Dado el peso específico del país donde se desarrollan, las elecciones presidenciales norteamericanas son seguramente las que se siguen con mayor atención fuera de su escenario específico, por un mundo consciente de que sus resultados tendrán una influencia que se extenderá mucho más allá de sus fronteras formales. Aunque esta particularidad no es desde luego nueva, está claro que se ve intensificada frente a un acto como el de hoy, en el cual las diferencias entre los dos desenlaces posibles son potencialmente casi tan marcadas como las existentes entre las personalidades de quienes las encarnan.
Como se ha observado insistentemente a lo largo de los últimos meses, si en los Estados Unidos cada sufragio emitido contara exactamente igual, la elección estaría definida, pues la ventaja que el exvicepresidente Joe Biden lleva sobre el actual mandatario Donald Trump parece estar a salvo de cualquier cambio de último momento. Sin embargo, el sistema indirecto que ha sobrevivido con pocos cambios a lo largo de casi dos siglos y medio lleva a que con sólo imponerse en un puñado de estados clave, así sea por un margen mínimo, el candidato menos votado pueda quedarse con la mayoría en el Colegio Electoral: la propia presidencia de Trump es producto de esta anomalía, como lo había sido la de George W. Bush iniciada dos décadas atrás.
Aun considerando esta situación, Biden mantiene el favoritismo, que, sin embargo, se ve limitado por la experiencia de 2016, que en conjunto con el resultado del referéndum para definir la salida del Reino Unido de la Unión Europea cargó de un profundo descrédito el trabajo de los encuestadores. El fenómeno del voto oculto no admitido abiertamente por las personas que lo emiten, por razones de diversa índole, plantea un desafío extendido en muchas geografías y habrá que ver si su adecuada ponderación permite la reivindicación de quienes tan mal parados quedaron hace cuatro años.
El fenómeno Trump, responsable de ese traspié, continúa por lo pronto siendo más o menos el mismo. No hay dualidad entre el candidato que pretendía llegar al poder -o el que hoy procura conservarlo- y el presidente que lo ejerce. Sus modos groseros y chabacanos hasta sobrepasar el límite del ridículo, su ignorancia disimulada con soberbia y prepotencia, la impunidad verbal con que propaga cualquier falsedad, inclusive aquella fácilmente demostrable, no permiten confusión alguna en cuanto al tipo de liderazgo que representa, degradante para la actividad política y para el sistema democrático, lesivo para su país y para el mundo. Y, sin embargo, exitoso, como otros de su estilo, más allá de su posicionamiento a la derecha o a la izquierda del espectro y del reconocimiento de que en un Estado con instituciones sólidas la capacidad de daño de un bufón autoritario siempre es menor.
Ese carácter tóxico se expresa hoy, incluso, a través de la amenaza de no reconocer los resultados del recuento de votos, con el argumento de un fantasmal fraude del que viene hablando durante meses. Más allá de lo inverosímil de una denuncia de ese tipo por parte de quien precisamente hoy ostenta el poder, no ha dejado de generar especulaciones sobre la crisis que podría desatar una eventual resistencia a dejar el poder, algo que resultaría impensado en alguien que no hubiera demostrado ya, como él, tener muchos problemas para aceptar cualquier tipo de límite. En cualquier caso, la posibilidad de que la incertidumbre se extienda por días no se presenta como demasiado alentadora ni para los Estados Unidos ni para el mundo.

