El reconocido escritor y periodista Jorge Fernández Díaz habló con Puntal sobre “La Traición”, su nueva novela de espías, y señaló que con el libro se propuso patear el avispero y no ser políticamente correcto. Además, analizó la realidad de la Argentina y advirtió que “estamos frente a una emergencia nacional única, peor que en el 2001”.
-¿Qué se puede decir de “La Traición”?
-Hace 6 años publiqué la primera novela de Remil, que es un agente de inteligencia que se dedica a la inteligencia política y a los negocios sucios de los políticos, que tuvo mucho éxito. La serie empezó con “El Puñal”, siguió con “La Herida” y “La Traición” es la tercera, pese a que cada novela puede leerse de manera independiente. Remil me da la oportunidad de contar el lado de atrás de la política. La ficción es el modo en el que puedo saltar los límites que el periodismo no te permite evadir. Es decir, en el periodismo uno tiene que probar muchas cosas y el modo de saltar esa frontera es a través de la ficción. Entonces, con la ficción puedo contar los mecanismos oscuros del poder, la política, el sindicalismo y de las corporaciones. Venía de escribir durante años un ensayo político de mil páginas, pero con mi editor decidimos avanzar sobre una nueva novela de Remil en cuarentena. De algún modo, es un destilado de ese escrito de mil páginas que no se publicó, en formato de thriller político, que hasta ahora no tenía tradición en la Argentina, aunque sí en el mundo anglosajón. En ese marco, me planteé qué pasaría si un cura muy allegado al Papa se entera que un personaje que frecuenta Santa Marta (residencia del Sumo Pontífice), un exguerrillero devenido en dirigente social, se cree que estamos ante un estado prerrevolucionario y se manda una macana que puede manchar mundialmente al Papa. Ese cura contratará a un agente de inteligencia para que le cuide las espaldas a Su Santidad y, a partir de esa conjetura, desarrollé y agregué otros personajes, como los progresistas que abrazan la corrupción y los pobristas eclesiásticos, esa nueva santa alianza que se formó hace unos tres años en el país y que sirvió para carcomer al anterior gobierno y que ahora carcome al actual desde adentro.
-¿Por qué habla de la glorificación de los 70?
-Desde hace unos 15 años veo la glorificación del izquierdismo revolucionario de los 70, tanto del peronista, del trotskista como del guevarista. Néstor Kirchner tuvo la necesidad de pasar por izquierdista, cuando en realidad era un señor feudal sin ideología. Él hizo que se rescatara y se les diera tratamiento de héroes a los exguerrilleros. Así se falsificó la historia, a tal punto que en muchos colegios, universidades y medios públicos se enseña que los exguerrilleros eran héroes que luchaban por la democracia, cosa que es absolutamente falsa. Ellos no luchaban por una democracia, sino por una dictadura del proletariado o, al menos, una dictadura popular, que también hubiera traído problemas. De todo esto, la gente de mi generación no podía hablar porque, rápidamente, éramos acusados de creer en la teoría de los dos demonios. Yo no pude hablar de esto hasta que los genocidas fueron condenados y entraron a la cárcel. Ahora, una vez que se hizo justicia, me parece de vital importancia discutir el rol histórico y político de los 70. No porque la sociedad tenga que hacer justicia con ellos, sino por una cuestión de justicia histórica. No se trata de discutir el pasado, se trata de discutir la falsificación actual de ese pasado y, sobre todo, de la pedagogía que se ha instalado de manera muy intensa en las escuelas y que, para mí, es profundamente antidemocrática y lleva a cometer errores, como cuando uno escucha decir a docentes que no están de acuerdo con las armas, pero que son herederos de esos ideales. Esos ideales eran totalitarios. Las armas se consiguieron porque los ideales eran totalitarios. En conclusión, esa discusión que había meditado y estudiado mucho para mi ensayo quise convertirla en una serie de personajes que funcionara como una trama policial de espionaje muy concentrada. Es una novela muy ágil, más ágil que las anteriores.
