A dos semanas de las elecciones, ¿el gobierno de Alberto Fernández consiguió modificar aunque sea parcialmente la configuración de la realidad para que el resultado de las legislativas sea menos despiadado que el de las Paso?
A grandes rasgos, los elementos que existían el 12 de septiembre y que provocaron un voto castigo siguen existiendo aún. Algunos, incluso, se han intensificado como por ejemplo la inflación, que en la anterior fecha electoral daba tímidos indicios de retroceso pero que ahora ha vuelto a tomar velocidad. La respuesta de la Casa Rosada ha sido un congelamiento de precios por 90 días, que todavía está mostrando desajustes de aplicación y cuya efectividad no deja de ser una incógnita.
En el plano político tampoco ha existido una alteración positiva del cuadro de situación;es más, antes del 12 de septiembre no se había producido una explosión pública de las diferencias internas entre Cristina Fernández y Alberto ni se había expuesto con tanta elocuencia la escasez de entendimientos elementales entre el Presidente, su vice que, como en una antigua comedia de enredos tienen los roles cambiados, y los demás miembros de la coalición.
Al gobierno lo afecta lo real concreto, la fatiga de la gente de luchar contra el día a día, pero sobre todo padece, como sujeto político, haberse convertido en un permanente generador de incertidumbre. Es víctima del presente, pero fundamentalmente de los enormes interrogantes que él mismo genera para el futuro.
¿Qué va a pasar con el país el 15 de noviembre?¿Se verá sometido a otra semana de furia y desconcierto como la que vivió tras las Paso? ¿Cómo gestionará el oficialismo la crisis durante los dos años que le quedan por delante, cualquiera sea el resultado de las urnas? ¿En qué consiste realmente su estrategia con respecto a la deuda con el Fondo Monetario? ¿A qué gobierno hay que creerle;al que se envalentona contra el FMI en una tribuna, Martín Guzmán incluido, o el que se reúne durante una hora y media con Kristalina Georgieva para conseguir un acuerdo?
Las preguntas podrían seguir multiplicándose hasta el infinito; lo inquietante es la falta de respuestas.
A esa altura plantear el cuestionamiento sobre quién manda en el gobierno es intrascendente. El problema medular es que en realidad no manda nadie. O que todos mandan un poco. Cristina fuerza un cambio de gabinete y después se retira; Alberto lidia con la gestión diaria y sus propias contradicciones; Sergio Massa lanza una convocatoria al diálogo para después de las elecciones;Juan Manzur busca ser el generador de su propio juego. Y siguen los nombres.
Esos elementos disociados en la dinámica del poder ya existían antes del 12 de septiembre,lo que ocurrió desde entonces, cuando el oficialismo perdió las Paso por 10 puntos y sucumbió sobre todo en territorio bonaerense, fue que todo se intensificó.
Ahora, dentro de dos semanas se sabrá qué impacto electoral generó esa amplificación de sus negatividades. Hay en el resultado electoral una carga de imprevisibilidad no menor. No porque las encuestas lo marquen, sino porque en la historia reciente del país todas las elecciones han sido sorpresivas: nadie se esperaba que Macri perdiera por 16 puntos en las Paso contra Fernández; pocos prefiguraron que la ventaja posterior se achicaría a 8 puntos; y no hubo quien se aventurara a decir que el actual gobierno iba a ser derrotado por 10 puntos a nivel nacional en las Paso de septiembre y que caería con claridad además en la provincia de Buenos Aires.
Las crisis sucesivas han generando en la sociedad argentina fenómenos subyacentes, que no alcanzan a ser leídos ni por los más finos intérpretes de la política ni por las herramientas de medición de la opinión pública. La consecuencia es la aparición de fenómenos electorales imprevistos.
En Córdoba se sabía que Juntos por el Cambio iba a ser el ganador;lo imprevisible estuvo en la magnitud. Y fue esa magnitud la que reconfiguró el escenario y obligó al schiarettismo a definir una nueva estrategia proselitista.
