“A mediados del año pasado, cuando dijimos con Ángel (Bildoza) que el ciclo de Armonía (Americana) estaba terminado, empecé a sentir un vacío, acaso porque esa historia con el grupo me dio muchísimas cosas, porque la música me dio muchas cosas, muchísimas, difíciles de mensurar pero que andan por adentro. La música, y Armonía como su representación, ha sido importante en lo más profundo de mi vida, ha tenido siempre una función reparadora, que me ha dado plenitud en los mejores y en los peores momentos, por eso esto aquí”.
Con un entusiasmo que el brilla en los ojos y que hace que una sonrisa intensa le pinte la cara mientras habla, Osvaldo Simone se despacha sobre el espectáculo que el próximo sábado lo pondrá una vez más sobre el escenario del Teatro Municipal, pero con un protagonismo que en otros tiempos compartió con muchos excelentes músicos de la ciudad y de las grandes ligas, en todos los casos formando parte del inolvidable grupo vocal que está presente con nombre propio en su historia y la historia artística de la ciudad.
Acaso para bucear en las razones de ese entusiasmo que tiene mucho de fiebre de juventud, un entusiasmo acaso inesperado en un hombre que ha desarrollado repetidamente tareas de gran responsabilidad en la función pública –de hecho sigue siendo titular de la delegación local de la Agencia Córdoba Cultura- haya que bucear en la historia personal que lo ha traído hasta este momento de felicidad que se yergue mirando hacia delante y por entre las tragedias y dolores que lo han acompañado por mucho tiempo.
“La música fue siempre en mi vida, en principio porque mi mamá fue profesora de piano y, aunque lamentablemente cuando empecé a tener una mayor comprensión de las cosas, ella ya había decidido cerrar ese capítulo de su vida, algo de sus genes musicales anda por mí. Ella daba clases en casa y tenía muchos de alumnos. Se ve que en algún momento se saturó, dejó de dar clases y a mí me costaba mucho lograr que se sentara al piano a tocar, para escucharla fuera de las clases, de modo que yo la asocio con esa música que enseñaba, y no con otras”, recuerda.
Y también que la historia de su padre ha de haber tenido que ver: “él era mecánico de profesión, le gustaba cantar y era bastante entonado pero su influencia, digamos, no vino por ahí. Ocurre que tuvo una empresa de ómnibus y transportó casi desde siempre al Delfino Quirici. A mi casa iba el propio Quirici, a quien yo casi no alcancé a conocer porque además de dirigir contrataba el transporte, tenía una relación muy cercana porque siempre la familia Simone transportó al Coro, especialmente en la etapa de Pedro Matas. Y yo viajaba muchas veces con ellos e incluso llegué a ser chofer en muchos viajes del elenco”.
Otro gran paso de acercamiento a la música fue que, por mandato familiar, la música tenía que ser para alguno de los hijos: “yo tengo una hermana Norma, a la que primero la empujaron hacia la música, le pusieron un maestro de guitarra y yo rondaba sus clases, más interesado que ella, a ella nunca le interesó como para ponerse a estudiar eso. Hasta que un día el maestro le dijo a mis padres que era a mí a quien tenían que mandar a estudiar música y entonces, además, cuando todavía no era adolescente me mandaron con un acordeón a piano entre las manos: de ahí las bases de la teoría y el solfeo que conocí siguiendo el método que se utilizaba en aquella época”.
La influencia Cánepa
A la vez que recuerda que aquel acordeón permaneció con él hasta hace poco, cuando decidió reemplazarlo por otro más grandes que toca de vez en cuando pero en la intimidad, enfatiza el tercer gran impulso para dejar penetrar definitivamente la música en su vida, la figura de Pablo Cánepa: “vivía a media cuadra de casa y esa vecindad le dio cercanía casi familiar, de modo tal que cuando lo conocí, yo tenía 17 o 18 años, él me invitó a tomar algunas clases de canto. Era un tipo muy tenaz, y además tenía el registro de tenor, como yo, y creo que, de algún modo me estoy arrogando algo que Pablo no podrá desmentir porque lamentablemente murió muy joven, había empezado a ver en mí alguien que se asemejaba a él ya que si físicamente éramos semejantes, él decía que teníamos ‘un alto parecido’, también se asemejaba al suyo mi registro de tenor que sin ser agudo, decía que permitía lucirnos en la interpretación”.
Aquellas consideraciones de un maestro como Cánepa, fueron decisivas: “yo ahora, reviviendo aquellas palabras, tomo en cuenta estas consideraciones de Pablo porque fue uno de los que primero me plantó la semilla acerca de que además de cantar con una cierta técnica, y obviamente de la afinación, era fundamental la interpretación, él decía uno no puede cantar sólo porque tenga linda voz o porque tenga un buen caudal, hay que interpretar. Y cuando aparece la instancia de ‘Armonía…’ eso se puso absolutamente en práctica porque grupos como ese se basan en la interpretación de obras creadas por otros frente y que en esa condición de nexo con el público además obliga a lograr un equilibrio entre la originalidad expresiva y el respeto por la obra”.
La figura inspiradora de Cánepa, que lo fue para muchos músicos de la ciudad en aquellos años, primero lo llevó al coro del Colegio Normal y a integrar grupos pequeños que cantaban en casamientos, en las iglesias. Fue en una de esas presentaciones que lo escuchó Jorge Lhez: “acaba de dejar ‘Armonía…” Daniel Fernández, (N. de la R: habla del famoso gordo Fernández, gran cantante que se hizo conocido en el ámbito nacional participando en el programa televisivo “La peluquería de Don Mateo”) y Jorge le dijo a Ángel Bildoza que había escuchado un tenor que le parecía que podía andar, y así fue que me invitaron a hacer una prueba y se construyó esa historia mía con el grupo”.
Recuerdos
Para ese entonces, Osvaldo ya era ingeniero “acaso por influencia del oficio de mi papa, aunque como tenía facilidad cierta para los estudios podría haber estudiado cualquier otra cosa”. Y aunque, “ya mientras estudiaba abracé con gusto y con ganas la ingeniería, la música seguí latiendo dentro, al compás del recuerdo de los discos de música italiana que se escuchaba en su casa: “no era una casa en la que se escuchara mucha música a excepción de la que tocaba mi mamá en sus clases, pero sí música popular italiana, recuerdo que comprábamos los discos que salían con las canciones del Festival de San Remo”.
Ni la ingeniería como fuente de aproximación profesional, ni el deporte que practicaba intensamente (y que alguna vez creyó incompatible con cantar, hasta que Pedro Matas lo convención de lo contrario) pudieron con esa pasión íntima y llegó “Armonía Americana” para completarlo: “Fue una experiencia inolvidable, intensa y extensa que nunca fue profesional en el sentido económico pero sí lo fue siempre en el sentido artístico, creo que hicimos un gran trabajo para adentro sin pensar en el afuera, le dimos prioridad a la creación y a la elección de un repertorio pensando en expresar un mensaje, antes que en buscar mercados, nunca dimos ese salto”.
A pesar de lo cual tuvieron un gran reconocimiento. Entre el público de la ciudad pero también de colegas cuya calidad es difícil de empardar, y cuya sensibilidad es difícil de impactar: “en ese sentido, además de haber cantado con Opus Cuatro, Jairo, Baglietto, y otros varios, el gran recuerdo es la relación con Mercedes (N. de la R.: Mercedes, como todo el mundo sabe es Mercedes Sosa) a la que conocimos a través de Nora Dovis. La esperamos tras un espectáculo suyo en el Luna Park. Ella solía hacer un ágape para amigos después de esas grandes presentaciones y nosotros, cuando casi todos se habían ido, nos acercamos y le cantamos a capella ‘Honrar la vida’, y ella, después de tantos aplausos recibido, se emocionó tanto que nació un vínculo que un poco resume lo que sentimos haber conseguido con el grupo”.
“La vida sigue aquí”
“Dije que la música estuvo siempre conmigo y recuerdo ahora que cuando estudiaba en la Universidad vivíamos con mi familia en una casa en pleno centro, con un piso superior al que se ascendía por una escalera chiquita, y ese era un rincón que tenía una sonoridad muy especial, de modo que mis descansos de los libros consistían en sentarme en la escalera a cantar mientras imaginaba estar en un gran teatro con gente escuchándome. Y esa sensación también emergió en momentos muy malos de mi vida, por la pérdida de seres queridos. A tal punto que entre un diciembre a un abril del año siguiente, empecé a cantar cuando parecía que no tenía ánimo para nada. Por eso volver a la música es una necesidad”, dice Osvaldo para explicar por qué “La vida sigue aquí”, que así se titula el espectáculo que está preparando para presentar este sábado 22 en el Teatro Municipal: “Venía grabando algunas cosas en el estudio de Diego Martina, despuntaba el vicio, grababa algunas cosas y quedaban ahí hasta que un día, cerca de fin del año pasado, le comenté que tenía ganas de retomar eso de cantar frente al público y él adhirió enseguida”.
