Si algo no podrá reprochársele al 2020 es que haya sido un año ordinario. Fue excepcional pero, en contra del uso que se le suele dar a ese término, de una excepcionalidad despojada casi absolutamente de aspectos positivos. Casi no queda nada por rescartarle a este 2020 de pesadilla que ha hilvanado de principio a fin una interminable sucesión de desastres.

Las consecuencias que desató el Covid-19, con su reguero de contagios y muertes a nivel mundial, fueron extendiéndose como una mancha imparable e infectaron a la macroeconomía y a la micro, a la sociedad, a las familias, a la relación de las personas entre sí y a la que tienen con su entorno. Y, por supuesto, afectó también a la política. El coronavirus otorgó al principio niveles inéditos de popularidad a algunos gobernantes, porque parecieron encarnar el papel de ese protector que necesitamos cuando no entendemos demasiado lo que pasa y nos sentimos vulnerables. Pero, después, como suele ocurrir con los padres, terminaron provocando una especie de desilusión porque, al final de cuentas, no se las sabían todas, ni eran infalibles ni tenían muy claro que digamos lo que había que hacer. Más bien, iban improvisando sobre la marcha.

Y en ese contexto, en un mundo desencajado, Río Cuarto se enfrentó a un proceso que debía ser rutinario, como es elegir al intendente municipal, y que se volvió extraordinario. Que se convirtió en un problema en sí mismo porque una votación que estaba prevista para el 29 de marzo debió suspenderse en dos oportunidades y hasta último momento no podía saberse si finalmente mañana, ocho meses después de lo previsto, iba a producirse o no la votación.

Finalmente, el día llegó. Hoy, 136.001 personas (hasta el número de electores tiene cierta rareza esta vez) están en condiciones de votar.

Hay un primer aspecto, que fue central en la conformación del escenario electoral previo, que provoca un interrogante derivado de esta experiencia inédita: ¿cuál es la profundidad que ha tenido, más allá de lo que se percibe a simple vista, el efecto del coronavirus?

Después del pico de casi 300 infectados por día que se registró en septiembre, y que le generó al gobierno de Llamosas innumerables inconvenientes no sólo sanitarios sino también políticos, el oficialismo consiguió ir conteniendo la situación hasta llegar a la estadística actual, en la que el reporte diario oscila entre los 30 y los 40 casos.

Esa disminución abrupta produjo un efecto político innegable que fue funcional al gobierno llamosista: le quitó a la situación sanitaria la dimensión de dramatismo que adquirió durante septiembre. Como consecuencia, disminuyó la presión sobre el Palacio de Mójica, el enojo dejó de estar tan a flor de piel y le permitió al intendente tratar de reinstalar un escenario y una agenda anteriores al coronavirus.

En la Municipalidad señalan que el Covid-19 se terminó como tema. Ese diagnóstico puede contener un error. Es verdad que dejó de monopolizar la agenda pública, pero ese hecho no implica necesariamente que los efectos derivados hayan desaparecido.

Cómo impactó la pandemia, el manejo que de ella se hizo en Río Cuarto, el malestar que generaron las restricciones, el desempeño político que mostraron el intendente y su equipo durante las semanas más difíciles son aspectos que indudablemente pesarán en el resultado. Lo que aún no puede determinarse -y no consiguen hacerlo ni siquiera dirigentes que llevan décadas de elecciones a sus espaldas- es en qué magnitud lo harán. Es decir, cuánto ha cambiado la percepción que la población tenía de su gobierno municipal y, además, cuál es el grado de persistencia del enojo que se manifestó y se respiró pero que con el tiempo parece haber ido atenuándose. La atipicidad de la elección de hoy también se refleja en esa incógnita.

Lo que puede decirse es que ya hubo un primer efecto que se ha manifestado. La elección, sometida a las tensiones de la pandemia y sus derivados, no es la que hubiera sido. Porque el contexto, ya sean los hechos exteriores e inmanejables como la contención propia que se hizo en la ciudad, le inyectó a la ciudad una competitividad de la que carecía en marzo, cuando la única incógnita que rondaba era el alcance de la paliza que el oficialismo iba a darle a Juntos por Río Cuarto, la versión vernácula de Cambiemos que lleva a Gabriel Abrile como candidato a intendente. Hoy existe una duda que hace ocho meses ni siquiera se imaginaba. Y allí está un trastocamiento de la situación política, de la correlación de oportunidades entre los candidatos, que se corporizó a partir del Covid.

El resultado de hoy permitirá concluir si la oposición sacó rédicto de esa oportunidad que le cayó del cielo -o mejor dicho de China- o si la competitividad solamente fue un factor externo en el que no logró gravitar ni al que terminó de sacarle provecho.

La elección hablará del gobierno y de la oposición, de lo que desnudó la pandemia de cada uno de ellos, pero también de la gente, fundamentalmente de la gente. ¿El efecto de lo que ocurrió y ocurre es tan gravitante como para repudiar a un gobierno que traía buena imagen? ¿El enojo es tan denso como para cambiar de signo y correrse de la línea que el oficialismo ha trazado con la Provincia y la Nación? 

Pero, además, si bien la campaña se mantuvo en el terreno municipal y no existió ni provincialización ni nacionalización, también existe otro elemento que sobrevuela como interrogante: si existirá la actitud, al menos de un sector de la población, de endilgarse al oficialismo municipal un reproche que en realidad les cabe más a todos los oficialismos. Es decir, si se toma como una oportunidad para expresar contrariedad con el gobierno casi como una entidad genérica. Sería lo que usualmente se conoce como el enojo con la política en sí.

Un fenómeno que no ha generado la excepcionalidad del contexto es que la propia campaña se convirtiera en una instancia excepcional. Más bien fue decepcionante. No solamente porque el debate sobre la ciudad fue casi inexistente y se repitieron, salvo algunas rarezas, los eslóganes y las generalidades que se vienen escuchando en campañas anteriores, sino porque tampoco se erigió como un acontecimiento que motivara especialmente a la población, que la empujara a escuchar, a analizar, a discernir quién podía encarnar una alternativa mejor.

Fue una campaña desangelada, insípida, y carente de brillo. El clima de frialdad que se sigue percibiendo en la ciudad obedece, en buena proporción, a esa característica y no solamente al hecho de que la pandemia y la extendida crisis económica y social hayan captado casi monolíticamente la atención y las preocupaciones de la gente.

Aun con ese deslucimiento a cuestas, será una experiencia inédita que, cuando el escrutinio defina un ganador, tendrá efectos más allá de la comarca.