio Medina relató que era el penúltimo de 8 hermanos de una familia de Las Albahacas. Su padre era un changarín que se dedicaba a repartir arena en un carro. En esa tarea, Medina empezó a ayudarlo a los 9 años y eso, contó, le impidió seguir en la escuela. A diferencia de sus hermanos que terminaron la primaria, el fue el único en abandonar los estudios en cuarto grado.

El día que Muñoz fue asesinada, Medina viajó a Río Cuarto. Junto a su madre venían a acompañar a su padre Ramón, que debía hacerse unos controles médicos.

La única vez que declaró en extenso en la causa fue el 5 de febrero de 2018 y entonces el albañil contó que, tras dejar a su padre en una clínica de la ciudad, se fue a la casa de su tía y por la tarde salió a comprar material en un corralón de la calle San Martín y a hacer una jugada de Quini 6.

Esa fue su coartada y la explicación de por qué la cámara de seguridad de la empresa Darío Gordo Automotores lo captó cuando caminaba por la calle San Martín, en proximidades del local Mil Sol.

En esa declaración, Medina dijo que cuando regresó de sus trámites sus padres estaban en la casa de su tía y ya todos allí decían que a una vecina de la cuadra la habían asaltado y la habían matado.

Semanas después Sergio Medina era llevado encapuchado a la departamental de Policía como el principal sospechoso de ese crimen.



Alejandro Fara.  Redacción Puntal

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