-Usted trata temas que generan controversias y disputas, donde, por ejemplo, si se critica la guerrilla se es tildado de defensor de la dictadura…
-Esas discusiones binarias les facilitan las cosas a los que han falsificado la historia. Yo ya no tengo ningún complejo. Siempre he estado a favor de la condena a los militares que cometieron el terrorismo de Estado, pero me parece que si vos revivís un monstruo de manera absolutamente irresponsable, yo puedo criticarte política e históricamente porque sé que estás falseando la realidad y se la estás enseñando a los chicos de manera equivocada y peligrosa. La novela muestra cómo muchos progresistas que durante años estuvieron a favor de la transparencia ahora se han corrido y creen que la corrupción no está mal y que es una preocupación de las señoras gordas de Recoleta. Toda esta pintura está colocada en esta novela que me costó mucho escribir porque estaba encerrado y necesité de mucha ayuda.
-¿Ha recibido reproches?
-No, no tuve reproches. Es una novela. A una novela no se la tiene que defender. Además, no digo nada que no sostenga domingo a domingo en mis artículos (que se publican en diario La Nación). No tengo ningún problema de tener debates. Más allá de eso, lo que puedo decir es que es la primera vez que en una novela argentina los progresistas, los setentistas alucinados y los pobristas eclesiásticos demagogos están en lugar de truchos. Es decir, los truchos de la hora. Eso es la primera vez que ocurre. Kirchner decía que la izquierda da fueros y que por eso lo iban a proteger. Lo cierto es que la mayoría de los actores se dicen de izquierda y no lo son, al igual que la mayoría de los escritores. No se puede ser progresista y apoyar a Gildo Insfrán al mismo tiempo. Es difícil encontrar en la literatura argentina a alguien que se meta con estos personajes que, habitualmente, son presentados como buenos. La literatura argentina es muy aburrida cuando es políticamente correcta. Por eso, con la novela me propuse sacudir un poco el avispero y hacer algo espinoso y perturbador.
-Saliendo de la novela, usted se caracteriza por analizar la realidad del país. Estamos a pocos días de que se cumpla el primer aniversario del gobierno de Alberto Fernández, ¿qué podría decir al respecto?
-Lo conozco mucho a Alberto. Hemos tenido una conversación intensa a lo largo de los años. Me decepciona un poco el modo en que gerencia el poder. Sé que no es fácil, porque gerenciar a Cristina es prácticamente imposible. Pensé que iba a manejar mejor la pandemia. Es posible que yo no estuviera de acuerdo con las cosas que él hacía, sobre todo en la Justicia, pero creí que iba a tener una mejor performance y es evidente que en este primer año no la tuvo. Es muy importante que Alberto le encuentre una salida a la Argentina porque tiene tres años por delante. Yo no veo ninguna salida si no es con un acuerdo importante con la oposición y con los empresarios. Que se dejen de hacer macanas y locuras todo el tiempo y que paren de trabajar para el discurso, para la gilada. Es decir, para mantener el capital simbólico incluso a costa de la Argentina. Por ejemplo, los que plantean despegarnos del FMI por un problema de capital simbólico, para no perder militantes. Personas a las que se les dice “mirá que vas a perjudicar una conversación de Alberto Fernández con el FM” y te contestan “no importa”. Esas estupideces son muy graves y están ocurriendo hoy en la Argentina, en medio de una emergencia.
-Ha habido muchas situaciones de emergencia en el país y siempre se ha planteado la necesidad de un gran acuerdo. Sin embargo, en la práctica nunca sucedió.
-Es muy difícil que se dé mientras una parte del Gobierno quiere colonizar la Justicia. Eso es declarar la guerra al resto de la sociedad. Para empezar, para llegar a un acuerdo, tiene que haber un cese del fuego, como no seguir adelante con la colonización de la Justicia. Estoy seguro de que ese acuerdo es posible y necesario. Estamos frente a una emergencia nacional única. Estamos peor que en el 2001. Dejémonos de hinchar y hagamos algo racional.

