¿Qué hubiera pasado si el fiscal Javier Di Santo hubiese respetado, como en el resto de las causas en las que intervino antes y después del crimen de Nora Dalmasso, el trabajo de los profesionales de Río Cuarto? ¿Qué hubiera ocurrido si, en vez de dejarse llevar por los chismes y las pistas falsas del vocero de Macarrón, hubiese agotado las hipótesis surgidas del análisis de la escena del crimen y el trabajo de los forenses locales? ¿Qué hubiera pasado si el Ministerio Público Fiscal de la Provincia no le hubiese anexado dos fiscales para investigar un homicidio? ¿Qué hubiera pasado si el jefe de la Departamental, Sergio Comugnaro, se hubiese quedado en su territorio a investigar el crimen? Posiblemente el caso se hubiese resuelto en semanas. O no. No lo sabremos jamás, porque es un hecho contrafáctico. Pero a medida que avanza el juicio oral y (no tan) público contra Marcelo Macarrón se evidencia que la injerencia de Córdoba en la causa no contribuyó en nada a su esclarecimiento, sino todo lo contrario. Para decirlo en criollo, cada intervención de los cordobeses en Río Cuarto lo único que hizo fue “embarrar la cancha”.

Al bioquímico Daniel Zabala le dijeron de todo en estos años. Y él, con la misma dignidad que sus colegas forenses Martín Subirachs, Guillermo Mazuchelli y Virginia Ferreyra, se mantuvo en sus trece: en el cuerpo de la víctima había semen, dijo y dice. Mucho semen. Tanto que en los tres lugares donde recogió las muestras –vulva, vagina y ano de la víctima- el resultado del análisis dio positivo. A diferencia de lo sucedido el martes con Subirachs, ayer Marcelo Brito embistió por enésima vez contra Zabala. Despectivo, soberbio, irritante, pretendió hacerlo quedar como ignorante citando autores y evocando protocolos de las Naciones Unidas. El propio presidente del tribunal, Daniel Vaudagna, tuvo que advertirlo.

Brito mostró distintos informes que obran en el expediente –todos elaborados en Córdoba- que cuestionan la tarea desarrollada por Zabala, que soportó estoicamente un extenuante interrogatorio de casi cinco horas llamativamente (¿?) coordinado entre el fiscal y el defensor. Pero como sucedió en la instrucción de la causa y viene ocurriendo en el juicio oral, la fortuna se empeña en brindar elementos que los investigadores son incapaces de buscar. Las pruebas aportadas por Brito para descalificar a Zabala mostraron la decisión de bioquímicos y genetistas cordobeses de rechazar la evidencia obtenida por el riocuartense con argumentos falaces: cuestionaron un método de detección de semen que Zabala nunca utilizó. La discusión, eminentemente técnica, se puede resumir así tras casi cinco horas de debate: Zabala analizó las muestras con microscopio y, al no detectar espermatozoides, aplicó el método de búsqueda de fosfatasa ácida prostática. En las críticas que le hicieron, sus colegas del Departamento de Química Legal de la Policía Judicial de Córdoba dijeron que aplicó la técnica de búsqueda de fosfatasa ácida, menos precisa y que puede detectar fluidos tanto masculinos como femeninos. En otras palabras, le reprocharon haber utilizado una técnica que no utilizó.

Ese equívoco se repitió en el informe de Nidia Modesti, la genetista del Ceprocor que esta semana pidió –y el tribunal le concedió- más tiempo para repasar lo que debe declarar en esta causa (¿?). Tendrá que explicar, entre otras cosas, por qué en su informe incurrió en idéntico error que la Policía Judicial. ¿O acaso hubo una decisión política de no encontrar semen en la escena del crimen? La sospecha es inquietante y crece a lo largo de este proceso, que constató que la virtual intervención cordobesa de Río Cuarto solo sirvió para “embarrar la cancha”. Desde la llegada del fiscal Marcelo Hidalgo y el comisario Rafael Sosa hasta el resultado negativo del análisis de los restos biológicos hallados en el cuerpo de la víctima o la inusual “auditoría” de dos forenses ajenos a la causa.

A Zabala le cuestionaron la manipulación de las muestras, pero fueron esas mismas muestras las que utilizó el FBI para ponerle nombre propio al donante del material genético: Marcelo Eduardo Macarrón. Zabala le dijo a Brito, mirando de reojo al viudo, que gracias a esas muestras se desvinculó a Facundo Macarrón de la causa que lo tuvo imputado como autor material del homicidio de su madre. Sobre la base de otro informe -que también tendrá que explicar Modesti-, Di Santo adujo que el ADN del viudo –que además de la vulva, el ano y la vagina estaba en el cinto homicida- era producto de la contaminación de prendas en el lavarropas familiar (¿?).

Cuando tuvo que abandonar la causa –Di Santo fue denunciado por inacción por el Observatorio de DD.HH. de la UNRC-, su sucesor Daniel Miralles imputó a Marcelo Macarrón con base en la prueba genética. Y antes de ser apartado por Brito aseguró que el ADN ponía al viudo en la escena del crimen, de donde misteriosamente lo sacó Luis Pizarro para acusarlo de ser el instigador y no el autor material del homicidio.

Pizarro también es cordobés. De Córdoba capital.

Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal