A más de seis años de haber sido denunciado por violación y a casi tres de recibir la sentencia tras el correspondiente juicio oral y público, el futbolista Alexis Zárate ha iniciado el cumplimiento de su condena a seis años y medio de prisión, una vez agotados los recursos procesales interpuestos por sus defensores para postergar esa instancia. Más allá de este larguísimo periplo que lamentablemente no es excepcional para los parámetros de la Justicia argentina, resulta oportuno destacar la culminación de un caso emblemático, no tanto por la relativa notoriedad del acusado como por el cambio de paradigma en el tratamiento de los abusos sexuales que volvió posible un desenlace como el que se produjo.
Las circunstancias del hecho ocurrido en marzo de 2014 ya han sido relatadas cientos de veces, desde que trascendió la denuncia de la víctima -que nunca quiso hacerlo público y sólo comenzó a hablar por los medios una vez que su nombre se difundió contra su voluntad- y se desató un debate que llegó a involucrar a todo el mundo del fútbol, cuestionado por el aparente descuido en la formación integral de jugadores jóvenes. Si cambió algo en este aspecto sería motivo de otro análisis, aunque en principio no se trata de un ámbito que invite al optimismo en ese aspecto.
Pero sí importa destacar, independientemente de la profesión de Zárate y de su carácter de “joven promesa” deportiva, que su comportamiento difícilmente habría sido sancionado de mantenerse a rajatabla el enfoque tradicional que a lo largo de la historia garantizó la impunidad de la mayor parte de los delincuentes sexuales. De hecho, la aceptación por parte de la denunciante de que había consentido mantener relaciones con un compañero del acusado, con quien venía saliendo desde hacía dos años y a quien consideraba su novio, habría bastado para hacer prevalecer la idea de que ella misma era culpable de lo que le había pasado, a partir de haber facilitado las condiciones para su propia violación.
El hecho de que seis años atrás ya hubiera comenzado el camino hacia la erradicación de ese enfoque distorsionado y perverso no significó que a la víctima le resultara fácil hacerse escuchar. De hecho, en una carta dada a conocer una vez formalizada la detención de Zárate recordó que hubo aspectos del protocolo establecido para casos como el suyo que no fueron respetados por el fiscal de la causa, que hubo momentos en que temió que el expediente quedara cajoneado definitivamente y que si eso no ocurrió fue por la insistencia de la abogada querellante. También le tocó sufrir los ataques de algunos usuariois de las redes sociales que la acusaban de estar buscando fama, otra reacción típica de una parte de la sociedad aferrada a los viejos prejuicios, mientras su violador y sus compañeros -sobre quienes siempre pesaron sospechas de connivencia o encubrimiento- seguían con sus carreras, incluso fuera del país.
De todas formas, el hecho de que a pesar de todos esos obstáculos Zárate deba por fin comenzar a cumplir la pena que se le impuso no sólo demuestra que no eran insalvables, también indica que con toda probabilidad se irán debilitando en el futuro. Aunque el final del camino hacia una sociedad que trate con el debido rigor a una de las más infames categorías delictivas está lejos, como lo prueba la subsistencia de concepciones anacrónicas entre el público en general y en la propia Justicia, el trecho recorrido es importante y ya no tiene retorno.

