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Concierto para una sola voz

La Comedia Cordobesa reescribe magistralmente a Filloy, sin traicionar sus palabras. Y descubre el aliento trágico y universal de una obra que sigue creciendo.

Si se ha sido lector de Filloy y se asiste a ver el “Trílogo” que sobre algunas de sus obras presenta la Comedia Cordobesa por estos días, conviene despejarse de los reflujos de aquella experiencia.

Y no precisamente porque el texto simbiótico creado por Ariél Dávila y los riocuartenses Marcelo Fagiano y Diego Formía, y la resolución escénica imaginada por Sergio Osses, se aparten de la escritura original. Sino porque adquieren una resonancia nueva, impactante de otros sentidos.  

Eso no significa que la virginidad lectora suponga algún beneficio: una de las virtudes, de las varias  del “Trílogo Filloy” es, precisamente, que no establece diferencias, sino que abraza las diversas experiencias del vasto público y las mete en un turbillón energético profundo y movilizador.

En medio de esa ebullición de imágenes e ideas que se desarrolla en escena, la voz del gran escritor se hace una, aunque las características de las obras que se subsumen en la pieza, sea de registro y perfil narrativo bien diferentes.

La estructura dramática ha elegido interlinear por fragmentos textos de tres obras tan dispares como “Caterva”, “Ignitus” y “L’ambigú”.  Y lo que parecía destinado a terminar como un batiburrillo, se despeja de la confusión con una potencia por momentos sobrecogedora. Veamos.

Tres en uno

“Caterva” relata, con estilo narrativo más o menos clásico, un peregrinar de siete vagabundos, ateos y anarquistas, yendo desde Río Cuarto, el nombre de nuestra ciudad suena reiteradamente como una afirmación de pertenencia, hasta Córdoba, a razón de varias paradas intermedias sucesivas y de varios conflictos con la autoridad contra la que se rebelan.

“Ignitus”  se despega de ese clasicismo narrativo para plantear un deslizamiento coral, que remite  expresamente a la tragedia griega, y relata la experiencia delicuescente de un inmigrante italiano, heladero exitoso para más datos, que va perdiendo lo ganado con su trabajo y decide una extraña forma de exorcizar por el fuego su descenso económico.

“L’ambigú”, es puro diálogo, en ese sentido tiene un perfil más teatral, que se plantea entre dos personajes, los rutilantes Elvira y Elvirus, críticos literarios ambos, a los que la constancia corporal de sus amores conduce a una especie de conflicto intelectual que va más allá de sus puntos de vista sobre las creaciones artísticas.

La refracción que aparece evidente, y expresa la distancia formal entre cada una de esas obras, se quiebra en “Trílogo...”. Y lo que emerge es una integración, que también es interrelación,  desarrollada con una potencia impactante gracias a la imaginería de la puesta en escena y a la decisión de entrelazar elementos genéricos.

Esa fusión va desde lo musical (entre el aire de milonga que abre y cierra la pieza hasta el acento rockero y las referencias a la comedia musical y la ópera rock que circula a lo largo de la pieza), hasta lo visual (los elementos tradicionales de la iluminación se perforan con la utilización de la tecnología para las proyecciones de fondo que aluden a los segmentos integrados en la dramaturgia).

Y se sintetiza en las actuaciones, con los intérpretes sosteniendo las diferencias de cada segmento, las diferencias esenciales de cada obra original, pero logrando apretarse en la acentuación de un profundo y bullicioso acento trágico, que parece ser el punto de unión que dramaturgos y director eligieron como elemento que circula constante, más o menos evidente, en la diversa obra de Filloy.

Ya sea que sus roles se perfilen con mayor o menor individualidad (en “Ignitus”, de hecho, el grupo se subsume en el desarrollo coral), todos ellos, actrices y actores, logran una impactante argamasa expresiva, que resulta esencial para la decisión tomada para asentar el desarrollo dramático de la obra.

Acertada opción

Ese desarrollo,  optó claramente por un acento ‘concertante’, entendiendo la idea de concierto como una combinación de elementos diversos para dar como resultado un sonido (que lo sonoro tiene mucha importancia en la puesta en escena) que logre unidad en lo diverso.

Así, como si fuese una pieza musical, melodía, armonía y ritmo se entrelazan hasta elevar un significante en el que muchas voces, las de las obras originales de las que se abreve y las de los actores que las encarnan, se ponen al servicio de hacer sonar una sola voz: la de ese gran escritor que ha abonado con sus palabras, no sólo el pequeño orgullo pueblerino de que se hayan imaginado entre nosotros, sino la grandeza de una obra que todavía sigue escribiendo su hondura.

Con esta magnífica resolución de un asunto nada sencillo, la Comedia Cordobesa ha escrito una página magistral de su historia, despejando el recuerdo del exceso de cordobesismo que había mostrado en su anterior visita a la ciudad, con “Eran cinco hermanos y ella no era muy santa” virada al cuartetazo pero sin meterse en el corazón del fenómeno musical más autóctono.

Aquí la opción dramática y su resolución escénica son brillantes, y el resultado es una obra que envuelve al espectador que, a la vez que descubre la hondura de lo escrito por Filloy, se ve inmerso en un enjambre de sensaciones que proviniendo de la literatura de alto grado del autor, se sintetiza y se expande gracias a la potencia del hecho teatral.  

Por eso, “Trílogo Filloy” logra el prodigio de acentuar las resonancias de lo escrito por el vecino ilustre de esta ciudad que él pulió y que todavía habitamos: y a la vez que renueva la potencia de una voz profunda, ya pasada la representación teatral, tienta a leerlo (o a releerlo), que no es poca cosa. 

Ricardo Sánchez