En esta “Misa murguera” que celebra “Falta y Resto”, los dioses de las distintas religiones que se enumeran en la Presentación, desestimadas pero sin desprecio, son desplazados del núcleo de las respectivas invocaciones y ceden su lugar a Momo, un hijo de la noche, “la personificación del sarcasmo, las burlas y la agudeza irónica”.
“Bajá, hermano, dale”, le piden los murguistas, esos raros promesantes carnavaleros, rogando por una especie de encarnación que su naturaleza hace imposible. Pero el pedido no sólo no es escuchado sino que, “para más inri”, dicho en castizo coloquial ya que la murga uruguaya tiene a sus espaldas a las “chirigotas” de Cadiz, la que se manifiesta es… una mujer.
Oseasé, que mientras los ritos se desplazan, y se adelgazan hasta desaparecer a medida que se suceden los cuplés y los popurrís que estructuran la ceremonia pagana, y humana, los machos son corridos del centro de la escena y, “mutatis mutandis”, la que se entroniza es La Murga misma, ELLA, con “a” final, Juana.
El sentido de la liturgia se requiebra así, aunque sin perder ese ánimo celebratorio que invoca a salvarle la vida a la Vida, a explorar las sensaciones palpitantes, a empujar sin miedo el carro de los festejos porque el retruécano al inevitable destino consiste en vivir poniendo el cuerpo, y quien más que la mujer si de eso se trata.
Esa inversión, que funge del lado de lo políticamente correcto (corren tiempos de mujeres empoderadas, esa palabra entronizada por el lugar común) le da un giro impactante al tópico; y logra ir más allá de las apariencias y de las acusaciones acerca de una “conversión estratégica”: en esta misa de “La Falta…” hay una liturgia nueva, con perfume de mujer, que emociona y penetra hasta los huesos con su aire discordante, con la rebeldía original de la murga.
Para conseguirlo, no se trata sólo de enumerar crudamente a mujeres asesinadas por femicidas (esa forma última del horror que no puede menos que erizar la piel, y la vergüenza, y la indignación) sino de encontrar una acento, una voz que avance al primer plano, aunque a veces los cuplés y los popurrís hablen de impresentables políticos propios y de oprobiosos dirigentes ajenos, de este lado del charco.
Quien quiere oir...
Esa voz no son sólo las voces dejan oir Carolina Favier, Martína Cal, Camila Sosa, Jhoanna Duarte, María José Hernández y Papina de Palma, sino que tiene un registro múltiple e innumerable: si la “Misa murguera” consigue sus mejores momentos (ese salpicón dedicado al machismo, el cuplé de “El ateo” y el festejo tradicionalmente melancólico de la Retirada, que tiene un tramo dedicado a Daniel Viglietti), el mejor de todos, por su fuerza de símbolo es la “llegada” de Juana, que huele a futuro.
Burlando la idea de que “la murga es cosa de hombres…con alguna chiquilina”, Juana se ríe desde el juego de palabras otorgándole sentido desde su voz, de mujer, a esta confrontación que hace “La Falta…” volviendo la vista atrás, desde la comodidad de las fórmulas repetidas hacia la rebeldía del origen: “yo soy la reina del bul(l)in(g) y me rio del poder, lo hice por más de un siglo lo puedo volver a hacer”.
Con un diseño que transita sobre el borde de los límites del género murguero, irrumpiendo en la comodidad hija de la popularización del género más allá del “paisito”, esta misa arrabalera se condensa en Juana y en su voz reviviendo el espíritu de la murga que nunca de calla, que cala cuando incomoda, que desnaturaliza los discursos sociales y da un paso adelante para reclamar por una de las tantas justicias que nos faltan.
“Carnavalescamente”, la “Misa murguera”, juega con los estereotipos y reivindica a ese Momo que propone el placer para explorar la vida: porque aunque al final, cuando la murga baja, se mezcla con la gente y parece que nunca va a dejar de cantar, pero deja, quede ese regusto de tristeza sobrenadante e indefinida. Ante la evidencia de que inevitablemente todo termina, mientras tanto, conviene festejar, y que todos participemos del festejo. Eso dice “La Falta…, y quiero.
Ricardo Sánchez
Oseasé, que mientras los ritos se desplazan, y se adelgazan hasta desaparecer a medida que se suceden los cuplés y los popurrís que estructuran la ceremonia pagana, y humana, los machos son corridos del centro de la escena y, “mutatis mutandis”, la que se entroniza es La Murga misma, ELLA, con “a” final, Juana.
El sentido de la liturgia se requiebra así, aunque sin perder ese ánimo celebratorio que invoca a salvarle la vida a la Vida, a explorar las sensaciones palpitantes, a empujar sin miedo el carro de los festejos porque el retruécano al inevitable destino consiste en vivir poniendo el cuerpo, y quien más que la mujer si de eso se trata.
Esa inversión, que funge del lado de lo políticamente correcto (corren tiempos de mujeres empoderadas, esa palabra entronizada por el lugar común) le da un giro impactante al tópico; y logra ir más allá de las apariencias y de las acusaciones acerca de una “conversión estratégica”: en esta misa de “La Falta…” hay una liturgia nueva, con perfume de mujer, que emociona y penetra hasta los huesos con su aire discordante, con la rebeldía original de la murga.
Para conseguirlo, no se trata sólo de enumerar crudamente a mujeres asesinadas por femicidas (esa forma última del horror que no puede menos que erizar la piel, y la vergüenza, y la indignación) sino de encontrar una acento, una voz que avance al primer plano, aunque a veces los cuplés y los popurrís hablen de impresentables políticos propios y de oprobiosos dirigentes ajenos, de este lado del charco.
Quien quiere oir...
Esa voz no son sólo las voces dejan oir Carolina Favier, Martína Cal, Camila Sosa, Jhoanna Duarte, María José Hernández y Papina de Palma, sino que tiene un registro múltiple e innumerable: si la “Misa murguera” consigue sus mejores momentos (ese salpicón dedicado al machismo, el cuplé de “El ateo” y el festejo tradicionalmente melancólico de la Retirada, que tiene un tramo dedicado a Daniel Viglietti), el mejor de todos, por su fuerza de símbolo es la “llegada” de Juana, que huele a futuro.
Burlando la idea de que “la murga es cosa de hombres…con alguna chiquilina”, Juana se ríe desde el juego de palabras otorgándole sentido desde su voz, de mujer, a esta confrontación que hace “La Falta…” volviendo la vista atrás, desde la comodidad de las fórmulas repetidas hacia la rebeldía del origen: “yo soy la reina del bul(l)in(g) y me rio del poder, lo hice por más de un siglo lo puedo volver a hacer”.
“Carnavalescamente”, la “Misa murguera”, juega con los estereotipos y reivindica a ese Momo que propone el placer para explorar la vida: porque aunque al final, cuando la murga baja, se mezcla con la gente y parece que nunca va a dejar de cantar, pero deja, quede ese regusto de tristeza sobrenadante e indefinida. Ante la evidencia de que inevitablemente todo termina, mientras tanto, conviene festejar, y que todos participemos del festejo. Eso dice “La Falta…, y quiero.
Ricardo Sánchez