Así comenzó el camino de este espectáculo, que está acompañado por el registro de un disco en proceso de edición, y se fue delineando el programa que presentará en este retorno al escenario: “Con Armonía si bien alguna vez cantamos con algún acompañamiento musical, lo habitual era hacerlo con la formación más clásica del grupo vocal, de modo que ésta es una novedad ya que estoy preparando todo con excelentes músicos jóvenes como Franco Berrotarán (piano), Facundo Magrini (bajo), Claudio Barbero (batería) y Diego Martina (saxo y teclados), armando un repertorio que obviamente tiene características identitarias con lo que he cantado siempre pero se permite algunas novedades”.
Acaso para bucear en las razones de ese entusiasmo que tiene mucho de fiebre de juventud, un entusiasmo acaso inesperado en un hombre que ha desarrollado repetidamente tareas de gran responsabilidad en la función pública –de hecho sigue siendo titular de la delegación local de la Agencia Córdoba Cultura- haya que bucear en la historia personal que lo ha traído hasta este momento de felicidad que se yergue mirando hacia delante y por entre las tragedias y dolores que lo han acompañado por mucho tiempo.
“La música fue siempre en mi vida, en principio porque mi mamá fue profesora de piano y, aunque lamentablemente cuando empecé a tener una mayor comprensión de las cosas, ella ya había decidido cerrar ese capítulo de su vida, algo de sus genes musicales anda por mí. Ella daba clases en casa y tenía muchos de alumnos. Se ve que en algún momento se saturó, dejó de dar clases y a mí me costaba mucho lograr que se sentara al piano a tocar, para escucharla fuera de las clases, de modo que yo la asocio con esa música que enseñaba, y no con otras”, recuerda.
Y también que la historia de su padre ha de haber tenido que ver: “él era mecánico de profesión, le gustaba cantar y era bastante entonado pero su influencia, digamos, no vino por ahí. Ocurre que tuvo una empresa de ómnibus y transportó casi desde siempre al Delfino Quirici. A mi casa iba el propio Quirici, a quien yo casi no alcancé a conocer porque además de dirigir contrataba el transporte, tenía una relación muy cercana porque siempre la familia Simone transportó al Coro, especialmente en la etapa de Pedro Matas. Y yo viajaba muchas veces con ellos e incluso llegué a ser chofer en muchos viajes del elenco”.
Otro gran paso de acercamiento a la música fue que, por mandato familiar, la música tenía que ser para alguno de los hijos: “yo tengo una hermana Norma, a la que primero la empujaron hacia la música, le pusieron un maestro de guitarra y yo rondaba sus clases, más interesado que ella, a ella nunca le interesó como para ponerse a estudiar eso. Hasta que un día el maestro le dijo a mis padres que era a mí a quien tenían que mandar a estudiar música y entonces, además, cuando todavía no era adolescente me mandaron con un acordeón a piano entre las manos: de ahí las bases de la teoría y el solfeo que conocí siguiendo el método que se utilizaba en aquella época”.
La influencia Cánepa
A la vez que recuerda que aquel acordeón permaneció con él hasta hace poco, cuando decidió reemplazarlo por otro más grandes que toca de vez en cuando pero en la intimidad, enfatiza el tercer gran impulso para dejar penetrar definitivamente la música en su vida, la figura de Pablo Cánepa: “vivía a media cuadra de casa y esa vecindad le dio cercanía casi familiar, de modo tal que cuando lo conocí, yo tenía 17 o 18 años, él me invitó a tomar algunas clases de canto. Era un tipo muy tenaz, y además tenía el registro de tenor, como yo, y creo que, de algún modo me estoy arrogando algo que Pablo no podrá desmentir porque lamentablemente murió muy joven, había empezado a ver en mí alguien que se asemejaba a él ya que si físicamente éramos semejantes, él decía que teníamos ‘un alto parecido’, también se asemejaba al suyo mi registro de tenor que sin ser agudo, decía que permitía lucirnos en la interpretación”.
Aquellas consideraciones de un maestro como Cánepa, fueron decisivas: “yo ahora, reviviendo aquellas palabras, tomo en cuenta estas consideraciones de Pablo porque fue uno de los que primero me plantó la semilla acerca de que además de cantar con una cierta técnica, y obviamente de la afinación, era fundamental la interpretación, él decía uno no puede cantar sólo porque tenga linda voz o porque tenga un buen caudal, hay que interpretar. Y cuando aparece la instancia de ‘Armonía…’ eso se puso absolutamente en práctica porque grupos como ese se basan en la interpretación de obras creadas por otros frente y que en esa condición de nexo con el público además obliga a lograr un equilibrio entre la originalidad expresiva y el respeto por la obra”.