El gobernador Juan Schiaretti no sólo intensificó su centralidad en la campaña, basado en el dato de que posee un alto índice de imagen positiva, sino que apostó por elevar los niveles de confrontación a dos puntas. La síntesis de esos dos frentes simultáneos está en la frase que llegó a los medios de todo el país el domingo pasado: “Los dos chocaron el país”, dijo en referencia a los gobiernos de Mauricio Macri y de Alberto Fernández. Con esa crítica, el gobernador postula a la vez a Hacemos por Córdoba como un tercer elemento, distinto a los otros dos, y por supuesto, según su visión, superador.
Hay que anotarle un primer logro a la reperfilación de campaña que está ensayando el peronismo provincial:ha conseguido imponer sus ejes discursivos. Toda estrategia electoral persigue ese objetivo: establecer la agenda y, fundamentalmente, los términos en los que el debate se desarrolla.
Schiaretti viene machacando con que el reparto de los subsidios nacionales es injusto, que se concentran en Buenos Aires y que es momento de reafirmar la pertenencia cordobesa a través del voto a los candidatos de Hacemos por Córdoba. Lo que ha conseguido el gobernador es que los otros dos actores de la compulsa, Juntos por el Cambio y el Frente de Todos, respondan a ese planteamiento. Es más, hizo entrar a la cancha al antagonista perfecto:a Cristina, que tiene altísimos niveles de imagen negativa en la provincia y que le permitió al mandatario provincial, a partir de sus retuits contra la política tarifaria de Epec, acentuar su perfil antikirchnerista.
Sin embargo, el establecimiento de los términos de la discusión es apenas un primer paso. A Hacemos por Córdoba le falta todavía el segundo: que esa centralidad derive en un corrimiento en términos de votos. Y eso es bastante más complejo: porque tiene que provocar que Juntos por el Cambio pierda sus propios votantes y alimente al peronismo cordobés.
Schiaretti asumió un par de riesgos con su decisión de jugarse el todo por el todo en la elección de noviembre:por un lado, ha abandonado su perfil de moderación y lo ha trastocado por uno que ejerce la confrontación política, justamente lo que cuestionaba en el primer tramo de la campaña. Además, lo expone al reproche de la contradicción: el gobernador no fue crítico con Macri durante su gobierno;más bien todo lo contrario.
La sorpresiva resolución de la interna de Juntos por el Cambio en Córdoba en las Paso, que dejó a Luis Juez y a Rodrigo de Loredo como los dos principales exponentes de la oposición, causó en términos políticos un adelantamiento a 2021 de lo que debía ocurrir en 2023. La confrontación que se está presenciando en Córdoba es un anticipo de lo que ocurrirá cuando se encuentre en juego la gobernación.
Por eso, el schiarettismo da dos peleas a la vez.
El problema para el gobernador es que esa compulsa anticipada se produce en un contexto favorable para su adversario: Juntos por el Cambio navega sobre el voto castigo a Alberto y ni siquiera necesita esforzarse demasiado en este tramo de la campaña.
De modos modos, el gobernador ha decidido ir a fondo.Y obliga a sus jugadores a mostrar la misma actitud. En las últimas horas también el llamosismo ha acentuado la intensidad discursiva para alimentar esa nueva versión de la grieta que ha decidido resucitar el schiarettismo: el puerto contra el interior.
Desde Córdoba, la definición de campaña fue que en Río Cuarto debería apuntarse a recuperar, aunque sea en parte, los votos del centro. Paralelamente, en el Palacio hacen foco en un dato adicional:el 12 de septiembre la participación fue particularmente baja en barrio Alberdi, donde el PJ hizo una mejor elección. Allí, hubo un 7% menos de votantes que en los otros dos distritos, un diferencial que no debería repetirse dentro de dos semanas.

