Alina Cabral eligió destinar sus vacaciones para sumarse a un voluntariado en territorio africano
Corriendo en medio de un terreno árido, con decenas de niños a su alrededor, entrelazada en abrazos que sus manos no pueden llegar a cubrir tantos. Así transita Alina Cabral su experiencia de voluntaria en Kenia. La joven docente, oriunda de Berrotarán, decidió sumarse a Cooperating Volunteers, una organización española que impulsa viajes por todo el mundo con fines de voluntariado.
Y desde hace una semana Alina se encuentra en territorio africano llevando a cabo una tarea de voluntariado en Diani Beach, Kenia, en la escuela-guardería “New Salem”, donde acuden niños humildes y otros que viven en el lugar por que sus familias no tienen cómo alimentarlos y contenerlos.
Esta berrotaranense resignó sus merecidas vacaciones de trabajo durante estos meses y se lanzó a esta aventura que le llena el alma, y le permite visibilizar la realidad de niños kenianos que viven en situación de suma vulnerabilidad y es la escuela guardería su refugio donde reciben educación y alimentación. Todos provenientes de familias muy humildes que viven en chozas, con piso de tierra y puertas de lona o paja.
En comunicación con Puntal, Alina brindó detalles de este viaje que emprendió en la búsqueda no solo de conocer, sino también de brindar ayuda.
Conocer y ayudar
“Después de recorrer y conocer ciertos lugares del mundo, uno de mis sueños era viajar a África y realizar un voluntariado”, comienza contando. Fue así que a través de las redes y buscando por internet dio con esta organización y decidió sumarse. “Decidí hacerlo con ellos, ya que viajaba sola. No hablo mucho inglés y en ellos vi la confianza para poder realizar este voluntariado sin ningún problema, ya que me iba a encontrar en un continente nuevo, con una cultura totalmente diferente y en un lugar no tan turístico”.
“Mi viaje dura un mes. Me anoté por dos semanas en el voluntariado de Kenia, en Diani Beach, en la parte de guardería. En Argentina, soy profesora de arte y maestra de Tecnología, pero no me anoté en educación, ya que al no hablar fluido inglés se me complicaba para estar frente a una clase. Hay voluntariados de salud, de construcción, de cuidados especiales, entre otros. Depende de tu profesión puedes anotarte”, detalló.
Alina ya fue noticia en Puntal cuando con sus alumnos de Elena creó una barredora para el aula con una vieja impresora. Siempre buscando soluciones prácticas y dedicada plenamente a los chicos
“Llevo una semana recién realizando mi voluntariado y la verdad es que no hay palabras para explicar todo lo que se vive aquí. Es una experiencia muy enriquecedora y dura a la vez”, recalca.
Asume que su decisión generó inquietud entre sus cercanos que le preguntaban si no tenía miedo de viajar sola. Pero la joven de 34 años explica que en otras ocasiones lo hizo y se encontró en el camino con personas “con tu misma energía, dispuesta a ayudarte. Las personas en el mundo son increíbles y no dejo que el miedo me frene a perseguir mis sueños. Viajo siempre con precaución y respetando el lugar al que voy. En cuanto al idioma, el hecho de saber lo básico me ayuda para moverme sin problema en los aeropuertos, para llegar a un lugar, o preguntar o decir cosas básicas”.
Sobre su llegada a ese rincón del mundo, que a todas luces es un territorio inhóspito cuenta: “El primer día fuimos a la escuela, en donde hay casi 100 niños de todas las edades. Desde 1 año y 7 meses, la más pequeña, hasta 11 años. Muchos de ellos no tienen madres, viven con sus abuelas o están a cargo de otras abuelas, ya que sus madres los abandonan, ya sea porque tienen muchos hijos y no tienen para darles de comer, otras madres son muy jóvenes y no pueden hacerse cargo o por diferentes razones”, sigue su relato.
Acostumbrada a tratar con chicos, no deja de asombrarse por el “increíble amor con que te reciben los niños al llegar. Ansiosos por un abrazo, por tomarte de la mano, por que los lleves a upa. Están continuamente regalándote una sonrisa y a la espera para jugar, cantar, bailar y aprender. Lo que no saben es todo lo que uno aprende cada segundo de ellos”.