La figura inspiradora de Cánepa, que lo fue para muchos músicos de la ciudad en aquellos años, primero lo llevó al coro del Colegio Normal y a integrar grupos pequeños que cantaban en casamientos, en las iglesias. Fue en una de esas presentaciones que lo escuchó Jorge Lhez: “acaba de dejar ‘Armonía…” Daniel Fernández, (N. de la R: habla del famoso gordo Fernández, gran cantante que se hizo conocido en el ámbito nacional participando en el programa televisivo “La peluquería de Don Mateo”) y Jorge le dijo a Ángel Bildoza que había escuchado un tenor que le parecía que podía andar, y así fue que me invitaron a hacer una prueba y se construyó esa historia mía con el grupo”.
Recuerdos
Para ese entonces, Osvaldo ya era ingeniero “acaso por influencia del oficio de mi papa, aunque como tenía facilidad cierta para los estudios podría haber estudiado cualquier otra cosa”. Y aunque, “ya mientras estudiaba abracé con gusto y con ganas la ingeniería, la música seguí latiendo dentro, al compás del recuerdo de los discos de música italiana que se escuchaba en su casa: “no era una casa en la que se escuchara mucha música a excepción de la que tocaba mi mamá en sus clases, pero sí música popular italiana, recuerdo que comprábamos los discos que salían con las canciones del Festival de San Remo”.
Ni la ingeniería como fuente de aproximación profesional, ni el deporte que practicaba intensamente (y que alguna vez creyó incompatible con cantar, hasta que Pedro Matas lo convención de lo contrario) pudieron con esa pasión íntima y llegó “Armonía Americana” para completarlo: “Fue una experiencia inolvidable, intensa y extensa que nunca fue profesional en el sentido económico pero sí lo fue siempre en el sentido artístico, creo que hicimos un gran trabajo para adentro sin pensar en el afuera, le dimos prioridad a la creación y a la elección de un repertorio pensando en expresar un mensaje, antes que en buscar mercados, nunca dimos ese salto”.
A pesar de lo cual tuvieron un gran reconocimiento. Entre el público de la ciudad pero también de colegas cuya calidad es difícil de empardar, y cuya sensibilidad es difícil de impactar: “en ese sentido, además de haber cantado con Opus Cuatro, Jairo, Baglietto, y otros varios, el gran recuerdo es la relación con Mercedes (N. de la R.: Mercedes, como todo el mundo sabe es Mercedes Sosa) a la que conocimos a través de Nora Dovis. La esperamos tras un espectáculo suyo en el Luna Park. Ella solía hacer un ágape para amigos después de esas grandes presentaciones y nosotros, cuando casi todos se habían ido, nos acercamos y le cantamos a capella ‘Honrar la vida’, y ella, después de tantos aplausos recibido, se emocionó tanto que nació un vínculo que un poco resume lo que sentimos haber conseguido con el grupo”.
“La vida sigue aquí”
“Dije que la música estuvo siempre conmigo y recuerdo ahora que cuando estudiaba en la Universidad vivíamos con mi familia en una casa en pleno centro, con un piso superior al que se ascendía por una escalera chiquita, y ese era un rincón que tenía una sonoridad muy especial, de modo que mis descansos de los libros consistían en sentarme en la escalera a cantar mientras imaginaba estar en un gran teatro con gente escuchándome. Y esa sensación también emergió en momentos muy malos de mi vida, por la pérdida de seres queridos. A tal punto que entre un diciembre a un abril del año siguiente, empecé a cantar cuando parecía que no tenía ánimo para nada. Por eso volver a la música es una necesidad”, dice Osvaldo para explicar por qué “La vida sigue aquí”, que así se titula el espectáculo que está preparando para presentar este sábado 22 en el Teatro Municipal: “Venía grabando algunas cosas en el estudio de Diego Martina, despuntaba el vicio, grababa algunas cosas y quedaban ahí hasta que un día, cerca de fin del año pasado, le comenté que tenía ganas de retomar eso de cantar frente al público y él adhirió enseguida”.
Así comenzó el camino de este espectáculo, que está acompañado por el registro de un disco en proceso de edición, y se fue delineando el programa que presentará en este retorno al escenario: “Con Armonía si bien alguna vez cantamos con algún acompañamiento musical, lo habitual era hacerlo con la formación más clásica del grupo vocal, de modo que ésta es una novedad ya que estoy preparando todo con excelentes músicos jóvenes como Franco Berrotarán (piano), Facundo Magrini (bajo), Claudio Barbero (batería) y Diego Martina (saxo y teclados), armando un repertorio que obviamente tiene características identitarias con lo que he cantado siempre pero se permite algunas novedades”.

