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Volvió Walter Carranza, "el primer trabajador..."

El general estaría orgulloso de él. Parafraseando la marcha peronista, Walter Carranza, el exhombre fuerte del Sindicato de Trabajadores Municipales, es el “primer trabajador”, como dice la letra del himno justicialista, cantado por la inconfundible voz de Hugo del Carril.

El “Gordo”, como lo apodan popularmente, regresó al llano tras haber perdido las elecciones del gremio municipal a manos de la también peronista Jorgelina Fernández, quien le asestó un duro revés comicial, cuando muchos creían que él iba a continuar liderando las huestes del sindicato de calle Bolívar.

Luego de su paso “triunfal” por el STM, ahora transformado en el Suoem Río Cuarto, por orden de la nueva “jefa” sindical, Carranza, acusado por sus más acérrimos enemigos de no cumplir labores como empleado municipal, echó por tierra esas acusaciones y demostró que, como buen soldado de Juan Perón, sigue siendo un trabajador aplicado.

A punto de jubilarse, la inquieta cámara del Chasqui sorprendió a Carranza haciendo tareas de hermoseamiento de lo que será a futuro la nueva cuadra del Centro Comercial a Cielo Abierto, tal como se hizo en la calle Sobremonte, entre Alsina y Bolívar.

Durante su paso como dirigente de peso en el ámbito gremial, Carranza se jactó de codearse con el poder local, sea cual fuere el intendente de turno.

Así, coqueteó tanto con el radical Juan Jure como con el peronista Juan Manuel Llamosas, negociando con ellos los aumentos de los salarios municipales, aunque a veces no satisfacían del todo a la tropa municipal.

En esos avatares de años atrás, el exdirigente sindical le paró la Municipalidad al “Turco” Jure, con maquinarias del Corralón al frente del histórico Palacio de Mójica, y le metió la misma presión a Llamosas cuando hubo que negociar con él, aunque se tratara de un intendente del mismo palo.

Y, en vísperas de las elecciones que serían para él el principio del fin, y creyendo que todavía contaba con hilo en el carretel, recibió un duro cross a la mandíbula, al estilo de las mejores noches de boxeo, organizadas por Tito Lectoure en el emblemático Luna Park, por parte de los afiliados que, esa vez, y a diferencia de sus años de gloria, le dieron la espalda.

A partir de ese día pareció que el mundo se tragó a Carranza. No se lo vio más por ningún lado y hasta surgió la firme sospecha de que tampoco estaba laburando.

Pero, siguiendo con el sagrado decálogo justicialista, que reza “la única verdad es la realidad”, el “Gordo” reapareció en público, manos a la obra, replicando a sus detractores, ya no con esos discursos con los que solía cautivar a las masas, sino con hechos concretos.

Con el overol de laburo, el otrora poderoso sindicalista volvió a aparecer, manso y tranquilo, y trabajando como cualquier hijo de vecino, muy lejos, esta vez, de las mieles del poder.

Quizás esté preparando su esperado regreso desde la resistencia justicialista, sobre todo en estos tiempos libertarios, emulando a su líder máximo que, después de bajar al llano, volvió triunfante al país de sus amores, porque, tal como él mismo lo dijo en alguna oportunidad, “las revoluciones se hacen con tiempo”.