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Perdió el embarazo por la golpiza de su expareja: "Se tendría que pudrir"

Su exnovio acaba de ser condenado a 3 años de prisión en suspenso por el brutal ataque que a ella le provocó un aborto en 2009. "A la vida de mi hija nada me la va a devolver pero él tendría que ir a la cárcel", se lamentó

“Se tendría que pudrir”. Lo dice así, sin concluir la frase y sin mencionar a su expareja por el nombre. No hace falta mucho más para entender hacia dónde se orientan la angustia y la desazón de Mariela, por estas horas.

El viernes, la Justicia de Río Cuarto condenó a tres años de prisión en suspenso a M.A.Z., el hombre que once años atrás -en septiembre de 2009- golpeó a Mariela (aquí usaremos un nombre de fantasía para preservar su identidad), y una vez en el suelo la pateó con una bota de yeso en el abdomen.

El episodio sucedió en General Cabrera, en la casa donde todavía hoy vive Mariela. Entonces, ella cursaba el sexto mes de embarazo. A esa altura, ya sabía que esperaba una nena y, con sus ahorros, le había comprado varias mudas de ropa en una feria americana que se montaba cerca de su casa.

Sin embargo, la violencia que periódicamente ejercía su expareja, en esa oportunidad, dejaría una huella indeleble: a raíz de los puntapiés, Mariela sufrió un aborto. El feto tenía signos de derrame cerebral, le confirmaría la médica forense.

“A causa de esto yo quise quitarme la vida un montón de veces. Me costó mucho salir”, le confió a Puntal la mujer de 39 años.

Fue tanto el tiempo que transcurrió desde aquella noche inefable, que Mariela daba por descontado que la causa judicial contra M.A.Z. había quedado archivada. Por eso la tomó por sorpresa la citación para presentarse como testigo en los tribunales de Río Cuarto.

“Cuando fui a tribunales, subo al segundo piso y me lo encuentro a él. Ahí se me vino otra vez a la mente todo: las patadas que me dio, los golpes que me había dado en el suelo...que él por esos días tenía un yeso en el pie y usaba una muleta...ya me había olvidado de eso y cuando lo ví ahí...”.

Para evitar la proximidad con el acusado, Mariela se refugió en uno de los baños de tribunales. Recién cuando vio que cerca de la sala de audiencia se había apostado un policía, volvió a aproximarse a la sala de juzgamiento de la Cámara Primera del Crimen.

“Estaba muy nerviosa, sentía que me desmayaba. Yo al tipo ese le tengo terror, como le dije después al hombre que me tomó declaración”, comentó ella refiriéndose al fiscal de Cámara que le formuló algunas de las preguntas.

Frente a ella estaba la jueza Natacha García y sabía que detrás estaba el acusado. A toda esa tensión se sobrepuso para evocar lo que padeció once años atrás.

“Nos peleábamos y volvíamos, una y otra vez porque él era muy celoso. Siempre me decía que yo iba a ser para él, y que con mi hija íbamos a estar con él por las buenas o por las malas, y yo volvía”.

Contó sin tapujos que la violencia ya se había enquistado en la relación. “Él me cagaba a palos, había trompadas, yo por ahí también me defendía. Nos peleábamos, él venía me amenazaba y yo volvía con él. Cuando me atreví a hablar con la asistente social y con la doctora, ya fue tarde: él me había dado una paliza y la bebé murió por las patadas que me había dado en la panza. La doctora forense me dijo que la beba había sufrido un derrame cerebral”, confió.

Después de una década sin novedades, el tiempo pareció condensarse en una semana: El martes 16 de junio declaró Mariela en el juicio penal y tres días después a M.A.Z. lo estaban condenando por el delito de aborto no consentido.

Pero el desenlace no fue el que ella esperaba. Al acusado le dieron el mínimo de la pena y zafó de ir a la cárcel. Tres años de prisión en suspenso fue la condena.

“El se tendría que pudrir en la cárcel porque mató a mi beba, mató a un ser humano. A la vida de mi hija no me la va a devolver nunca más. Él se tendría que pudrir ahí, pero bueno, la Justicia sabrá lo que le corresponde. Yo no soy nadie para juzgar ni nada. El que está arriba se va a encargar”, dijo sin levantar siquiera el tono de voz.

Sólo de tanto en tanto, ella parece alejarse del celular unos segundos para serenar al niño de cuatro años que, a los gritos, reclama la atención de su madre. “¡Estoy conversando, hijo”.

Agregó que la llegada de ese niño le cambió la vida. “Gracias a Dios vivo para él”. Hoy lo cría en soledad. Mariela es madre soltera.

“Como a los cinco o seis años de todo esto me puse de novia con un chico de Río Tercero, vivíamos en el campo y quedé embarazada de mi hijo. Ahora, estoy separada del papá del nene y me las arreglo sola con él”, agregó.

Como si necesitara desahogarse, o acaso exorcizar esa cicatriz en su biografía, el relato de Mariela volvió a apelar al flashback.

“A él lo volví a ver a los cuatro meses de que muriera mi beba. Una amiga me llevó a Roca Mora, un boliche, y estaba ahí. Apenas lo vi empecé a sentirme mal, incómoda, nerviosa, y le dije a mi vecina que nos fuéramos y él nos siguió por la ciclovía”.

Dijo que alcanzó a pedirle perdón por lo que le había provocado y la siguió hasta su casa. “Quería entrar, que conversáramos. Le dije que no, y él insistía hasta que le dije que iba a llamar a la policía, que iba a gritar y se fue”.

Desde entonces, no volvió a cambiar palabras con él. El martes de la semana pasada, cuando un tribunal volvió a ponerlos cara a cara, él acusado podría haber expresado su arrepentimiento pero no lo hizo, y ella tampoco lo esperaba.

“Mire, yo escucho el nombre de él y es como que me echan un balde de agua fría. Si le dieron esa condena, Dios sabrá. No quiero que la familia de él venga a hacerme lío, como ya lo hizo en el pasado”.

Una y otra vez apela a su creencia religiosa: “Dios me dio la gran bendición de finalmente haber podido ser madre. Mi hijo me cambió la vida, yo superé todos mis traumas cuando lo tuve a él”, repitió.

Con la sensación de haber conjurado los peores demonios, Mariela se refirió sobre el final de su testimonio a las otras mujeres que sufren violencia de género.

“A las mujeres que hoy pasan por lo que pasé yo sólo puedo decirles que cuando te pegan una vez, te van a pegar siempre. Te amenazan, te piden perdón y volvés, pero cuando querés darte cuenta terminan en cosas como esta que pasé yo. No quisiera que otras pasen por lo mismo”, recalcó.

De la sentencia que recibió M.A.Z. se enteró por las noticias. Después de que Puntal develara el resultado del juicio, la cronista de una radio de su localidad la contactó y le contó cómo terminó el largo peregrinar por la Justicia.

“Cuando me enteré lo que le dieron no dormí en toda la noche. Otra vez se me vinieron un montón de imágenes. Me acordé que el 2 de octubre de 2009 sepulté a mi beba. Una semana estuve yendo a tribunales para que me entregaran el cuerpo, hasta que me lo dieron”.

La larga charla con Mariela llegó a su fin cuando su hijo empezó a solicitarla con más insistencia.

Entonces, el tono de Mariela se suavizó y volvió al rol que más le gusta desempeñar, el que la salvó del abismo. “Gracias por llamar, tengo que cortar. Mi hijo está con hambre”, finalizó.

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