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Amor a destiempo

Soledad Silveyra y Facundo Arana solventan con soltura las vicisitudes de dos criaturas que se buscan sin encontrarse en el interior de una obra que se construye a través de la lectura apenas dramatizada, de un vínculo epistolar.

En tiempos en los que la oferta teatral se divide de manera tajante entre las expresiones comerciales más desembozadas, que desdeñan la untuosidad del texto para utilizarlo como un vehículo para conducir su precariedad, y lo que se conoce como teatro posdramático, que lo trabaja de soslayo, yendo más allá, porque su modo de expresión proviene básicamente de otra fuente, acaba de pasar por Río Cuarto una obra atípica, que lo es incluso de los cánones dramáticos más convencionales.

Su autor, A.R. Gurney, la escribió con expresa indicación de que se pusiera en escena como una lectura dramatizada, a medio camino entre las puestas convencionales, aunque sin definirse tampoco como teatro leído ni como teatro semimontado: el texto no espera el acabado de la acción, y además figura en letras de molde a la vista de los actores, de modo que estos no están obligados a memorizarlo.

Selva Alemán, que figura en los créditos como directora de esta versión que acaban de protagonizar entre nosotros Soledad Silveyra y Facundo Arana, apenas se salta esas recomendaciones del autor: con los actores sentados tras una mesa, separada apenas por metros que vienen a sugerir el espacio real que media entre los personajes, que es a la vez ínfimo y abismal,  deja en primer plano la palabra prácticamente despojada de artificios, prácticamente ya que los actores son quienes deben generar sentido a través de la intensidad y los matices de su oralidad.

Apenas algún detalle ínfimo de iluminación y alguna ruptura de los actores del espacio fijo que les ha sido asignado: todo lo demás es la “lectura” de una sucesión infinita de cartas que dan cuenta de un desencuentro lleno de proximidades que, a partir de una invitación a celebrar un  cumpleaños se convierte en una de las historias de amor más raras, a la vez bella y agridulce, entre dos seres que se buscan sin encontrarse, porque a la vez que se atraen se repelen, por razones que ni ellos mismos aciertan a definir. Ellos son dos amigos de la infancia, Melissa Gardner y Andrew Makepeace Ladd, que nacieron en el seno de una familia rica y de buena posición, y aunque compartieron la niñez, la adultez siempre los encuentra separados. Y a la vez unidos por ese desarrollo epistolar que, andando su lectura, uno no sabe bien si en realidad los aproxima con vistas a algún encuentro definitivo o los distancia…definitiva y absurdamente.

No importa tanto relatar cuáles son los avatares que van pautando el desarrollo de las vidas de cada uno de ellos, eventualidades que ellos mismos van dando a conocer a través de esas cartas redundantes, y que se reiteran con una frecuencia que se hace casi imposible de imaginar, en especial porque no suceden en tiempos de e-mail, son escritas en papel y, para llegar a destino requieren de la intervención del correo tradicional. En esa sucesión, lenta, acaso inadvertida, pero firmemente, las cartas van perdiendo el humor (ese humor que desprenden inicialmente, cuando relatan la formación de tal relación, de tan extraña y a la vez baladí relación que ni siquiera está muy claro que sea de amistad) para caer en la inevitable melancolía. Y para dar cuenta de ese transcurso emocional, que lentamente va desinflando las expectativas de encuentro, aunque Melissa y Andy se encuentren físicamente en algún momento (según escriben en sus cartas ya que ese encuentro nunca se traduce en escena), Silveyra y Arana desarrollan sus textos con una frescura que atrapa, cumpliendo en puridad eso de apenas agregar expresión física (Arana es quien mayor le da aire gestual a su personaje) a lo que surge del texto “leído”. Y completan con holgura el ciclo que ese retablo de palabras, que, entre la ironía y el sarcasmo, entre la esperanza y la desesperación, desenvuelve lucubraciones sobre el amor, la soledad, las pérdidas y la muerte, puestos en boca de dos criaturas que viven infinitamente a destiempo.

Ricardo Sánchez