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Una confrontación que resulta urgente superar

Más allá del vocabulario grosero y, sobre todo, la actitud patoteril propia del personaje, las quejas de Pablo Moyano por el maltrato a los camioneros ponen de manifiesto la subsistencia de un conflicto que desde los inicios de la cuarentena constituye un síntoma de que la unidad en la acción y la solidaridad no se encuentran instalados de un modo tan firme y generalizado como sería de desear.

Mientras en todo el país sigue subiendo la temperatura del espinoso debate sobre el camino a seguir para hacer frente a la pandemia de Covid-19, el secretario adjunto del gremio de camioneros, Pablo Moyano, ha salido al ruedo con la dura amenaza de provocar un desabastecimiento si continúan los maltratos que a su juicio están recibiendo sus representados en el desempeño de su tarea de distribución de mercaderías. Más allá del vocabulario grosero y, sobre todo, la actitud patoteril propia del personaje, la irrupción pone de manifiesto la subsistencia de un conflicto que desde los inicios de la cuarentena constituye un síntoma de que algunos de los valores definidos como esenciales para hacer frente al desafío, como la unidad en la acción y la solidaridad, no se encuentran instalados de un modo tan firme y generalizado como sería de desear.

En un estado de cosas ideal, la búsqueda de un equilibrio entre los indispensables controles que deben ejercerse para frenar o demorar la propagación de la enfermedad y el desarrollo lo más fluido posible de las actividades esenciales que no pueden paralizarse sería un objetivo común de todos los actores. El caso del transporte de cargas es sin duda uno de los más sensibles, por cuanto constituye tanto un canal potencial para la transmisión del virus como un recurso clave para que en todo el país se cuente con lo indispensable, desde alimentos hasta insumos médicos, para la vida de todos los argentinos.

En ese marco, las denuncias de camioneros sobre los maltratos que sufren a su paso por algunas de las múltiples barreras impuestas por autoridades provinciales o municipales son demasiado frecuentes como para tomarlas como casos aislados o como producto del exceso de susceptibilidad de ciertos trabajadores del volante en particular. Está claro que en algunos lugares el celo de las autoridades lleva a fijar restricciones abusivas cuya necesidad no llega a advertirse. Así se da la paradoja de que personas que en el cumplimiento de una tarea fundamental están corriendo riesgos mayores que los del promedio de la población terminan siendo tratados como si encarnaran al enemigo.

Desde luego, es evidente que la reacción de Moyano, congruente con el sesgo intimidatorio y extorsivo con que entiende debe llevarse adelante la acción gremial, difícilmente ayude en el marco de esta batalla en la que toda la sociedad debería cerrar filas contra un adversario tan formidable. Pero el desborde retórico no debería ocultar que la prepotencia y el autoritarismo también están de algún modo presentes en ciertas disposiciones de los intendentes y gobernadores que cuestiona.

Cabe esperar que el aflojamiento de las reglas de la cuarentena verificado en casi toda la geografía nacional termine por ejercer una influencia positiva en esta penosa confrontación. Ni el miedo irracional, el egoísmo y la mezquindad de unos, ni la violencia verbal de otros, parecen instrumentos aptos para resolver un conflicto dentro del cual todas las partes deberían sentirse fuertemente estimuladas a colocarse del mismo lado.