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Tuberculosis: una enfermedad milenaria que persiste y exige respuestas integrales

En el marco del Día Mundial de la Tuberculosis, la subdirectora del Hospital San Antonio de Padua, Valeria Alaniz, explica por qué se advierte un crecimiento de casos tras la pandemia, detalla cómo se transmite la enfermedad y destaca la importancia de la detección oportuna y el trabajo comunitario para lograr su curación

Cada 24 de marzo se conmemora el Día Mundial de la Tuberculosis, una fecha que pone en agenda una enfermedad tan antigua como vigente. Es que a pesar de los avances médicos y científicos, la tuberculosis continúa siendo un problema de salud pública en todo el mundo.

En Río Cuarto, la subdirectora del Hospital San Antonio de Padua, la infectóloga Valeria Alaniz (M.P. 27809/8), advierte sobre la necesidad de sostener la vigilancia, reforzar el diagnóstico temprano y comprender el fuerte componente social que atraviesa esta patología.

“La tuberculosis es una enfermedad infecciosa causada por una bacteria que se transmite por el aire”, sostiene Alaniz. El agente responsable —conocido como bacilo de la tuberculosis— se disemina en partículas microscópicas que pueden permanecer en suspensión durante largos períodos, facilitando el contagio en ambientes cerrados o poco ventilados.

Embed - Dra. Valeria Alaniz (M.P. 27809/8)

La vía de ingreso es respiratoria y el pulmón suele ser el primer órgano afectado. No obstante, uno de los aspectos más complejos de esta enfermedad es su evolución.

“No siempre el contagio deriva inmediatamente en enfermedad. El organismo puede eliminar la bacteria, mantenerla en estado latente o desarrollar síntomas con el paso del tiempo, incluso años después”, detalla la especialista.

Esta latencia hace que muchas personas no sepan que estuvieron en contacto con el bacilo hasta que la enfermedad se manifiesta.

Síntomas

En relación a los síntomas, Alaniz señala que los más frecuentes están vinculados al sistema respiratorio. La tos persistente y la expectoración son los principales signos de alerta, especialmente cuando se extienden por más de dos semanas.

“A eso puede sumarse fiebre, pérdida de peso, sudoración nocturna intensa y un deterioro general del estado de salud. Son síntomas que muchas veces se naturalizan o se confunden con otras afecciones, y ahí está el riesgo”, advierte la subdirectora del Hospital.

La médica insiste en que no se debe subestimar la duración de los síntomas. “No estamos hablando de una tos ocasional, sino de una tos que supera los 15 días. Ese es el punto en el que hay que consultar sí o sí”, remarca.

Aumento de casos

La consulta oportuna permite iniciar estudios simples y accesibles que pueden confirmar o descartar la enfermedad.

En términos epidemiológicos, el escenario actual muestra un incremento sostenido de casos. Según Alaniz, este aumento comenzó a evidenciarse tras la pandemia de COVID-19. “Durante esos años hubo una disminución en la notificación y en la búsqueda activa de tuberculosis. El sistema estaba enfocado en COVID y muchas patologías respiratorias quedaron en segundo plano”, explica.

Este fenómeno, lejos de implicar una reducción real de casos, generó un subregistro que hoy se está revirtiendo. “Lo que vemos ahora es una recuperación en la detección y en la notificación, lo que permite dimensionar mejor la situación. Pero también implica que hay más casos identificados”, agrega.

El comportamiento de la enfermedad en Argentina y en la provincia de Córdoba sigue esta misma tendencia, en línea con lo observado a nivel global. En este sentido, la especialista subraya la importancia de contar con datos precisos para definir estrategias sanitarias eficaces. “Buscar, detectar y notificar son tres acciones fundamentales para saber dónde estamos parados y cómo intervenir”, afirma.

Grupos de riesgo

Si bien la tuberculosis puede afectar a cualquier persona, existen grupos con mayor vulnerabilidad. Entre ellos se encuentran pacientes con enfermedades crónicas, personas inmunosuprimidas, pacientes oncológicos, personas con VIH en estadios avanzados, diabéticos, personas con consumo problemático de alcohol o drogas y aquellas en contextos de encierro. “Son situaciones que predisponen al desarrollo de la enfermedad, pero eso no significa que el resto de la población esté exenta”, aclara.

Para Alaniz, uno de los principales desafíos es comprender que la tuberculosis no es solo una enfermedad biológica, sino también social. “Tiene un fuerte componente vinculado a las condiciones de vida, al acceso a la salud, a la información y al acompañamiento. Por eso su abordaje requiere una mirada integral”, sostiene.

El tratamiento, si bien es efectivo, es prolongado y exige constancia. Esto implica no solo el compromiso del paciente, sino también el acompañamiento del entorno familiar y del sistema de salud. “Es un trabajo en equipo. Intervienen médicos clínicos, infectólogos, neumonólogos, equipos de epidemiología y también la comunidad. Si uno de esos eslabones falla, puede haber retrocesos”, advierte.

En este entramado, el rol de la epidemiología es clave. Cuando se detecta un caso, se inicia un seguimiento de los contactos estrechos, quienes también deben ser evaluados y controlados durante un período prolongado. “Muchos de los convivientes de una persona con tuberculosis ya han estado expuestos al momento del diagnóstico. Por eso es fundamental rastrear y monitorear esos contactos”, explica.

Prevención

El diagnóstico temprano aparece, entonces, como una de las herramientas más eficaces para frenar la propagación. “Si logramos detectar a tiempo, podemos cortar la cadena de transmisión”, resume Alaniz.

Los estudios necesarios son accesibles: una radiografía de tórax, evaluación clínica y análisis de muestras de expectoración permiten avanzar rápidamente en la confirmación del diagnóstico.

Además, la especialista destaca el rol del primer nivel de atención. “No hace falta acudir directamente a un hospital de alta complejidad. Un dispensario o centro de salud puede iniciar el estudio, tomar muestras y derivarlas. Eso facilita mucho el acceso”, señala.

En materia de prevención, la vacuna BCG sigue siendo una herramienta fundamental. Si bien no evita el contagio, protege contra las formas más graves de la enfermedad, especialmente en la infancia. “La vacuna no cura, pero previene complicaciones severas como la tuberculosis diseminada o la meningitis tuberculosa”, explica.

A esto se suman otras medidas de cuidado: fomentar la consulta médica ante síntomas persistentes, acompañar a quienes presentan cuadros respiratorios prolongados y mantener una actitud activa frente a posibles contactos previos con la enfermedad. “Es importante también tener en cuenta la historia personal. Haber estado en contacto con alguien con tuberculosis, incluso años atrás, puede ser un dato relevante”, indica.

Finalmente, Alaniz insiste en un mensaje central: la tuberculosis se cura. Pero para lograrlo, es necesario sostener el tratamiento completo y fortalecer el compromiso colectivo. “Es una enfermedad que requiere tiempo, esfuerzo y articulación entre muchos factores. Pero con diagnóstico oportuno y tratamiento adecuado, el resultado es favorable”, concluye.