Alina señala que la escuela donde lleva adelante el voluntariado, ediliciamente, está muy bien, ya que fue construida justamente por voluntarios. Tienen 4 pequeñas aulas, con mesas compartidas. Tanto las escuelas públicas como las privadas tienen obligación de contar con un uniforme.
Una vida paradójica
Paradójicamente, los niños llevan uniformes, que son obligatorios y comprados por los voluntarios. Similares a instituciones privadas, pero esos niños llegan luego a sus humildes casas de barro, chapa o paja, donde tal vez no tengan una segunda comida.
Del colegio, asume, falta material didáctico para los chicos. “Les cuesta mucho a ellos tener una caja de tizas o cuadernos para todos”, manifestó. Alina, desde su lugar, pone a disposición sus redes sociales para que quienes se interesen la contacten y puedan hacerles donaciones.
“Los niños desayunan y almuerzan en la escuela. Luego duermen allí también una siesta todos juntos. Para muchos esa es la única comida del día”, dice con un dejo de tristeza. “Antes de cada comida rezan, se lavan las manos con agua que juntan en un recipiente y luego se sientan en el suelo a esperar su plato: una pequeña porción de arroz con una cucharadita de frijoles. Y allí es cuando viví mi momento más duro, al ver a los pequeñitos comer con las manos, hasta terminar cada granito de arroz. Y agradeciéndote siempre”, expone.
En el voluntariado, la docente de Berrotarán colabora con las tareas de la maestra. “Estamos realizando material didáctico para que les sea más fácil enseñar y aprender a los niños, ayudamos en la cocina, a repartir la comida, realizamos juegos, canciones y estamos para lo que necesiten los niños”, precisa.
Son 12 personas voluntarias en este momento, distribuidas en distintos sectores o escuelas guarderías pertenecientes a Cooperating Volunteers en Diani.
La cuchara, un tesoro
“Con mi compañera decidimos llevarles cucharas para los niños. Antes de dárselas, le preguntamos a la directora si se las podíamos entregar en el almuerzo, porque la verdad es que pensábamos que comían con la mano por algún tipo de costumbre o razón, porque no podíamos entender el motivo. Y muy agradecida nos dijo que claro que sí. Y ahí quedé en shock. Es muy extraño que con lo poco que cuestan, esos niños hayan estado comiendo con las manos siempre”, recalca.
Y ese pequeño obsequio para los chicos fue todo: “Desde que las vieron, ellos no comenzaban a comer hasta no tener su cuchara en la mano. Algo tan simple y tan cotidiano para muchos, para ellos fue encantador. Y no se les quitaba la sonrisa de sus caras”, relata emocionada Alina.
Cómo ayudar
Ahora la meta de Alina es contagiar a muchas personas para que ayuden donando dinero y poder asistir en esta causa. “Aprovechando de que estoy aquí y puedo tramitar las compras de todo lo que se necesita. Más que todo alimentos, frutas que sé que no comen en la escuela y dudo que lo hagan en sus casas, materiales y recursos para la escuela, ropa y cualquier elemento que pueda mejorar sus condiciones de vida”.
Para contactarse, comunicarse en el Instagram alina.cabral.888 y su número de teléfono es: 3584245340.
Sobre lo que esta experiencia le está dejando como enseñanza, Alina reflexiona: “La verdad es que creo que después de todo esto, va a haber un antes y después en mi vida. Me encantaría poder seguir haciendo y me cuesta pensar en cómo va a ser la despedida. Ya que por ahora solo han pasado 7 días de estar aquí con ellos y ya hay lazos muy fuertes. No es posible desentenderse luego de vivir todo lo que se vive aquí”, asumió.
La joven docente volverá en unas semanas más a Argentina, a Berrotarán, donde tiene a su familia y trabajo, pero dice que será muy difícil desprenderse de este lugar del mundo. “Seguramente que va a ser muy dura la despedida. De todos modos no creo que sea una despedida para siempre”, promete.
El viernes, Alina visitó a unos niños en su hogar. “El lugar en el que viven es devastador. Uno los ve en la escuela con sus uniformes y no se puede imaginar que ellos vivan en esas condiciones. Nunca vi algo así. Solo viven entre paredes, sin techo, con piso de tierra, 20 personas en un mismo sitio y apenas dos o tres ‘colchones’ para todos”.