La política, como casi todo, está plagada de actos preparatorios. Y cada uno confluye hacia un único objetivo: el acto definitivo, central, que en la política es el día de la elección.

No son pocos los que cuestionan esa característica: “Al final, lo único que les interesa a los políticos son las elecciones, los votos”. Pero criticar ese aspecto de la política es como reprocharle a un jugador de fútbol o a una nadadora que sólo se entrenan porque les obsesiona el día de la competencia, más precisamente la competencia en sí misma.

La especulación, el intento por configurar un escenario funcional a los intereses propios, la pretensión de llegar mejor parado son acciones intrínsecas de la política, indivisibles.

Este año, el 2022, que está atiborrado de complicaciones principalmente económicas, con una inflación que se asoma al abismo del descontrol, es básicamente preliminar. Y cada fuerza, cada actor político, están actuando en función de 2023, aunque a veces no parecen tener muy en claro hacia dónde se encaminan.

En Córdoba se produjo esta semana un juego de contraposiciones entre dos integrantes clave de Juntos por el Cambio: el Pro y el radicalismo. El primer movimiento lo hizo el partido fundado por Mauricio Macri: la presidenta a nivel nacional, Patricia Bullrich, desembarcó en Córdoba, se reunió con los principales dirigentes de la coalición y, más que nada, postuló los principios que deberían regir a esa alianza política en el camino que desembocará en la elección para gobernador.

Con su discurso y sus acciones, Bullrich pareció más la rectora del proceso que una socia más dentro de una alianza: señaló que no hay candidatos puestos para 2023, que todos podrán competir sin atenuantes, y además que no habrá entendimiento de ningún tipo con el schiarettismo porque Juntos por el Cambio busca ser una alternativa para ejercer el poder, no para cogobernar.

Quien define los criterios de actuación de una fuerza política predomina en ella. El Pro ha sido en los últimos años, de la mano de los porcentajes que obtenía Macri en Córdoba, el elemento preeminente en el armado provincial.

Pero el radicalismo -al menos una parte- quiere subvertir esa lógica. Por eso, no fue casual que pocos días después, ayer, desembarcara en la provincia Gerardo Morales, presidente de la UCR nacional, para relativizar los mensajes tanto implícitos como explícitos de Bullrich.

El gobernador jujeño venía de Santa Fe, donde les planteó a sus correligionarios que hagan lo que tengan que hacer, pero que ganen. En Mackenna postuló lo mismo y reclamó para la UCR el protagonismo dentro de la alianza.

Morales está embarcado en un intento por devolverle al radicalismo peso y poder: el objetivo de máxima es, por supuesto, poner el candidato a Presidente, que podría ser él.

No le está siendo fácil, ni mucho menos. Ni siquiera dentro del radicalismo, que aún padece las secuelas de la fractura traumática en el bloque de diputados, cuyas caras visibles fueron los cordobeses que en las legislativas se enfrentaron en una interna: Rodrigo de Loredo y Mario Negri.

Morales todavía no ha logrado reunificar el bloque ni disipar los rencores. Aunque tampoco con los socios hay paz: viene de alterar a los macristas con sus declaraciones sobre la deuda con el FMI y de decir que es justo que Rodríguez Larreta se haga cargo de los colectivos de su ciudad.

Los subsidios se han convertido en las últimas semanas en un tema clave. Porque son el exponente de una disputa que se desprende del acuerdo con el Fondo: quiénes pagarán las cuentas del ajuste.

Morales usó los subsidios también en Córdoba para dar otro gesto político. El jujeño se reunió con el gobernador Juan Schiaretti y remarcó que tienen coincidencias en la visión federal y en el reparto de subsidios.

¿Ese encuentro y esas declaraciones tuvieron como destino sólo el escenario nacional o también el provincial? Días después de que Bullrich intentara cerrarle la puerta a cualquier entendimiento con el schiarettismo, Morales no se sacó una foto de ocasión con su par cordobés sino que dejó en claro que coinciden en cuestiones fundamentales.

Hace semanas, el peronismo cordobés, más precisamente Carlos Gutiérrez, había expresado que Hacemos por Córdoba buscará acordar para 2023 con un sector del radicalismo y del Pro. Bullrich, que clausuró esa posibilidad, ¿fue relativizada por Morales?

El discurso del jujeño es que el paraguas electoral debe ser Juntos por el Cambio y que el radicalismo tiene que unirse, pero la foto con Schiaretti puede ser un mensaje hacia los demás actores cordobeses de su partido: para forzar la unidad, a veces se puede amagar con una fractura o con un acuerdo que desbarataría cualquier oportunidad de la oposición de quedarse con el poder en Córdoba.

Curiosamente, uno de los protagonistas centrales de la historia, Luis Juez, que viene de ganar en 2021, parece mirar desde afuera cómo sus socios hacen sus movimientos. Del resultado de esa partida dependerán sus chances reales de llegar a la gobernación.

Más allá de las intenciones y las lecturas, lo que evidencia la semana que pasó es que el ordenamiento que estableció la elección legislativa de noviembre del año pasado ya ha entrado en discusión y que el proceso no estará exento de tironeos, tensiones y posibles rupturas.

El peronismo, por su parte, también despliega sus actos preparatorios. Mientras Schiaretti incursiona periódicamente en la escena nacional con un discurso abiertamente opositor al kirchnerismo, en la provincia el gobernador continúa con la gestión y, a la vez, con una actividad similar a la que despliega cuando está en campaña. Paralelamente, avanza en el ordenamiento interno.

El 27 de marzo el PJ cordobés tiene internas y, si bien a los ciudadanos les importa poco y nada quién quedará en cada puesto, el mapa final será, en sí mismo, un acto preparatorio para las discusiones políticas que vendrán.

El schiarettismo se encamina a quedarse con casi todos los puestos partidarios principales. El criterio general es evitar las confrontaciones internas, excepto en aquellos distritos donde tiene especial interés en mostrar su poderío: en Punilla, donde ansía aplastar a Carlos Caserio, y en Calamuchita, donde espera hacer lo mismo con Carlos Alessandri.

Esa compulsa derivó en la salida de dos legisladores del bloque de Hacemos por Córdoba en la Legislatura: Mariana Caserio y Miguel Maldonado.

¿Habrá más defecciones de legisladores heridos? En el bloque aseguran que la sangría se paró ahí, rápido y casi sin consecuencias. En el peor de los casos podría emigrar un par más pero aún está por verse.

“Nadie se suicida ¿A dónde te vas a ir?¿Al kirchnerismo?”, graficó un dirigente que supo compartir espacio con Caserio. Al exsenador le reprochan haberse equivocado en los tiempos y no haber presionado cuando disponía de una tropa de 11 legisladores en vez del escuálido bloque actual de dos.

En Río Cuarto el schiarettismo también avanza con su esquema. El intendente de Las Peñas Sud, Néstor Pasero, quedaría al frente del PJdepartamental y nadie discute a Juan Manuel Llamosas para presidir el partido en la ciudad. De ahí para abajo, el schiarettismo y el llamosismo prevén distribuirse los principales cargos en el Centro, Alberdi y Banda Norte, aunque hay voces en el delasotismo que están reclamando una muestra de apertura.

Un concepto aparece inamovible: nadie, ni siquiera intendentes, con un leve barniz kirchnerista puede aparecer en ningún puesto visible. Al schiarettismo le horroriza la más leve posibilidad de que, de cara a 2023, cualquier hecho, por menor que sea, pueda leerse como un entendimiento con el Frente de Todos.